Un adalid chino de la paz y la libertad

PRAGA – El día de Navidad del año pasado, uno de los más conocidos activistas en pro de los derechos humanos de China, el escritor y profesor universitario Liu Xiaobo, fue condenado a 11 años de cárcel. Liu es uno de los principales redactores de la Carta 08 –petición inspirada por la Carta 77 de Checoslovaquia–, en la que se pedía al Gobierno de China que cumpliera sus propias leyes y constitución, elecciones transparentes de los funcionarios públicos, libertad de religión y expresión y la abolición de la legislación contra la “subversión”.

Por su valentía y claridad de pensamiento sobre el futuro de China, Liu merece el premio Nobel de la Paz de 2010. Dos son las razones por las que creemos que Liu sería digno de recibir ese prestigioso premio.

Por encima de todo, forma parte de la tradición de quienes han recibido el premio Nobel de la Paz como reconocimiento de su contribución a la lucha por los derechos humanos: por ejemplo, Martin Luther King, Lech Walesa y Aung San Suu Kyi, entre los muchos que el Comité del Nobel ha reconocido en años anteriores.

Estamos convencidos de que las ideas que Liu y sus colegas pusieron por escrito en diciembre de 2008 son a un tiempo universales e intemporales. Dichos ideales –respeto de los derechos y la dignidad humanos por parte de sus gobiernos y responsabilidad de los ciudadanos para velar por que así sea– representan las más elevadas aspiraciones de la Humanidad.

Si el Comité del Nobel optara por reconocer el valor y el sacrificio de Liu al articular dichos ideales, no sólo señalaría a la atención mundial la injusticia de la condena de Liu a once años de cárcel. También haría resonar amplificada dentro de China la defensa de los valores humanistas y universales por los que Liu ha pasado tan gran parte de su vida luchando.

La segunda razón por la que Liu merece el premio Nobel de la Paz está emparentada con la intención original de Alfred Nobel para el premio. Al esforzarse por promover los derechos humanos, la reforma política y la democratización en China, Liu ha hecho una contribución importante a los valores de paz y fraternidad entre las naciones invocados por Nobel cuando creó el premio hace más de un siglo.

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Desde luego, la democratización no garantiza automáticamente un mejor comportamiento en el escenario mundial, pero sí que facilitaría un debate público exhaustivo y riguroso sobre las cuestiones fundamentales de las políticas interior y exterior de un Estado. Esa conversación activa e indagadora, distintivo de una organización política democrática, es la mayor esperanza en pro de decisiones más acertadas de los gobiernos, en su país y en el extranjero.

El compromiso de Liu con la defensa de la democracia en China va encaminada, por encima de todo, a beneficiar al pueblo chino, pero su valor y ejemplo puede contribuir a acelerar el amanecer del día en que la participación de China en los asuntos internacionales resulte facilitada por la pericia y la vigilancia de los grupos de la sociedad civil, unos medios de comunicación independientes y una ciudadanía comprometida y capaz de expresar sus opiniones mediante la papeleta de voto.

Por esas dos razones primordiales creemos que Liu sería merecedor del premio Nobel de la Paz de 2010. Al otorgar a Liu uno de los mayores honores del mundo, el Comité señalaría una vez más la importancia de los derechos humanos y la democracia, por una parte, y la paz mundial y la solidaridad internacional, por otra.

La intención de la dura sentencia de cárcel recibida por Liu es que sea ejemplarizante, una advertencia severa a todos los demás chinos que quieran seguir por la misma senda que él. Estamos convencidos de que hay momentos en que el compromiso cívico ejemplar, como el de Liu, requiere una respuesta ejemplar. Concederle el premio Nobel de la Paz es precisamente la respuesta que su valentía merece.

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