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El verdadero peligro del calentamiento global

PRAGA – Me sorprende la cantidad de personas que en Europa, Estados Unidos y otros lugares apoyan actualmente políticas sustentadas en la histeria por el calentamiento global, en particular la legislación sobre límites máximos y comercio para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y los subsidios a las fuentes de energía “verde”. Estoy convencido de que esta es una estrategia equivocada –no sólo por la incertidumbre acerca de los peligros que el calentamiento global podría plantear, sino también por la seguridad del daño que las políticas orientadas a la mitigación propuestas causarán.

Recientemente fui invitado a hablar sobre este tema en una conferencia que se llevó a cabo en Santa Bárbara, California. Entre el público había líderes empresariales que esperan beneficiarse de las políticas de límites máximos y comercio y de los subsidios a la energía renovable y los empleos “verdes”. Les recomendé que no se dejaran llevar por la histeria.

Europa lleva varios años de ventaja a Estados Unidos en la aplicación de políticas dirigidas a mitigar el calentamiento global. Todos los países miembros de la Unión Europea han ratificado el Protocolo de Kyoto y adoptado una amplia gama de políticas para reducir sus emisiones y alcanzar las metas que se han propuesto en ese marco.

Estas políticas incluyen una iniciativa de límites máximos y comercio conocida como el régimen de comercio de derechos de emisión, elevados impuestos a los combustibles y programas ambiciosos para construir turbinas eólicas y otros proyectos de energía renovable. Estas políticas se emprendieron en un momento en el que la economía de la UE funcionaba bien y –espero—con pleno conocimiento de que tendrían costos significativos.

Con la crisis financiera y la súbita desaceleración económica, están resultando claras dos cosas. En primer lugar, será difícil pagar estas costosas fuentes nuevas de energía. En segundo lugar, las políticas de racionamiento como las de límites máximos y comercio serán un lastre permanente para la actividad económica. Irónicamente, las emisiones no han disminuido como resultado de esas políticas, pero ahora se están reduciendo a medida que la economía mundial entra en recesión.

Para alguien como yo, que participé activamente en la transición de mi país del comunismo a una sociedad libre y una economía de mercado, esto no es sorprendente. Las viejas y obsoletas industrias pesadas que fueron el orgullo de nuestro régimen comunista fueron cerradas –prácticamente de la noche a la mañana—porque no podían sobrevivir a la apertura de la economía. El resultado fue una disminución espectacular de las emisiones de CO2.

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El secreto de las reducciones fue la desaceleración económica. A medida que las economías de la República Checa y otros países de Europa central y oriental se reconstruyeron y comenzaron a crecer de nuevo, las emisiones naturalmente empezaron a aumentar. Para todos debe resultar claro que existe una correlación muy estrecha entre el crecimiento económico y el uso de energía.

Por ello me sorprende que la gente sostenga el argumento que ahora está de moda de que las políticas como las de límites máximos y comercio, los mandatos de gobierno y los subsidios a la energía renovable pueden beneficiar realmente a una economía. Se dice que los gobiernos, trabajando junto con las empresas, crearán una “nueva economía de la energía”, de la que se beneficiarán las compañías que participen en ella y que todo el mundo estará mejor.

Esto es una fantasía. Los sistemas de límites máximos y comercio sólo pueden funcionar mediante el aumento de los precios de la energía. Los consumidores que se vean obligados a pagar más por la energía tendrán menos dinero para gastarlo en otras cosas. Si bien es posible que las empresas que suministren la energía ampquot;verdeampquot;, más cara, obtengan beneficios, el efecto económico neto será negativo.

Es necesario tomar en cuenta el panorama más amplio. Puede haber ganancias cuando se raciona o subsidia la energía, pero únicamente en una economía que opere a tasas de crecimiento menores o incluso negativas. Esto significa que a largo plazo, todo el mundo competirá por un pedazo de pastel que será menor de lo que habría sido sin el racionamiento de la energía.

Esto no presagia nada bueno ni para el crecimiento ni para poder salir de la crisis actual.

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