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La marcha de las locuras científicas

Los científicos se enorgullecen enormemente de su declarada imparcialidad intelectual. Profesan tal sobriedad en sus puntos de vista, que consideran que todos los conceptos tiene el mismo peso e importancia hasta que las evidencias indiquen lo contrario.

La ironía de que los científicos acepten sin cuestionamientos esta idea sobre ellos mismos es que, entre los innumerables tipos de errores humanos, el prejuicio es un némesis inexorable ante el cual los científicos son tan propensos a sucumbir como cualquiera. Frente a un problema dado, los científicos se apresuran a presentar la solución que promueve (o que exigen) sus ideas más apreciadas. Al igual que mucha gente común, creen firmemente que en "el análisis final" los mecanismos que sus teorías favoritas explican resultarán los más decisivos y relevantes.

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Recordemos la exagerada influencia que se concedía hace no mucho a la teoría psicoanalítica. Sigmund Freud afirmaba que ningún acto de la vida cotidiana es trivial o carente de significado. De ahí, los esquemas teóricos se llevaron más allá de la razón.

Roger Caillois (1913-1978) se burlaba de este pensamiento: si olvido mi paraguas en casa de X, es porque siento una simpatía subconsciente hacia él. Mi omisión es sólo aparente. Fue "en realidad" un pretexto para regresar a ver a X y satisfacer así mi afecto secreto. ¿Y qué si dejé el paraguas en casa de Y, a quien detesto cordialmente? En ese caso, mi olvido fue un deseo de autocastigarme. Es una expiación por sentir esta antipatía o por desear que Y desaparezca. ¿Pero y si el paraguas se me queda en casa de Z? Z me es indiferente, no es mi amigo ni mi enemigo. Aquí, el sicoanalista se remite a la teoría y me informa que estoy equivocado. Sólo creo que me es indiferente. En realidad, o lo quiero o lo odio, y con una vehemencia poco común por añadidura. ¿La prueba? Claro, la prueba es que olvidé el paraguas. Así, se cierra el círculo. En este sistema, nada escapa a una interpretación definitiva.

Callois pudo haber sido irónico, pero su argumento era muy claro. El psicoanálisis se convirtió en una lógica formidable e intimidante. En el ejemplo anterior, la distracción es un primer síntoma de un sentimiento subconsciente. Luego, este último se convierte en lo que los antiguos llamaban el petitio principii; nosotros le llamamos razonamiento circular. El que hayamos olvidado el paraguas en casa o en algún otro lugar ya no importa. El que haya una razón aparente (o ninguna en absoluto) es irrelevante: el psicoanálisis siempre puede ofrecer una explicación.

En efecto, nada se resistía a las exégesis psicoanalíticas. La política, la sociología, la historia o la medicina: todo era grano para el molino del psicoanálisis. Así, el comunismo agrario se consideró como un retorno al seno materno. La economía capitalista se vinculó con un complejo anal sado-masoquista. Algunos interpretaron el lema comunista "Proletarios del mundo, uníos" como una expresión sublimada de homosexualidad.

En la Rusia soviética, el marxismo-leninismo incurrió en excesos comparables. Todo tenía que ver con la lucha de clases. Si se le daba crédito a los teóricos marxistas, incluso el amor entre un hombre y una mujer se podía explicar como un deseo de posesión y dominación, una actitud que reflejaba la opresión de la burguesía sobre el proletariado.

La biología no fue excepción. Los hechos biológicos se veían a la luz del prejuicio ideológico. Cuando la genética ortodoxa se descartó en favor de las doctrinas ideológicas reinantes, como lo hizo Trofim Lysenko (1898-1976), favorito de Stalin, los resultados fueron desastrosos. La ciencia soviética sufrió un retroceso de cincuenta años.

En el Occidente, las teorías de Charles Darwin sufrieron distorsiones no menos egregias en manos de supuestos adeptos darwinistas. Ahora es lugar común que la teoría evolucionista se utilizó para justificar las injusticias capitalistas. La ilegalidad y las fechorías se disfrazaron hábilmente bajo el manto de una ley natural demostrada por la ciencia, "la sobrevivencia del más fuerte".

Cada vez que aparece una idea científica nueva y poderosa, debe atravesar por un periodo de aplicación abusiva. Hoy en día le toca el turno a la genética molecular. El temperamento, la obesidad, los padecimientos cardiacos, la inteligencia, la homosexualidad o los comportaminetos criminales: se dice que todo reside en los genes.

Científicos distinguidos pregonan que nuestro destino mismo está escrito en las moléculas de ADN y los promotores de la ciencia popular se unen al coro exultante, sosteniendo que los seres humanos no son sino entes "programados". El genoma contiene un conjunto completo de instrucciones y, por lo tanto, se le denomina como el Santo Grial, la Biblia, el Libro del Hombre. Se dice que cuando esté completamente descifrado, se entenderá cabalmente la esencia de la naturaleza humana.

Un humanismo sano impone límites en contra de esas afirmaciones. No hay ciencia capaz de explicar totalmente la naturaleza humana. Todas las ciencias, incluso la más exacta, son esfuerzos parciales. En otras palabras, un hombre o una mujer son más que su psique; más que su bioquímica; y más que su identidad social.

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Ciertamente, el hombre es más que sus genes. También es su pasado, su presente y su futuro. En efecto, el hombre es más que sí mismo, porque las cualidades específicamente humanas sólo se pueden desplegar completamente en sociedad. Una persona criada en el aislamiento total (o por animales, como los semilegendarios "niños salvajes" adoptados por lobos) nunca podrá alcanzar una humanidad plena. Así, el filósofo español Ortega y Gasset podía afirmar con veracidad que "el yo del hombre está inmerso precisamente en aquéllo que no es él mismo, en la alteridad pura que es su circunstancia".

En la medida en que los científicos, absortos en sus investigaciones y fascinados por la tecnología, olviden esta profunda enseñanza de las humanidades, seguirán siendo presa del prejuico, su implacable némesis.