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Cómo la acción climática puede hacer grande a Estados Unidos

SINGAPUR – El cambio climático es el desafío por excelencia que enfrenta la humanidad. Sin embargo, el próximo presidente de Estados Unidos -el segundo emisor más grande del mundo de gases de tipo invernadero y un actor crítico en la política climática- no cree que el cambio climático exista, o al menos que los seres humanos tengan algo que ver con su desarrollo. Si Donald Trump en verdad quiere hacer que "Estados Unidos vuelva a ser grande", como manifestaba su eslogan de campaña, necesitará cambiar su actitud y abrazar la agenda climática.

Hasta el momento, la situación no parece alentadora. A pesar de una montaña de datos científicos, Trump sostiene que no hay evidencia de que los seres humanos contribuyan al calentamiento global. Una vez inclusive llegó a calificar al cambio climático de "engaño", inventado por los chinos para hacer que la industria estadounidense fuera menos competitiva (aunque luego se retractó de esa acusación). Sin embargo, no ha repensado su escepticismo más amplio sobre el cambio climático impulsado por los seres humanos.

En esta línea de pensamiento, Trump ha anunciado su intención de revertir los límites de emisiones de carbono para las centrales eléctricas impulsadas a carbón, aumentar la producción de combustibles fósiles y reducir el apoyo a la energía eólica y solar. También ha prometido retirar a Estados Unidos del acuerdo sobre cambio climático global concluido el pasado mes de diciembre en París. Una marcha atrás de estas características sería catastrófica para los esfuerzos globales destinados a enfrentar el cambio climático.

De la misma manera que la reticencia del presidente norteamericano George W. Bush a firmar el Protocolo de Kioto sobre cambio climático en 2005 inició una espiral de emisiones cada vez mayores, una decisión por parte de Trump de no cumplir con los compromisos de Estados Unidos bajo el acuerdo de París podría impulsar a otros a seguir su ejemplo. Después de todo, muchos países ya están preocupados por los costos que implica cumplir con sus compromisos nacionales, especialmente en un momento de recuperación económica lenta. Y quemar combustibles fósiles sigue siendo, en la mayoría de las actividades económicas, más económico que utilizar energía  más limpia (si no se tiene en cuenta el daño relevante para el medio ambiente).

Por supuesto, en el más largo plazo, quemar más combustibles fósiles hará aumentar los costos de la atención médica y dificultará la productividad de los trabajadores. Luego están los costos económicos y humanos de los desastres cada vez más frecuentes y severos vinculados con el clima -como inundaciones, sequías, tormentas y olas de calor que, en todos los casos, ya están en aumento a nivel mundial.

Es cierto, Trump recientemente se reunió con el ex vicepresidente estadounidense y activista encendido sobre el clima Al Gore. De todos modos, parece improbable que Trump cambie su tono en materia de cambio climático, sobre todo porque los miembros del gabinete que ha seleccionado básicamente están cantando la misma canción.

La buena noticia es que tal vez no tenga que hacerlo. Por cierto, existen acciones que Trump puede implementar para otros fines -desde impulsar la economía estadounidense hasta mejorar la influencia global de Estados Unidos- que también impulsarían la agenda climática.

La primera acción de esta naturaleza es aumentar la inversión en investigación y desarrollo en sectores respetuosos del clima, como la eficiencia y el almacenamiento de energía, los sistemas de energías renovables y los vehículos más seguros y más pequeños. Los avances tecnológicos en estas áreas -que Estados Unidos está particularmente calificado para llevar adelante- serían muy buenos para los negocios. Y fortalecer los sectores de producción de alta tecnología y la eficiencia energética pueden ser la mejor chance de Trump de cumplir con su promesa de campaña de crear una gran cantidad de empleos para los norteamericanos.

Por más que a Trump le gustaría revivir el acero y el carbón en los llamados estados del Cinturón de Óxido que fueron cruciales para su victoria electoral, probablemente sea algo imposible (como lo es recuperar grandes volúmenes de empleos industriales del exterior). Por cierto, la energía de carbón ya está en vías de extinción en Estados Unidos, en tanto los temores sanitarios y ambientales (no sólo climáticos) obligan a las plantas a cerrar.

La producción de gas natural, mientras tanto, está en un pico histórico; su participación del 33% en la generación de energía hoy supera la del carbón. Las fuentes de energía renovable y energía nuclear también están en aumento -una tendencia que casi con certeza continuará-. Para crear una recuperación del Cinturón de Óxido, Trump debe capitalizar estas tendencias, impulsando una estrategia más innovadora y eficiente en materia energética, como la que está ayudando a sustentar el crecimiento en las economías de California y Nueva York.

Trump podría reforzar el progreso en las industrias dinámicas y rentables de bajo consumo de energía al consolidar la eficiencia energética en los códigos de construcción. Los nuevos edificios y otra infraestructura deberían contar con iluminación, calefacción y aire acondicionado de bajo consumo energético (incluido un mejor uso de la luz solar). También se pueden obtener enormes beneficios si se modernizan los edificios existentes para un uso más eficiente de la energía.

Existe otra razón clave por la que Trump, el escéptico en materia climática, pueda convencerse de sustentar el progreso en la acción climática: preservando y mejorando la influencia internacional de Estados Unidos. Otros líderes globales prominentes -como el presidente chino, Xi Jinping; el primer ministro indio, Narendra Modi, y la canciller alemana, Angela Merkel- han expresado su preocupación por la devastación causada por la contaminación y la degradación ambiental. Si Estados Unidos repudia su papel de liderazgo en esta área, corre el riesgo de un daño considerable a su reputación.

El liderazgo climático global exigirá que Estados Unidos, primero y principal, cumpla con sus compromisos de París. Es vital que Trump ratifique el Plan de Energía Limpia de Estados Unidos, que establece objetivos estaduales para las reducciones de emisiones de carbono, con el objetivo de reducir las emisiones nacionales a partir de la generación de electricidad en un tercio en relación a su nivel de 2005 para 2030. La extensión de los créditos impositivos para productores y consumidores de energías renovables sería un gran avance hacia el logro de este objetivo.

Pero inclusive alcanzar los objetivos del acuerdo de París no será suficiente para evitar un ascenso catastrófico de la temperatura global. Debemos superar nuestros objetivos impulsando una energía limpia, un transporte limpio y una industria limpia. Para ello, el conocimiento y el entendimiento norteamericanos serán indispensables.

Trump ya quiere invertir en energía e infraestructura. Si lo hace de una manera respetuosa del clima, Estados Unidos obtendrá enormes beneficios -al igual que el resto del mundo-. Si el magnate devenido presidente no reconoce la amenaza que plantea el cambio climático, debería por lo menos ser capaz de admitir una enorme oportunidad comercial cuando la tiene delante.