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Navegar las aguas de la revolución energética

RIAD/LONDRES – Durante décadas, el panorama internacional de la energía se ha mantenido relativamente estable: los productores, como ser Arabia Saudita, Irán y Argelia, venden petróleo y gas a países consumidores en Estados Unidos y Europa. Sin embargo, es muy probable que dentro de unos pocos años el ámbito de la energía sea irreconocible, ya que dramáticos cambios tecnológicos, económicos y geopolíticos están dando nueva forma a las relaciones comerciales en el mundo.

Lo que se necesita es una nueva estructura de gobierno, una que vaya más allá de las relaciones bilaterales tradicionales entre productores y consumidores. En un mundo en rápida evolución, garantizar la seguridad energética requerirá del manejo cuidadoso de múltiples relaciones entrelazadas. Es probable que solamente un foro internacional incluyente, en el que se pueda compartir y debatir ideas complejas, resulte ser el lugar adecuado para llevar a cabo la tarea de navegar las aguas de una nueva era de uso, producción y consumo de energía.

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Los cambios que están actualmente en curso son profundos. En muchos países exportadores de energía el consumo interno está aumentando vertiginosamente. Históricamente, estos países trataron a la energía como un recurso barato. En la actualidad, se toman cada vez mayor cantidad de medidas para eliminar los subsidios, introducir precios de mercado, y aumentar la eficacia – políticas que se asocian mayormente con países importadores de energía. BP predice que en el Medio Oriente, región con grandes reservas de combustibles fósiles, el consumo de energía primaria crecerá en un 77% hasta el año 2035.

Al mismo tiempo, algunos importadores tradicionales están aprovechando nuevas fuentes de energía y se están convirtiendo en productores, cambiando la dirección de los flujos de energía. La revolución de la energía de esquisto en EE.UU. es tal vez el ejemplo más conocido de este cambio, pero no es el único.

El rápido crecimiento de la industria de las energías renovables es otro factor que influye en las relaciones tradicionales entre productores y consumidores. Durante el primer semestre de 2014, el 13% de la electricidad en Alemania provino exclusivamente de energía eólica. Dinamarca, un país que en los años 1970 dependía casi totalmente de importaciones de energía, es ahora el único exportador neto de energía de la Unión Europea, y a menudo genera más del 100% de sus necesidades de electricidad, utilizando para ello la energía eólica.

Simultáneamente, los avances en la eficiencia energética también reducen la demanda de exportación de energía proveniente de los países productores tradicionales. Los edificios con alta eficiencia energética a menudo se pueden calentar fácilmente con electricidad renovable producida localmente y suministran agua caliente mediante el uso de paneles solares. La introducción del estándar Edificio de energía cero para nuevos edificios en la UE va a ir a reducir de manera drástica la dependencia del gas en lo que se refiere al suministro de calefacción.

El riesgo es que estos cambios rápidos se vayan a combinar con geopolíticas desestabilizadoras y provoquen una retirada de los países de los mercados energéticos mundiales. Es decir, si los países empiezan a definir la seguridad energética en términos de independencia energética y ellos tratan de satisfacer todas sus necesidades por sí solos, el resultado podría llegar a traducirse en excesos de capacidad caros, distorsiones de precios masivas, progreso tecnológico más lento y crecimiento económico más débil.

Ya que es más difícil y más imperioso que nunca mantener la confianza en un sector energético competitivo, que tiene cargas políticas y, que a menudo es impredecible, la creación de un foro internacional dedicado a abordar problemas y aliviar tensiones podría llegar a ser una herramienta poderosa. Sin embargo, dicho foro deberá tener el enfoque correcto. Por ejemplo, no deberá aspirar a producir decisiones jurídicamente vinculantes. Ya se tiene una abundancia de organismos para ello, como ser la Organización Mundial del Comercio, la Carta de la Energía, y de la Comunidad de la Energía, que son organismos que llevan a cabo un excelente trabajo en cuanto a desarrollar normas o exigir cumplimientos dentro del sector energético.

Además, a pesar de que dicho foro deberá ser inclusivo, es necesario que no tenga ambiciones mundiales; no sería práctico tratar de atraer a todos los países a esta nueva mesa. Y, si bien sus fundadores deberán cuidar que dicho organismo no sea ni liderado ni dominado por un solo país o bloque de países, no se causaría ningún daño si el mismo empieza a funcionar teniendo un tamaño pequeño, con la participación de unos pocos países, antes de comenzar a expandirse.

De hecho, la Comisión Europea, organismo que ya está trabajando con miras a la creación de una unión energética, está en condiciones de iniciar un diálogo abierto sobre políticas energéticas a largo plazo con los países que no son parte de la Unión Europea. La UE es el importador de energía más grande del mundo, y le haría mucho bien unir su debate sobre sus estrategias energéticas a un diálogo con los principales exportadores mundiales. Simultáneamente a que la UE revise sus políticas energéticas y de relaciones exteriores, no se debe perder la oportunidad de integrar un diálogo abierto sobre política energética a su proceso de planificación.

Dentro de este contexto, una de las debilidades tradicionales de la comisión – el hecho de que la política exterior y la política energética suelen ser decididas por los Estados miembros de manera individual – podría servir como una ventaja importante. La comisión sería vista como facilitadora de la discusión, en lugar de ser vista como líder o participante dominante.

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En caso de que se cree un foro adecuado para limar los desacuerdos, el panorama energético rápidamente cambiante podría ser una fuente de nueva prosperidad. La alternativa es un mundo en riesgo de sufrir tensiones y malos entendidos – mismos que podrían fácilmente saltar fuera de la esfera de la política energética e ingresar a la de la seguridad y relaciones internacionales.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.