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La última extinción

BONN – Agricultores en toda Africa están actualmente involucrados en una lucha desigual contra una mosca pestilente de la fruta cuyo hogar natural está en Asia. La mosca, detectada por primera vez en 2004 en Mombasa en la costa de Kenia, desde entonces hizo estragos en todo el continente, diezmando los mangos y otros cultivos y devastando subsistencias.

En un esfuerzo por combatir a la mosca, un equipo del renombrado instituto ICIPE en el este de Africa recientemente se dirigió a Sri Lanka en busca de un predador natural. Los investigadores ya han detectado uno que, después de un cuidadoso análisis, fue considerado seguro como para ser lanzado en el contexto de Africa y, aparentemente, con posibilidades de derrotar al invasor inoportuno.

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Sin embargo, este trabajo pionero hoy está en suspenso, al igual que las esperanzas de millones de agricultores que aguardan una respuesta efectiva y amigable con el medio ambiente para la crisis. Países de Asia -por cierto, países de todo el mundo en desarrollo- no están exportando sus recursos genéticos, abundantes y económicamente importantes.

La Convención sobre Diversidad Biológica (CDB), firmada en 1992, prometió un régimen internacional sobre Acceso y Participación en los Beneficios (APB) de los recursos genéticos. Esto les permitiría a los investigadores y a las empresas acceder al tesoro genético del mundo en desarrollo a cambio de una participación en las ganancias de los productos que luego se desarrollen.

Sin embargo, la implementación del régimen APB ha resultado esquiva y, a falta de un acuerdo internacional, el acceso ha sido cada vez menor y, en consecuencia, la participación en los beneficios se redujo en los últimos cinco años. Esto implica pérdidas económicas, ambientales y sociales potencialmente inmensas tanto para el mundo desarrollado como en desarrollo.

Estas pérdidas incluyen oportunidades desaprovechadas de avances en productos farmacéuticos, alimentos y materiales y procesos de raíz biológica, así como controladores de pestes biológicos como el prometedor ejemplar aislado por el ICIPE. Entre las pérdidas también cuenta la imposibilidad de conservar la menguante vida silvestre y los ecosistemas en rápida degradación en el mundo, que valen billones de dólares en términos de servicios vitales.

Un régimen APB diseñado de manera inteligente les ofrece a los países más pobres -que poseen el mayor porcentaje de los recursos genéticos que todavía existen en el mundo- la posibilidad de empezar a cobrar de forma apropiada por mantenerlos. También podría desempeñar un papel importante a la hora de cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que incluyen reducir la pobreza a la mitad para 2015.

A partir del 20-30 de mayo, los gobiernos de más de 190 países y alrededor de 6.000 delegados se reunirán en Bonn, Alemania, para el Noveno Encuentro de las Partes de la CDB. Los gobiernos han fijado sus posturas en materia de asegurar un régimen APB para 2010, que también es la fecha límite, según se acordó en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sustentable en 2002, para reducir sustancialmente la tasa de pérdida de biodiversidad.

Pero se necesita urgentemente una acción acelerada en muchos otros frentes amplios vinculados con la biodiversidad. De hecho, según la Perspectiva del Medio Ambiente Global-4 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el mundo actualmente está experimentando una sexta ola de extinciones, desatada en gran parte por nuestra imposibilidad de gestionar los activos naturales.

  • El 30% de las poblaciones de peces globales ha colapsado, un incremento con respecto al 15% aproximadamente en 1987, y la proporción de poblaciones de peces clasificadas como sobreutilizadas se duplicó, a alrededor del 40%.
  • Las poblaciones de vertebrados de agua dulce decayeron en promedio aproximadamente el 50% desde 1987, mientras que las poblaciones de especies terrestres y marinas se redujeron en alrededor del 30%.
  • En el Caribe, más del 60% de los arrecifes de coral están amenazados por el sedimento, la contaminación y la pesca excesiva.
  • Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, más tierras se han convertido al uso agrícola que en los dos siglos anteriores.
  • Cada año, se destruyen 13 millones de hectáreas de bosques tropicales, que contienen hasta el 80% de la biodiversidad del planeta.
  • Se destruyó aproximadamente el 35% de los manglares en los últimos 20 años.

Sin embargo, junto con estos datos que abruman, en el mundo también abunda la gestión lúcida e inteligente. Por cierto, las áreas protegidas hoy abarcan más del 12% de la superficie de la Tierra, aunque la creación de reservas marinas sigue siendo penosamente baja.

Por ejemplo, Paraguay, que hasta 2004 tenía una de las tasas más altas de deforestación del mundo, ha reducido los índices en su región del este en un 85%. Y en Fiji, las zonas de pesca prohibida y una mejor gestión de las áreas marinas hicieron aumentar la cantidad de especies como las langostas de manglares en un 250% anual. Asimismo, se han recuperado los pantanos de Irak y se han preservado las variedades locales de trigo en Jordania y Siria.

No obstante, a pesar de estas señales de progreso, no estamos logrando confrontar la magnitud del desafío, en especial en la traducción de acuerdos globales en legislación y acción a nivel nacional y regional.

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Hace seis meses, en Bali, el mundo logró un avance sobre cambio climático, y tanto los países desarrollados como en desarrollo se embarcaron en una Hoja de Ruta hacia un nuevo régimen climático para 2012. Debemos comprometernos de la misma manera en revertir la tasa de pérdida de biodiversidad.

La Conferencia de Biodiversidad de Bonn representa una oportunidad ideal para alcanzar un cambio radical, inclusive en APB. Todos nosotros, no sólo los cultivadores de frutas del Africa, en definitiva dependemos del botín de la naturaleza para nuestra prosperidad –en realidad, para nuestra supervivencia misma.