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De santos y sirvientes

MOSCU: En julio de 1918, el último Zar, Nicolás II, su familia, tres sirvientes y un doctor fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento de la Cheka en un sótano de la ciudad de Ekaterinburgo, en los Urales. Posteriormente sus cuerpos fueron descuartizados, cubiertos con cal, quemados, enterrados, exhumados y vueltos a enterrar en una zanja. En el verano de 1998 fueron enterrados con honores en San Petersburgo.

Este verano, la Iglesia Ortodoxa Rusa canonizó como mártires a nuestra última familia real. Sin embargo, los cuatro sirvientes que murieron con la familia del Zar no fueron canonizados. Ellos pudieron haberse ido; tuvieron la oportunidad de marcharse y no lo hicieron. Nunca preguntaron si su suerte era culpa de su patrón. Nunca esperaron beneficios o recompensas. Fueron fieles hasta el final y murieron por ello.

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Durante los años de Stalin, Kruschev y Brezhnev, mi familia también tuvo sirvientes. Hubo muchos y llevaban a cabo tareas diferentes. Sin embargo, nunca los llamamos sirvientes. No era una palabra cortés. Cuando de niña leía cuentos sobre reyes y potentados rodeados de sirvientes, mi corazón infantil lloraba por esos crímenes contra la igualdad y la justicia. No, a la gente que vivía con nosotros, cocinaba para nosotros, empujaba las carreolas, lavaba las ventanas y limpiaba los abrigos de piel en el verano jamás les llamamos „sirvientes“. Tenían nombres y nunca se les hubiera pedido realizar tareas horribles o peligrosas.

La más vieja en nuestra familia era la nana Grusha. Era pequeña y ligera, con esponjoso cabello blanco. Cierta noche, en medio de una pesadilla, la busqué entre gritos de pánico. Ella suspiró, murmuró y sin hacer ruido se sentó junto a mi cama. De su boca salía un „psh-sh-sh“. La nana Grusha olía a aceite de lámpara, a hojuelas de jabón y a humo de chimenea. Me aferré a su vestido. Era un vestido color café obscuro con pequeñas motas blancas. Para mí, ese tono de café sigue siendo el color de la seguridad. Los monstruos que vivían bajo mi cama no podían secuestrarme mientras la nana estuviera cerca.

Durante el día yo lloraba en las faldas de la nana. Si me daba hambre, corría a buscarla. La nana nunca dijo „como todo lo que tienes en el plato.“ Nunca dijo „debes compartir con los demás“ o „no seas envidiosa“. Fueron mis padres quienes me enseñaron a considerar a los demás. La nana nunca enseñaba. El bien y el mal no eran su responsabilidad.

Nunca me quitó nada; jamás usó a alguien como ejemplo; nunca hizo que me avergonzara. Si yo golpeaba a mi hermana o le escupía, le jalaba el pelo o le quitaba sus juguetes, la nana esperaba a que mi tormenta amainara y me llevaba a una habitación lejana donde me daba dulces y pasteles que sacaba de una vieja funda de almohada. La nana no tenía idea de los límites o de la justicia. Lo suyo no era bondad sino el puro y potente veneno del amor.

Durante mucho tiempo yo di por seguro que „nana“ era un tipo de relación de sangre. Se puede ser una „abuelita“ que huele a perfume y que usa collares de perlas, pero también una „nana“ que huele a humo y aceite y que usa una cruz colgada de un cordón debajo del vestido café. Una vez le pregunté a la nana: „¿Crees en Dios? ¡No lo hagas! ¡Dios no existe! Los cosmonautas no han visto a nadie allá arriba.“ Ella sólo murmuró: “El nunca se mostraría.“

La nana nunca se casó; nunca tuvo hijos propios. Ella crió hijos ajenos. Los amaba ciegamente, con codicia, y los protegía del viento, el hambre, los monstruos, los padres y, sobre todo, de otras gentes. Yo notaba la frialdad entre mi padre y la nana; ni siquiera se daban los buenos días. La nana adoraba a mi mamá porque ella también había sido su bebé. En algunas ocasiones me parecía que sería capaz de matar a quienquiera que osara hacernos daño. Fue hasta después de su muerte que me enteré del crimen que cometió por nosotros.

En los días del bloqueo Nazi sobre Leningrado, la nana sacó de la ciudad un saco de harina. Lo hizo cuando Leningrado se estaba muriendo de hambre; cuando los cadáveres estaban tirados por doquier y la gente comía restos humanos. Sustrajo un saco de harina de una ciudad donde la gente se mataba por una migaja de pan. Salió por el congelado Río Neva durante un bombardeo, junto con un bebé que había sido puesto bajo su cuidado –el hermano de mi mamá, de 30 años de edad. Era un hombre adulto para todos menos para la nana, quien lo seguía viendo como un niño pequeño, rosado, asustado y lloroso.

Los pequeños sobrinos de la nana murieron de hambre en Leningrado durante el sitio. „¿Cómo pudiste hacerlo?“, le preguntó mi abuela. „Rescaté a Sergei“, fue su respuesta. „¿Abandonaste a tus parientes?“, cuestionó mi abuela. „Pero rescaté a Sergei.“ La nana estuvo con nuestra familia siempre. Crió a los siete hijos y cinco nietos de mi madre y alcanzó una edad avanzada sin pedir nada para ella.

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Nunca he querido a nadie en el mundo con la fuerza con la que quise a mi nana. Nadie me ha querido con tanta fuerza como ella. Nunca hice nada para merecer su cariño. Más aún, si no fuera por ella, yo nunca habría comprendido que el amor es insondable. Cabello blanco, vestido café, un crucifijo en un cordón –fue el pequeño ángel de la guarda que recibí sin dar nada a cambio.

Así pues, la Igesia Rusa bendijo al último Zar, pero se olvidó de sus sirvientes. No obstante, debemos recordar quién pasará por el ojo de la aguja para encontrar la salvación. Es probable que el patriarca de Moscú se atascaría en el ojo de la aguja por sus casullas de perlas incrustadas, su oro y sus Mercedes. En este espantoso siglo nuestro, sólo los mendigos y la gente fiel logra pasar al final. Mi nana, sencilla y pecadora, logró pasar, no sin antes detenerse un momento para revisar cómo les iba a sus niños.