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La vida hecha a pedido

MELBOURNE – En el siglo XVI, el alquimista Paracelso ofreció una receta para crear un ser viviente a partir de introducir esperma en un “venter equinus” putrefacto. Esto normalmente se traduce como “estiércol de caballo”, pero el latín “venter” significa abdomen o útero.

De modo que ahora los ocultistas sin duda encontrarán gracioso que Craig Venter sea la fuerza motora detrás del equipo de científicos que el mes pasado anunciaron la creación de una forma de vida sintética: una bacteria con un genoma diseñado y creado a partir de sustancias químicas en un laboratorio.

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La nueva bacteria, apodada “Synthia”, replica y produce proteínas. Según toda definición razonable, está viva. Si bien es muy similar a la bacteria natural a partir de la cual básicamente se la copió, los creadores introducen fibras distintivas de ADN en su genoma para probar que no es un objeto natural. Estas fibras deletrean, en código, la dirección de un sitio web, los nombres de los investigadores y citas pertinentes, como la de Richard Feynman: “Lo que no puedo crear, no puedo entender”.

Desde hace algunos años, la biología sintética se viene asomando como el próximo gran tema de la bioética. Los científicos en el Instituto J. Craig Venter esperaban escuchar que les dijeran que estaban “jugando a ser Dios”, y no se sintieron defraudaron. Sí, si uno cree que la vida fue creada por Dios, entonces esto es lo más cercano a “jugar a ser Dios” que los seres humanos han llegado, hasta ahora.

Art Caplan, el reconocido especialista en bioética de la Universidad de Pennsylvania, dice que el avance califica como un descubrimiento de importancia histórica, porque “parecería echar por tierra el argumento de que la vida requiere una fuerza o poder especial para existir”. Cuando se le preguntó por la importancia de lo que el equipo había hecho, Venter respondió diciendo que implicaba “un cambio filosófico gigantesco en la manera en que vemos la vida”.

Otros han señalado que, si bien el equipo produjo un genoma sintético, lo introducen en una célula de otra bacteria, reemplazando el ADN de esa célula. Aún tenemos que crear un organismo vivo a partir enteramente de botellas de sustancias químicas, de manera que alguien que cree en una “fuerza de vida” que sólo un ser divino puede imbuir en materia inerte sin duda seguirá creyéndolo.

A un nivel más práctico, dijo Venter, el trabajo del equipo ha producido “un conjunto muy poderoso de herramientas” para diseñar vida. Lo han criticado porque la investigación estuvo financiada por Synthetic Genomics, una empresa que él cofundó, que tendrá los derechos de propiedad intelectual resultantes de la investigación –y que ya ha presentado 13 patentes vinculadas a ella-. Pero completar el trabajo demandó 20 científicos durante una década, a un costo estimado de 40 millones de dólares, y los inversores comerciales son una fuente obvia para este tipo de fondos.

Otros objetan que las cosas vivas no deberían patentarse. Esa batalla se perdió en 1980, cuando la Corte Suprema de Estados Unidos decidió que se podía patentar un microorganismo modificado genéticamente diseñado para limpiar derrames de petróleo. (Obviamente, en vista del daño causado por el derrame de BP en el Golfo de México, todavía hay mucho trabajo por hacer en ese organismo en particular).

El patentamiento de la vida fue llevado un paso más allá en 1984, cuando la Universidad de Harvard presentó exitosamente una patente para su “oncorratón”, un ratón de laboratorio específicamente diseñado para contraer cáncer fácilmente, de manera que fuera más útil como herramienta de investigación. Estos son buenos argumentos para objetar que se convierta a un ser sintiente en una herramienta de laboratorio patentada, pero no es tan fácil ver por qué la ley de patentes no debe cubrir bacterias o algas recientemente diseñadas, que no sienten nada y pueden ser útiles como cualquier otra invención.

De hecho, la propia existencia de Synthia cuestiona la distinción entre vivo y artificial que sustenta gran parte de la oposición a “patentar la vida” –aunque señalarlo no es lo mismo que aprobar que se otorguen patentes amplísimas que impiden que otros científicos realicen sus propios descubrimientos en este nuevo campo trascendente.

En cuanto a la probable utilidad de las bacterias sintéticas, el hecho de que el nacimiento de Synthia tuviera que competir para acaparar los titulares con las noticias del peor derrame de petróleo del mundo surtió más efecto que cualquier esfuerzo de relaciones públicas. Algún día, tal vez podamos diseñar bacterias que puedan limpiar de manera rápida, segura y efectiva los derrames de petróleo. Y, según Venter, si la nueva tecnología de su equipo hubiera estado disponible el año pasado, habría resultado posible producir una vacuna para protegernos de la gripe H1N1 en 24 horas, y no en varias semanas.

Sin embargo, la perspectiva más emocionante presentada por Venter es una forma de alga que puede absorber dióxido de carbono de la atmósfera y utilizarlo para crear combustible diesel o gasolina. Synthetic Genomics tiene un acuerdo de 600 millones de dólares con ExxonMobil para obtener combustible de algas.

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Obviamente, la puesta en circulación de cualquier organismo sintético debe estar cuidadosamente regulada, al igual que la de cualquier organismo modificado genéticamente. Pero cualquier riesgo debe sopesarse contra otras amenazas graves que enfrentamos. Por ejemplo, las negociaciones internacionales sobre cambio climático parecen haber alcanzado un punto muerto, y el escepticismo público sobre el calentamiento global va en aumento, aún si la evidencia científica sigue demostrando que es real y que pondrá en peligro las vidas de miles de millones de personas.

En estas circunstancias, los riesgos supuestamente muy reales de la biología sintética parecen definitivamente compensados por la esperanza de que nos pueda permitir evitar una catástrofe ambiental en ciernes.