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París y el destino de la Tierra

PRINCETON – Las vidas de miles de millones de personas, durante los siglos por venir, estarán en juego cuando los dirigentes del mundo y los negociadores gubernamentales se reúnan en la Conferencia de las Naciones sobre el Cambio Climático que se celebrará en París al final de este mes. El destino de un número desconocido de especies de plantas y animales pende también en la balanza.

En la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, 189 países, incluidos los Estados Unidos, China, la India y todos los países europeos subscribieron la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambo Climático y acordaron estabilizar las emisiones de los gases que provocan el efecto de invernadero “en un nivel lo suficientemente bajo para prevenir una peligrosa interferencia antropogénica en el sistema del clima”.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Sin embargo, hasta ahora no se ha producido dicha estabilización y, sin ella, los bucles de retroalimentación climáticos podrían impulsar el aumento de las temperaturas aún más. Con menos hielo ártico que refleje la luz del Sol, los océanos absorberán más calor. El deshielo del gelisuelo siberiano liberará enormes cantidades de metano. A consecuencia de ello, zonas enormes de nuestro planeta, que actualmente albergan a miles de millones de personas, podrían resultar inhabitables.

En conferencias anteriores de la Convención Marco los firmantes intentaron lograr acuerdos legalmente vinculantes sobre las reducciones de las emisiones, al menos en el caso de los países industrializados que han producido la mayor parte de los gases que provocan el efecto de invernadero en la atmósfera. Esa estrategia falló –en parte por la intransigencia de los Estados Unidos durante la presidencia de George W. Bush– y se abandonó cuando en la conferencia de 2009 no se logró un tratado con el que substituir el Protocolo de Kyoto (que los EE.UU. nunca firmaron). De hecho, el Acuerdo de Copenhague se limitó a pedir a los países promesas voluntarias de reducir sus emisiones en determinadas cantidades.

Ahora han llegado dichas promesas, de 154 países, incluidos los mayores emisores y se quedan muy cortas respecto de lo que se necesitaba. Para entender el desfase entre lo que conseguirían las promesas y lo que se necesita, debemos remontarnos a las fórmulas que todo el mundo aceptó en Río.

La formulación fue vaga en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, ¿qué constituiría una “peligrosa interferencia antropogénica en el sistema del clima”? Y, en segundo lugar, ¿qué nivel de seguridad entraña el término “prevenir”?

La primera ambigüedad se ha resuelto mediante la decisión encaminada a la consecución de un nivel de emisiones que limite el aumento de la temperatura media de la superficie de la Tierra a dos grados centígrados por encima del nivel preindustrial. Muchos científicos consideran peligroso incluso un aumento menor. Pensemos en que incluso con un aumento de sólo 0,8 grados centígrados hasta ahora, el planeta ha experimentado temperaturas sin precedentes, más fenómenos meteorológicos extremos y un importante derretimiento de la capa de hielo de Groenlandia, que contiene agua suficiente para causar un aumento de siete metros. En Copenhague, no se escucharon las súplicas de los representantes de los pequeños Estados insulares (algunos de los cuales dejarán de existir, si los niveles del mar siguen aumentando) en pro de un objetivo de 1,5 grados centígrados, esencialmente porque los dirigentes del mundo consideraron que las medidas necesarias para conseguir dicho objetivo eran políticamente irrealistas.

La segunda ambigüedad sigue sin despejarse. El Instituto Grantham de Investigación de la School of Economics ha analizado la informaciones presentadas por los 154 países  y ha concluido que, aun cuando se aplicaran todas, las emisiones mundiales de carbono aumentarían de su nivel actual de 50.000 millones de toneladas anuales a 55.000-60.000 de aquí a 2030, pero para tener una posibilidad del 50 por ciento de mantener el límite de dos grados centígrados, las emisiones anuales de carbono deben disminuir hasta los 36.000 millones de toneladas.

Un informe del Centro Nacional para el Restablecimiento del Clima de Australia no es menos alarmante. El nivel actual de emisiones a la atmósfera significa que tenemos un diez por ciento de posibilidades de superar los dos grados centígrados, aun cuando dejáramos de añadir más emisiones ahora mismo (cosa que no va a ocurrir).

Imaginemos que una compañía aérea redujera sus procedimientos de seguridad hasta un nivel en el que hubiera un diez por ciento de posibilidades de que los aviones no pudiesen concluir sus vuelos con seguridad. La compañía no podría afirmar que había impedido que los aviones peligrosos volaran y tendría pocos clientes, aun cuando sus vuelos fueran mucho más baratos que los de ninguna otra. De forma similar, en vista de que la escala de la catástrofe que podría resultar de la “peligrosa interferencia antropogénica en el sistema del clima”, no deberíamos aceptar una posibilidad del diez por ciento –si no muchas veces mayor– de superar los dos grados centígrados.

¿Cuál es la opción substitutiva? Los países en desarrollo sostendrán que su necesidad de energía barata para sacar a su población de la pobreza es mayor que la de los países ricos para mantener sus niveles –con frecuencia despilfarradores– de consumo energético y tendrían razón. Ésa es la razón por la que los países ricos deben fijarse el objetivo de descarbonizar sus economías lo antes posible y en 2050, a más tardar. Podrían comenzar prescindiendo de la forma más sucia de producción de energía, las centrales eléctricas de carbón, y denegar las licencias para explotar nuevas minas de carbón.

Otro beneficio rápido podría conseguirse alentando a la población para que coma más alimentos vegetales, tal vez gravando la carne y utilizando los ingresos resultantes para subvencionar opciones substitutivas más sostenibles. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la industria ganadera ocupa el segundo lugar por la cantidad de sus emisiones de gases que provocan el efecto de invernadero, por encima de todo el sector  del transporte. Eso significa que hay mucho margen para reducir las emisiones y de formas que tendrían menos repercusiones en nuestra vida que la de dejar de utilizar todos los combustibles fósiles. De hecho, según un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud, una reducción del consumo de carnes rojas y elaboradas entrañaría el beneficio suplementario de reducir las muertes por cáncer.

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Esas propuestas pueden parecer irrealistas. Sin embargo, cualquier medida inferior sería un crimen contra miles de millones de personas vivas y por nacer y contra todo el medioambiente natural de nuestro planeta.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.