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De cómo destronar al rey carbón

MELBOURNE – A comienzos de este año, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera llegaba a 400 partes por millón (ppm). La última vez que hubo tanto CO2 en nuestra atmósfera fue hace tres millones de años, cuando los niveles del mar eran 24 metros más altos de lo que son hoy. Actualmente los niveles del mar están volviendo a subir. En septiembre del año pasado, el hielo del mar Ártico cubría la zona más pequeña en la historia. Todos excepto uno de los diez años más cálidos desde 1880, cuando se comenzaron a llevar registros globales, ocurrieron en el siglo XXI.

Algunos climatólogos creen que 400 ppm de CO2 en la atmósfera ya es suficiente para que traspasemos el punto de inflexión en el que corremos el riesgo de sufrir una catástrofe climática que convertirá a miles de millones de personas en refugiados. Dicen que necesitamos reducir esa cantidad de CO2 atmosférico a 350 ppm. Esa cifra está detrás del nombre adoptado por 350.org, un movimiento de base comunitaria integrado por voluntarios de 188 países que intenta resolver el problema del cambio climático.

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Otros científicos especializados en el clima son más optimistas: sostienen que si permitimos que el CO2 atmosférico aumente a 450 ppm, un nivel asociado con un incremento de la temperatura de 2o Celsius, tenemos 66,6% de probabilidades de evitar una catástrofe. Eso implica que queda una chance de uno en tres de sufrir una catástrofe -una probabilidad peor que jugar a la ruleta rusa-. Y está pronosticado que superaremos los 450 ppm para 2038.

Algo resulta claro: si no queremos ser absolutamente imprudentes con el clima de nuestro planeta, no podemos quemar todo el carbón, el petróleo y el gas natural que ya hemos localizado. Aproximadamente el 80% de todo esto -especialmente el carbón, que emite más CO2 cuando se lo quema- tendrá que quedarse en el suelo.

En junio, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, les dijo a los alumnos de la Universidad de Georgetown que se negaba a condenarlos, a ellos y a sus hijos y nietos, a "un planeta que ya no se pueda reparar". Dijo que el cambio climático no puede esperar a que el Congreso supere su "atasco partidario" y, apelando a su poder ejecutivo, anunció medidas para limitar las emisiones de CO2, primero de las centrales eléctricas de combustibles fósiles nuevas y luego de las existentes.

Obama también reclamó el fin del financiamiento público de nuevas plantas de carbón en el extranjero, a menos que utilicen tecnologías de captura de carbono (que todavía no son económicamente viables), porque de lo contrario, dijo, "no hay otra manera viable de que los países más pobres generen electricidad".

Según Daniel Schrag, director del Centro para el Medio Ambiente de la Universidad de Harvard y miembro de un panel presidencial de científicos que ha ayudado a asesorar a Obama sobre el cambio climático, "en términos políticos, la Casa Blanca es vacilante a la hora de decir que le está librando una guerra al carbón. Por otro lado, una guerra contra el carbón es exactamente lo que se necesita".

Schrag tiene razón. Su universidad, al igual que la mía y muchas otras, tiene un plan para reducir sus emisiones de gases de tipo invernadero. Sin embargo, la mayoría de ellas, inclusive la de Schrag y la mía, siguen invirtiendo parte de sus donaciones multimillonarias en compañías que extraen y venden carbón.

Ahora bien, está empezando a aumentar la presión para que las instituciones educativas dejen de invertir en combustibles fósiles. Se han formado grupos estudiantiles en muchos predios universitarios, y un puñado de facultades y universidades ya se comprometieron a poner fin a sus inversiones en combustibles fósiles. Varias ciudades estadounidenses, entre ellas San Francisco y Seattle, acordaron hacer lo mismo.

Hoy en día también se está atacando a las instituciones financieras por su vinculación con los combustibles fósiles. En junio, formé parte de un grupo de australianos prominentes que firmamos una carta abierta dirigida a los directores de los bancos más grandes del país solicitándoles que dejen de prestar dinero para nuevos proyectos de extracción de combustibles fósiles, y que vendan sus participaciones en compañías que están comprometidas en este tipo de actividades.

Al hablar en Harvard este año, el ex vicepresidente norteamericano Al Gore elogió a un grupo de estudiantes que estaba presionando a la universidad para que vendiera sus inversiones en compañías de combustibles fósiles, y comparó sus actividades con la campaña de desinversión en los años 1980 que ayudó a poner fin a la política racista de apartheid de Sudáfrica.

¿Cuán justa es esa comparación? Las líneas divisorias pueden ser menos marcadas de lo que eran con el apartheid, pero nuestro continuo nivel elevado de emisiones de gases de tipo invernadero protege los intereses de un grupo de seres humanos -básicamente la gente acaudalada que hoy está viva- a costa de otros. (Comparado con la mayoría de la población el mundo, hasta los mineros de carbón de Estados Unidos y Australia que perderían sus empleos si la industria cerrara son acaudalados). Nuestro comportamiento no tiene en cuenta a la mayoría de los pobres del mundo, y a todos los que vivirán en este planeta en los próximos siglos.

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A nivel mundial, los pobres ejercen un impacto ecológico menor, pero son los que más sufrirán con el cambio climático. Muchos viven en lugares tórridos que cada vez lo son más, y cientos de millones de ellos son agricultores de subsistencia que dependen de las lluvias para sembrar sus cultivos. Los patrones de precipitaciones variarán, y el monzón asiático se volverá menos confiable. Quienes vivan en este planeta en los siglos futuros vivirán en un mundo más caluroso, con niveles del mar más altos, menos tierra arable y huracanes, sequías e inundaciones más extremos.

En estas circunstancias, desarrollar nuevos proyectos de carbón no resulta ético, e invertir en ellos implica ser cómplice de esta actividad antiética. Si bien esto se aplica, en alguna medida, a todos los combustibles fósiles, la mejor manera de empezar a cambiar nuestro comportamiento es reduciendo el consumo de carbón. Reemplazar el carbón por gas natural efectivamente reduce las emisiones de gases de tipo invernadero, inclusive si el propio gas natural no es sustentable en el largo plazo. En este momento, lo que hay que hacer es poner fin a la inversión en la industria del carbón.