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El imperativo cero

OXFORD – El mundo ha alcanzado un acuerdo histórico sobre el cambio climático. El acuerdo al que se llegó en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en París compromete a los países a tomar medidas para limitar el calentamiento “muy por debajo” de 2° Celsius en relación a los niveles preindustriales y a poner en marcha “esfuerzos” para limitar el calentamiento a 1,5°C. También obliga a los países desarrollados a ofrecer 100.000 millones de dólares por año en asistencia a los países en desarrollo. Pero, desafortunadamente, las negociaciones finales dejaron de lado el único número que verdaderamente importa para el futuro de nuestro planeta: cero.

Esa es la cantidad neta de dióxido de carbono que podemos emitir si alguna vez hemos de estabilizar la temperatura del planeta en cualquier nivel. Cero, nada. El sistema atmósfera-océano de la Tierra es como una tina que se llena de CO2 y otros gases de tipo invernadero: cuanto más alto el nivel, más caliente el planeta.

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El grifo de las emisiones se debe cerrar una vez que la tina alcanza un nivel asociado con un cierto nivel de calentamiento –digamos, 2°C, por encima del cual, según coinciden de forma casi unánime los científicos, los riesgos se vuelven severos, los momentos críticos se tornan posibles y la capacidad de adaptación de la civilización no está garantizada-. Si no se cierra el grifo, la tina atmosférica se seguirá llenando, calentando el planeta 3°, 4°, 5° y así sucesivamente, hasta que las emisiones finalmente se detengan –o nosotros nos extingamos-. Cuanto antes cerremos el grifo, más baja será la temperatura en la cual se estabilice el clima, menor el riesgo que enfrentemos y más bajo el costo en el que incurramos para adaptarnos a un planeta más cálido.

Sólo alrededor de la mitad del CO2 que arrojamos a la atmósfera permanece allí –el resto se distribuye rápidamente en los océanos y la biósfera-. Pero, a medida que los océanos se van saturando y se reduce su capacidad de absorción, la cantidad que se redistribuye disminuye. De la misma manera, las temperaturas en ascenso hacen que los suelos liberen más CO2, causando aún más calentamiento.

La única manera de sacar CO2 de la tina una vez allí, casi literalmente, es rescatarlo. Hay procesos naturales que “refosilizan” el CO2, pero son demasiado lentos como para ser relevantes.

La tecnología de captura y almacenamiento de carbono (CCS por su sigla en inglés) extrae CO2 de las emisiones de plantas generadoras alimentadas a carbón y gas y lo aísla bajo tierra. Si bien esto no resuelve el problema del CO2 existente en la tina, la tecnología de CCS es técnicamente capaz de reducir las emisiones del carbón y del gas casi a cero. Pero la tecnología sigue siendo muy costosa, y los esfuerzos por desarrollarla en escala han avanzado lentamente.

Luego de una captura y almacenamiento de carbono en gran escala, sólo resta un pequeño paso para poder extraer el CO2 existente del aire y confiscarlo. Pero las tecnologías de “desecho de CO2” todavía están en una etapa relativamente temprana de desarrollo. Si seguimos haciendo las cosas como hasta ahora, la escala en la que tendrían que operar sería enorme.

De modo que estamos en una carrera. ¿Podemos cerrar el grifo y reducir el nivel de emisiones a cero antes de que la tina alcance un nivel que nos lleve por encima del umbral de 2°C fijado en París? En verdad, inclusive ese nivel quizá no sea lo suficientemente bajo. Como reconoce el acuerdo de París, muchos científicos creen que un calentamiento por encima de 1,5°C es riesgoso y que la adaptación a ese calentamiento será extremadamente costosa, en especial para los países en desarrollo y los estados isla.

La buena noticia es que si de alguna manera frenáramos todas las emisiones hoy, las temperaturas seguirían subiendo sólo por una década aproximadamente, antes de estabilizarse. Pero como el grifo de las emisiones sigue muy abierto, rápidamente nos quedaremos sin espacio en la tina. Podemos emitir menos de la mitad de nuestras emisiones históricas de CO2 hasta la fecha antes de que probablemente superemos el umbral de 2°C. Como venimos, llegaremos a ese punto en 2040-2050.

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Esa es la razón por la cual la mayoría de los científicos y una creciente cantidad de líderes empresariales e inversores están pidiendo un objetivo claro: que las emisiones lleguen a cero antes de que el calentamiento alcance los 2°C. En mayo de 2015, la Cámara Internacional de Comercio y CEOs de todo el mundo reclamaron un objetivo de emisiones cero. En París, inversores prominentes y el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, junto con el CEO de Bloomberg, Michael Bloomberg, también apoyaron un nivel de emisiones cero, y citaron riesgos sistémicos para el sistema financiero a partir del cambio climático. Es un objetivo que envía una señal clara de que las industrias que emiten tendrán que cambiar o morir, y que el futuro está ligado a tecnologías y empresas de emisiones cero.

Si bien los negociadores no incluyeron el objetivo cero en París, debería ser respaldado por los países individuales en sus planes, reforzado por el G-20 y, llegado el caso, consagrado en el acuerdo de las Naciones Unidas. Para el planeta, es cero o la ruina.