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Confrontar la realidad del clima

LONDRES – El año que pasó, tres hechos relativos al cambio climático se hicieron evidentes: descarbonizar la economía es esencial; hay tecnologías nuevas que permiten lograrlo a un costo aceptable; pero el avance tecnológico por sí solo no bastará sin una fuerte intervención pública.

Los fenómenos meteorológicos extremos de diciembre (grandes inundaciones en Sudamérica, Estados Unidos y Gran Bretaña, muy poca nieve en los Alpes) derivan en parte de la fuerza de El Niño de este año (causado por el aumento de temperatura del agua del Pacífico frente a las costas de Ecuador y Perú). Pero con el calentamiento de la superficie del planeta, esos patrones climáticos serán más frecuentes e intensos; 2015 fue el año más cálido del que se tiene registro y confirmó que las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por el hombre son una fuente importante de cambio climático. Hoy la temperatura superficial promedio del planeta en tierra firme es alrededor de 1 °C superior a los niveles preindustriales.

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Frente a esta realidad, el acuerdo sobre el clima alcanzado en París en diciembre es una respuesta valiosa pero insuficiente. Las principales economías del mundo se comprometieron a reducir sus emisiones por debajo de lo habitual: pero sumando los compromisos nacionales, todavía es probable un calentamiento de casi 3 °C por encima de los niveles preindustriales, perspectiva aterradora dadas las consecuencias adversas que ya son evidentes a partir de un aumento de 1 °C.

Para limitar el calentamiento global a 2 °C (el objetivo aprobado en París), y más aún a 1,5 °C (aspiración que también se ratificó), es necesario llegar a 2030 con un 20% menos de emisiones que lo que permite prever la combinación de los compromisos nacionales. Y se necesitarán mayores reducciones después de 2030 para asegurar que no se detenga el avance hacia la eliminación total de las emisiones netas en la segunda mitad del siglo.

Pero 2015 también aportó más pruebas de que podemos lograr una economía global con un nivel bajo o incluso nulo de emisiones, sin sacrificar el crecimiento que todavía necesitamos para sacar a mucha gente de la pobreza. En muchos lugares, la energía eólica ya es competitiva, y el costo de la energía solar sigue cayendo; ya se redujo alrededor de un 70% desde 2008. También se está logrando un rápido abaratamiento de las baterías y otras tecnologías de almacenamiento de energía, lo que acerca el día de la viabilidad económica de los autos eléctricos y hace posible un suministro flexible de electricidad incluso allí donde haya una gran dependencia de fuentes de energía intermitentes.

Estas y otras tecnologías permitirán hacer con un costo manejable la transición a economías con baja emisión de carbono. Estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) indican que en un escenario de adopción de “políticas nuevas”, que a grandes rasgos es comparable con los compromisos nacionales consagrados en el acuerdo de París, de aquí a 2040 el mundo necesitaría invertir 68,3 billones de dólares en sistemas relacionados con la energía.

En cambio, suponiendo un calentamiento de unos 2 °C, la inversión necesaria sería 74,6 billones de dólares. Con un PIB global anual de 74 billones de dólares, invertir 6 billones más a lo largo de 25 años no supone un gran costo económico.

Pero aunque el aumento absoluto de la inversión necesaria es pequeño, el supuesto de baja emisión de la AIE implica un enorme cambio en la distribución de las inversiones. Deberían asignarse 14 billones de dólares más a la energía nuclear o renovable, o a la búsqueda de mejoras de eficiencia energética en edificios y sistemas de transporte, y compensarlo con una reducción de más de 6 billones de dólares en la inversión para la producción de petróleo, gas y carbón.

La desinversión en combustibles fósiles parte de una realidad: si el mundo realmente quiere alcanzar el objetivo de 2 °C, tiene que dejar enterrados para siempre dos tercios de las reservas conocidas. Esa desinversión sería acompañada por una caída de los ingresos acumulados de los combustibles fósiles equivalente a 34 billones de dólares más que con el escenario de “políticas nuevas” de la AIE, no solo por el menor consumo de petróleo, gas y carbón, sino también por una reducción significativa de su precio.

Y ahí está el problema. El abaratamiento de los combustibles fósiles reduciría el incentivo para el desarrollo y la aplicación de tecnologías de energía renovable, o para la mejora de la eficiencia energética. Y conforme el avance tecnológico siga reduciendo el costo de extracción, en las décadas venideras habrá momentos en que esos combustibles sigan pareciendo baratos respecto de las alternativas no contaminantes. Aunque seguramente habrá fuentes de energía limpia suficientemente baratas para sostener el crecimiento y la prosperidad de la economía, no es tan seguro que aventajen en costo a los combustibles fósiles lo suficientemente a tiempo para evitar el desastre climático.

Tampoco es probable que la libre competencia entre los combustibles fósiles y la energía no contaminante evolucione en forma pareja y predecible. En los últimos seis años, el precio del petróleo subió de 77 dólares por barril en enero de 2010 a más de 100 dólares entre 2011 y 2014, para luego derrumbarse a menos de 40 dólares ante el exceso de capacidad (creado en parte por la inversión alentada por los altos precios). El gas y el carbón siguieron pautas similares, y es posible que estos altibajos se mantengan.

De hecho, empezamos 2016 con gasolina y calefacción más baratas, lo que debilita el incentivo para la compra de automóviles con uso eficiente del combustible y para el aislamiento térmico de las casas, respectivamente. Confiar al libre mercado la transición energética necesaria no permitirá una reducción suficiente de las emisiones y llevará a desperdiciar billones de dólares de inversión en activos que el tiempo dejará obsoletos.

De modo que para lograr una transición al uso de energías no contaminantes suficientemente rápida y económicamente racional es esencial una fuerte intervención pública. Se necesita más apoyo público a la investigación y el desarrollo de tecnologías fundamentales (particularmente en el área del almacenamiento de la energía), para impedir que variaciones transitorias del precio de los combustibles fósiles frenen la transición.

La iniciativa Misión Innovación, anunciada en París, que compromete a 20 grandes países a duplicar la I+D en energías limpias, es un avance esencial en este sentido. Pero también se necesita un compromiso claro de los gobiernos con lograr un aumento firme del precio de las emisiones de carbono, que idealmente debería acelerarse cuando los combustibles fósiles estén en la parte baja del ciclo de precios.

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El avance tecnológico hace posible crear una economía descarbonizada; pero sin el apoyo de una fuerte intervención pública, los fenómenos climáticos extremos de diciembre de 2015 parecerán poca cosa comparados con los daños futuros del cambio climático.

Traducción: Esteban Flamini