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El compromiso de China con el clima

BEIJING – Algunos podrían considerarlo un desenlace inesperado, pero China -hoy en día el mayor emisor de dióxido de carbono del mundo- se está perfilando como un líder global en materia de política climática en su intento por crear una economía más limpia y más eficiente. Por cierto, los esfuerzos de China para frenar la contaminación y la destrucción medioambiental, a la vez que adopta un modelo de crecimiento más sustentable, pueden ofrecer lecciones valiosas para los gobiernos de todo el mundo.

El primer paso hacia un crecimiento económico sustentable es reconocer, como lo han hecho los líderes de China, que la contaminación -generada en gran medida por centrales eléctricas a carbón- afecta profundamente la vida y el sustento de los ciudadanos, particularmente en ciudades importantes como Beijing y Shanghái. Es más, las emisiones de gases de tipo invernadero están contribuyendo al cambio climático, cuyos efectos, como advierte el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, podrían resultar devastadores para todos los países, sobre todo para China que sería sumamente vulnerable.

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Es más, China ya es el mayor importador de petróleo del mundo, y la demanda de energía sigue aumentando rápidamente. En consecuencia, la seguridad energética se ha convertido en una cuestión seria.

En este contexto, el esfuerzo de las autoridades por acelerar el traspaso del modelo de crecimiento de China a uno que sea más innovador, inclusivo, eficiente y sustentable representa el único camino factible hacia adelante. La buena noticia es que ya se ha hecho cierto progreso, la innovación se está produciendo a toda marcha y se están formulando e implementado planes claros.

China es hoy el mayor inversor del mundo en energía limpia: se transfirió una cifra sin precedentes de 68.000 millones de dólares hacia el desarrollo de energía renovable en 2012 y otros 54.000 millones de dólares el año pasado. Es más, su suministro de energía no fósil cuando menos se duplicó entre 2005 y 2013 a la vez que la intensidad de CO2 del PBI cayó 28%. Al mismo tiempo, la dependencia de China de energía basada en el uso de carbón está decreciendo y se espera que la tasa de disminución se acelere.

Sin embargo, hay mucho más por hacer. En el transcurso de los últimos ocho años, la economía de China ha crecido un promedio de 10% anual -un incremento total de aproximadamente 115%-, lo que llevó a un aumento del 53% en las emisiones de CO2. Afortunadamente, el gobierno de China reconoce la necesidad de perseguir un crecimiento del PBI más estable y de mayor calidad. Al mismo tiempo, dado el crecimiento más lento en los mercados mundiales y los desafíos del ajuste estructural doméstico, el objetivo de crecimiento anual se ha reducido, a alrededor del 7,5%.

Estos ajustes estructurales están destinados a reducir la dependencia de China de la industria pesada y las exportaciones de productos industriales, a la vez que fomentan el consumo interno, promoviendo actividades de más alta tecnología y fortaleciendo el sector de los servicios. Este cambio naturalmente generará una caída en la demanda de materias primas que requieren una gran cantidad de energía como el hierro, el acero y el cemento; al mismo tiempo, equipará mejor a China para las próximas etapas de su desarrollo.

Para respaldar estos esfuerzos, China construirá centrales generadoras que utilicen gas natural, energía nuclear y fuentes renovables. El gobierno ya ha prometido 286.000 millones de dólares para el desarrollo de energía renovable y 376.000 millones para proyectos de conservación energética en 2011-2015. La inversión en generación de electricidad a carbón se ha venido reduciendo año tras año desde 2005.

Como resultado, para 2020, el consumo por parte de China de energía generada a partir de fuentes que no sean combustibles fósiles será más o menos equivalente al consumo total de energía de Japón. Las fuentes de energía no fósil representarán el 15% de la combinación de energía total de China, y llegará al 20-25% para 2030. Más allá de esto, estas fuentes podrán satisfacer todo el crecimiento futuro de la demanda de energía.

Junto con restricciones más estrictas en cuanto al consumo de carbón y las emisiones de gases de tipo invernadero, el inminente decimotercer Plan Quinquenal, para 2016-2020, incluirá una inversión adicional en investigación y desarrollo. Con esta combinación de políticas, las emisiones de carbono chinas podrían alcanzar un pico en 2030, aun si la economía crece a una tasa del 4-5%. El consumo de carbón probablemente alcance un tope en 2025.

Estos objetivos pueden ser ambiciosos, pero son absolutamente alcanzables. De hecho, con un compromiso suficientemente fuerte de parte de los responsables de las políticas y las empresas, China podría alcanzar sus objetivos de energía limpia antes de lo previsto. Por cierto, avanzar en una dirección que ofrezca una posibilidad razonable de impedir que la temperatura global promedio aumente más de 2oC sobre el nivel alcanzado en el pasado siglo XIX -el objetivo internacional establecido- requiere que otros países también aceleren el progreso.

Esta transformación promete no sólo mejorar el medio ambiente, sino también crear nuevas fuentes de crecimiento económico y oportunidades de empleo. El sueño chino de que mil millones de ciudadanos vivan en ciudades pujantes -con acceso a educación de alta calidad, oportunidades de empleo en industrias de alta tecnología y un sector de servicios floreciente- se puede convertir en realidad.

Y los beneficios no estarán limitados a China. Otros países pueden aprender de la experiencia de China a través de la observación y la colaboración. Al mismo tiempo, pueden beneficiarse de los progresos tecnológicos y las reducciones de costos que está permitiendo la inversión china en investigación y desarrollo y utilización de energía renovable. Finalmente, el compromiso cada vez mayor de China con la sustentabilidad podría mejorar las chances de que la conferencia sobre el clima de las Naciones Unidas en París en 2015 genere un acuerdo global.

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La naturaleza global de los desafíos ambientales crea una oportunidad importante para la cooperación internacional basada en un interés común. Esta cooperación debería extenderse más allá de los objetivos de reducción de las emisiones a la transferencia de tecnología, a los conocimientos compartidos y a la oportunidad económica. Los responsables de las políticas en los países ricos, especialmente, deberían tener en mente este imperativo, considerando la historia de altas emisiones y un mayor acceso  la tecnología de sus economías.

Si bien la transformación económica de China es vital para su prosperidad a largo plazo, es sólo un paso, aunque importante, en lo que concierne a mitigar los riesgos masivos asociados con el cambio climático. Un progreso perdurable exigirá un compromiso similar de los gobiernos de todo el mundo.