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Nuestra responsabilidad con los migrantes climáticos

RIPTON, VERMONT – El pasado mes de noviembre, cuando llegaba a su fin la temporada de huracanes del Atlántico más activa de la historia, las dos últimas grandes tormentas –Eta e Iota- arrasaron América Central. Un periodista del Washington Post que estaba cubriendo sus consecuencias entrevistó a una mujer hondureña de nombre Blanca Costa, que se estaba protegiendo debajo de un puente de la autopista. La mujer mantenía a sus tres hijas trabajando como recolectora de residuos y tenía tres caballos para arrastrar su carro de basura. Sólo que los caballos se habían ahogado. “Voy a tener que seguir a pie ahora”, dijo Costa, 40, una de alrededor de 100 personas que buscaba refugio debajo del puente. “Pero será más difícil”.

Las tormentas causaron un inmenso daño en América Central. Según las primeras estimaciones, el impacto económico en Honduras equivalía al 40% del PIB del país. De modo que no debería sorprender a nadie que mucha gente de la región ahora se esté desplazando.

Cuando atacan desastres generados por el clima, la gran mayoría de las personas no necesitan ni quieren irse lejos. Si una sequía deja a una granja en la ruina, los trabajadores normalmente buscan nuevos empleos lo más cerca posible de sus casas. Cuando el tiempo extremo destruye hogares, la gente busca un escape temporario, no una reubicación permanente. Pero a medida que los eventos climáticos adversos se vuelvan más extremos –cosa que sucederá-, la gente necesitará trasladarse más lejos por más tiempo.

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