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Misión: salvar el medio ambiente

CHEVY CHASE, MARYLAND – Imagínese esta situación. Es el año 1966. Usted está de pie en una oficina del gobierno en Washington, D.C., viendo como un funcionario uniformado le dice a un hombre vestido con atuendo formal de negocios: “su misión es eliminar a un enemigo que ha matado a más personas que ambas guerras mundiales combinadas. Contará con un presupuesto paupérrimo, un equipo pequeño y, si fracasa, el ministro negará tener conocimiento sobre sus acciones”.

Suena a una escena de una película de Hollywood. Y, en efecto, refleja las primeras escenas de la serie televisiva Misión: Imposible que se estrenó el año citado.  Sin embargo, lo relatado realmente ocurrió, aunque puede que las palabras usadas no sean las mismas. El funcionario era el asistente del Cirujano General James Watt, el hombre a quien se asignaba la misión era el científico Donald Henderson del Centro de Enfermedades Transmisibles (CDC) y el enemigo era la viruela.

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La misión, ciertamente, parecía imposible. En ese momento, la viruela mataba hasta dos millones de personas e infectaba a15 millones más, cada año. Sin embargo, al igual que en la serie, Henderson y su equipo de la Organización Mundial de la Salud desafiaron las expectativas. En poco más de una década, la viruela se convirtió en la primera – y, hasta ahora, la única – enfermedad infecciosa humana que ha sido erradicada totalmente.

La clave para este gigantesco logro médico no fue, como sería de esperar, algún gran avance en el ámbito de la salud (la vacuna contra la viruela ya existía desde el siglo XVIII). La clave fue una mezcla de diplomacia, flexibilidad y cooperación.

Desde el principio, la OMS no tenía fe en una campaña de vacunación. Muchos, incluyendo el director general de la OMS, creían que para detener la viruela la totalidad de las 1,1 mil millones de personas en los 31 países afectados, incluyendo aquellas en aldeas remotas, debían ser vacunadas  –  una verdadera pesadilla logística

Es por ello que los delegados de la OMS debatieron durante varios días antes de acordar – por el margen de votos a favor más pequeño de toda su historia – que iban a proporcionar la misérrima suma de 2,4 millones de dólares por año para el esfuerzo – un monto demasiado pequeño que no alcanzaba para cubrir los costos de cualquier vacuna que no fuese donada, y mucho menos para financiar el apoyo logístico necesario. Muchos donantes compartieron ese pesimismo, y creyeron que su dinero sería mejor gastado, digamos, en infraestructura de salud. Por todo esto incluso la UNICEF tomó la decisión de no contribuir a la campaña

De hecho, la decisión de asignar a Henderson a la tarea poco envidiable de encabezar la campaña surgió de la decisión del director general de la OMS de poner a un estadounidense a cargo, de manera que sea Estados Unidos, y no la OMS, quien asuma la culpa por el fracaso del programa. (Henderson trató de rechazar el papel, pero al contrario de lo que ocurría en el libreto de la serie televisiva, en ese episodio de la vida real no se le dijo “si decide aceptar esta misión”). Sin embargo, Henderson jugo muy bien la mano mala de cartas que se le repartió  y la convirtió en una mano ganadora por su perspectiva clave.

Henderson reconoció que la Unión Soviética – país que había estado presionando durante varios años para que se realice una campaña de erradicación, y ya se había comprometido a donar 25 millones de dosis de la vacuna cada año – no iba a mostrar entusiasmo si un estadounidense se encontraba al mando. Así que contactó a Dimitri Venediktov, viceministro soviético de salud, y entabló una relación que permitió que las dos partes trabajaran juntas en los ámbitos de la estrategia y la logística, aparte de realizar sus respectivas donaciones de vacunas (EE.UU. había acordado proporcionar 50 millones de dosis cada uno año). Los dos aliados más improbables terminaron  liderando la lucha de manera conjunta.

La destreza diplomática de Henderson estuvo acompañada por su buena visión para desarrollar talentos y liderazgo. Insistió en que todo su personal pase al menos un tercio de su tiempo en el campo, trabajando con funcionarios locales y visitando pueblos, para que todos ellos pudieran ver de primera mano los desafíos que presenta una vacunación masiva.

Entre ese personal se encontraba William Foege, médico y misionero luterano, que trabajaba como asesor del CDC en Nigeria. Un día en diciembre del año 1966, Foege recibió la noticia de que había un caso de viruela en otro pueblo y viajó inmediatamente allí para vacunar a la familia de la víctima y a otros aldeanos.

Sin embargo, a Foege le preocupaba la posibilidad de que se suscitase  un brote más extendido sin poder contar con las suficientes dosis para poder vacunar a todas las personas en el área. Por esta razón adoptó una táctica diferente: envió a mensajeros a todos los pueblos dentro de un radio de 30 millas a la redonda para comprobar si había más casos, y luego solamente vacunó a las personas en los cuatro lugares donde sí se habían presentado casos. Esto creó un “anillo” de  vacunación alrededor de las personas infectadas que rompió la cadena de infección.

La estrategia de Foege se extendió al Este de Nigeria, luego se la introdujo a otras partes de África occidental, y en última instancia se la aplicó en el ámbito más desafiante de todos: la India donde vivían quinientos millones de personas. Esto significó emplear, durante 20 extenuantes meses, a 130.000 trabajadores de salud, pero con ello se eliminó el flagelo de la viruela que había atormentado a la India durante milenios. Luego, a pesar de tener que enfrentar situaciones de desastres naturales, secuestro de miembros del personal de la OMS y guerra civil, los trabajadores de salud repitieron dicho éxito en Bangladesh, Etiopía y Somalia. Finalmente, en el año 1980 se declaró oficialmente que el mundo estaba libre de la viruela.

Cincuenta años después del lanzamiento de la descrita misión arriesgada, el gran logro que surgió de la misma está desvaneciéndose de la memoria. Pero las lecciones que conlleva para galvanizar una comunidad internacional fraccionada con el objetivo de hacer frente a un desafío compartido no podrían ser más importantes, especialmente en un momento cuando los problemas urgentes como la degradación del medio ambiente exigen soluciones a nivel mundial.

Como Foege señaló, la erradicación de la viruela demuestra que “los esfuerzos a nivel mundial son posibles”. Continuó diciendo: “No tenemos que vivir en un mundo de plagas, gobiernos desastrosos, conflictos y riesgos para la salud no controlados”. En cambio, “la acción coordinada de un grupo de personas dedicadas” puede “lograr un futuro mejor”.

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La humanidad no puede vivir en un mundo donde el agua y el aire estén contaminados, los mares se encuentren vacíos, la vida silvestre desaparezca poco a poco y se despoje de sus tierras a los propietarios.  Los desafíos ecológicos que hoy enfrentamos son asuntos de salud y bienestar públicos, al igual que la viruela lo fue en su momento. Nuestra misión, ya sea que queramos aceptarla o no, es invocar a la voluntad colectiva para detener nuestra autodestrucción.

Traducción del inglés de Rocío L. Barrientos.