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El frente de la tuberculosis

BERLÍN – Éste ha sido un buen decenio en la lucha contra la tuberculosis. Es probable que logremos el objetivo de desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas de reducir a la mitad en 2015 la prevalencia de la tuberculosis y la mortalidad causada por ésta, a partir de los niveles de 1990. Al menos una docena de vacunas nuevas y medicamentos aún no aprobados están sometidos a ensayos clínicos y la Organización Mundial de la Salud ha aprobado una nueva prueba de diagnóstico denominada GeneXpert.

Ese avance es tanto más importante cuanto que la complacencia provocó una completa paralización de la investigación e innovación en materia de nuevas intervenciones antituberculosas hacia el final del siglo XX. Los medicamentes antituberculosos que se utilizan actualmente se obtuvieron entre 1950 y 1970. De hecho, la vacuna Bacille Calmette-Guérin (BCG) tiene casi cien años de edad, mientras que la prueba de diagnóstico más utilizada, la detección en el microscopio de los bacilos en los esputos, se obtuvo hace 130 años.

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No es de extrañar que la eficacia de esos instrumentos se haya debilitado. La vacuna actual previene la tuberculosis grave en lactantes, pero no la tuberculosis pulmonar más prevalente en todos los grupos de edad. Las pruebas de microscopio dan resultados falsos en casi la mitad de los casos.

Nos gusta pensar que la tuberculosis es una enfermedad del pasado. En realidad, a nueve millones de personas se les declara la enfermedad activa todos los años y una de cada cinco morirá, lo que coloca el bacilo de la tuberculosis tan sólo en segundo lugar, detrás del virus de inmunodeficiencia humana (VIH), en la lista de los principales microbios más letales.

Una tercera parte de la población mundial está infectada con el agente durante toda su vida, aunque sólo a uno de cada diez se le declara la enfermedad. Lo malo es que las personas infectadas son portadoras del agente durante toda su vida. Cuando el sistema inmune se debilita, puede manifestarse la enfermedad. Con la aparición en el decenio de 1980 del VIH, que pone en peligro el sistema inmune, la tuberculosis resurgió y es la causante número uno de la muerte de las personas infectadas. Unos 15 millones de personas padecen la coinfección del VIH y de la mycobacterium tuberculosis, el agente primario de la mayoría de los casos de tuberculosis.

Además, el bacilo de la tuberculosis riñe una guerra de trincheras, al adquirir resistencia a los antibióticos tradicionales y los métodos de vacunación canónicos, además de retrasar el diagnóstico y la determinación de la sensibilidad a los medicamentos. Mientras que las pandemias aparecen de pronto, se propagan rápidamente y suscitan inmensos temores a una amenaza inminente, la tuberculosis ha estado propagándose despacio, pero constantemente, durante decenas de miles de años y esperando pacientemente nuevas oportunidades.

El tratamiento de la tuberculosis requiere la administración mínima de tres medicamentos durante al menos seis meses. Compárese con el tratamiento antibiótico de una infección genitourinaria, por ejemplo, que dura unas semanas en el peor de los casos. A consecuencia de ello, el cumplimiento del tratamiento con los medicamentos antituberculosos es particularmente poco riguroso, lo que prepara el terreno para la aparición de la tuberculosis multirresistente, que ya no se puede tratar con los regímenes terapéuticos tradicionales. Unos 50 millones de personas están infectados con bacilos multirresistentes de la tuberculosis.

Si bien es posible el tratamiento de la tuberculosis multirresistente, hacerlo es arduo, pues la duración del tratamiento es de unos dos años, con medicamentos que no son ni tan eficaces ni tan benignos como los canónicos y con un costo que se multiplica por entre diez y cien. Si bien los sistemas de atención de salud del mundo rico pueden sufragarlo, resulta excesivo para los países pobres, lo que entraña falta de tratamiento o un tratamiento insuficiente.

Además, en 85 países se ha diagnosticado la tuberculosis extremadamente resistente, que casi carece de tratamiento. De hecho, en muchos lugares en los que hay una gran prevalencia de la tuberculosis extremadamente resistente la resección quirúrgica de los pulmones afectados ha llegado a ser el tratamiento preferente. ¡Bienvenidos a la era preantibiótica!

Así, pues, la cuestión no es la de si necesitamos nuevos medicamentos y diagnósticos, sino la de cuándo estarán disponibles. La nueva prueba GeneXpert no sólo diagnóstica la tuberculosis, sino también y al mismo tiempo la tuberculosis extremadamente resistente, lo que significa que puede orientar rápidamente sobre el tratamiento adecuado y prevenir la infección de los contactos: un verdadero paso adelante. Lamentablemente, es una prueba cara y muy compleja, por lo que queda fuera del alcance de muchos países pobres.

Actualmente hay varios otros medicamentos, unos nuevos y otros reciclados, en la última fase de los ensayos clínicos y los reguladores de los Estados Unidos han aprobado un nuevo tratamiento para la tuberculosis extremadamente resistente, aun antes de que hayan concluido dichos ensayos, pero la primera posible vacuna que se ensayó hace poco fracasó lamentablemente. Así, pues, lo bueno del nuevo decenio es simplemente un rayito de esperanza.

Todavía tenemos mucho terreno que recorrer y la investigación e innovación acelerada para la obtención de nuevos medicamentos y vacunas sólo se puede lograr con una mayor financiación. Lamentablemente, los incentivos del sector privado para la obtención de nuevos medios de intervención antituberculosos son demasiado débiles. Hacen falta nuevos planteamientos, como, por ejemplo, asociaciones entre instituciones públicas de investigación y la industria privada. Si bien se deben continuar los ensayos clínicos de los medicamentos y las vacunas más prometedores, también debemos volver a empezar desde cero y formular tácticas totalmente nuevas.

Se calcula que actualmente la financiación anual para la investigación e innovación antituberculosa asciende a 500 millones de dólares, pero se necesitan más de dos mil millones al año. Esa cantidad puede parecer poco realista por lo elevada, pero es una proporción insignificante de los 160.000 millones, aproximadamente, que se dedican a la investigación y la innovación a escala mundial. Más importante es que la carga económica de la tuberculosis alcanza el altísimo nivel de 20.000 millones de dólares anuales y más aún, si se incluyen las pérdidas de capital humano.

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Si optamos por seguir padeciendo esas pérdidas, podríamos ahorrar algún dinero a corto plazo. Sin embargo, la opción más racional es la de hacer ahora las inversiones necesarias con las que evitar una factura mucho mayor en el futuro.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.