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La verdadera misión del Papa Francisco

GLENDALE, CALIFORNIA – En el centro del catolicismo, una de las religiones más tradicionalistas, hay una paradoja que cada vez se hace más marcada. En el momento en que el Papa Francisco inicia su primer viaje al extranjero– a Brasil, el país con la mayor población católica – es difícil, a pesar de la inercia del pasado, saber hacia dónde se dirige la Iglesia.

La llegada de Jorge Mario Bergoglio al papado aumenta el misterio. Al principal confesor jesuita en la corte papal solía llamársele “el Papa negro” debido a su sencilla sotana negra (si no es que a sus siniestras intenciones). Ahora, por primera vez un jesuita ha llegado a ser Papa – y ha complicado la novedad al asumir el nombre muy poco jesuita de Francisco.

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Por curiosos que puedan ser esos gestos en una institución que se nutre de imágenes, son detalles simbólicos. Ya tenemos bastantes fotografías de Francisco besando bebés. Ahora se enfrenta – en Brasil y el resto del mundo – a cuestiones estratégicas realmente sustanciales.

Uno de esos desafíos, el Banco Vaticano, es como limpiar los establos de Augías. Basta mencionar las palabras "banco" y "Vaticano" en la misma frase para desencadenar una serie de chistes sobre la ineptitud de opereta y las maniobras tramposas.

Para encontrar una solución, Francisco ha nombrado una comisión financiera papal especial. No obstante, el banco, conocido como el Instituto para las Obras de Religión y fundado en 1942, no tiene raíces muy profundas en el catolicismo. Famoso por su hermetismo, está muy alejado del núcleo más sensible y doctrinal de la Iglesia. Además, los miembros de la comisión son impecablemente leales, al igual que los cardenales que ha nombrado Francisco para investigar cuestiones más amplias de reformas.

Al mismo tiempo, Francisco ha puesto en marcha una serie de iniciativas para darle gusto prácticamente a todo el mundo. Aceleró el proceso de canonización de Juan XXIII, quien inauguró el Concilio Vaticano II hace casi medio siglo, y de Juan Pablo II el polaco autócrata que puso freno a muchos de los impulsos liberadores de ese Concilio. También ha anunciado indulgencias plenarias –reducciones de las "penas del Purgatorio"– para quienes sigan por Internet su visita al festival de la juventud católica en Río de Janeiro.

Es difícil molestarse por esas medidas –tanto en el caso de los católicos que no las toman en serio como en el de los "simples fieles". Transmiten un sentimiento positivo, pero no mucho más.

El centro de la cuestión es que las acciones de Francisco han estado en consonancia con el estilo de reformas de la "revolución desde arriba" del Concilio Vaticano II. En particular, ninguno de los cambios que promueve Francisco prevén una reducción del poder papal.  La "primacía del Papa", un término que utilizan los teólogos católicos cuando hablan con sus contrapartes protestantes, sigue siendo sacrosanta.

El panorama más amplio es que este modelo monárquico del catolicismo, junto con la jerarquía que lo acompaña, ha sido prácticamente el mismo desde la Contrarreforma. Por ejemplo, cuando los sacerdotes abandonan las "órdenes sagradas", quedan "reducidos al estado laico", una terminología condescendiente que habla mucho de la mentalidad arcaica de la Iglesia.

Esta situación no es nueva. Lo que es nuevo son las circunstancias en las que sucede. En su apogeo, el catolicismo combinaba una administración bastante descentralizada, bajo el dominio de obispos independientes, con un conjunto uniforme de creencias. Una de las razones por las que un jesuita tardaba aproximadamente 13 años en ordenarse era el largo adoctrinamiento en la ortodoxia que se exigía a los sacerdotes que, a diferencia de los "clérigos regulares" (cuya instrucción tomaba la mitad de ese tiempo), serían itinerantes y estarían más allá del control de los obispos.

Actualmente la situación es casi la contraria. La administración de la Iglesia está cada vez más sujeta a códigos civiles uniformes. Al mismo tiempo, desde el Concilio Vaticano II –y junto con la declinación de los enclaves étnicos estrechamente unidos– los feligreses ya no se sienten obligados a ajustarse a la letra del derecho canónico. Son ubicuos el "relativismo", el "catolicismo de café" y cosas similares.

La autoridad papal está en terreno movedizo, en particular en el Occidente comparativamente secular. Francisco puede atraer atención opinando sobre la justicia social fuera de la Iglesia, pero para cualquier Papa es difícil influir en las costumbres y opiniones teológicas de los católicos, que piensan y actúan como quieren. Puede regañar, aunque ha tratado de no hacerlo hasta ahora, pero no puede convencer.

Si el primer dilema de la Iglesia es la base y la eficacia de la autoridad papal, el segundo tiene que ver con la sexualidad. Los dos están relacionados. Francisco elude la retórica retrógrada que sus predecesores utilizaban cuando advertían sobre el papel de las mujeres y no se ha esforzado mucho en dar seguimiento a las “visitas” (léase “Inquisición”) del Vaticano a las rebeldes monjas estadounidenses. Pero ha mantenido ese último episodio pendiente y sostiene las posturas tradicionales en lo que se refiere a la homosexualidad.

El catolicismo, o mejor dicho, el mito del celibato masculino que está en el centro de la Iglesia institucional, se basa en siglos de sexismo. Una cultura antifeminista reina en la organización. Los teólogos pensantes pueden distinguir las cuestiones psicosexuales; no obstante, en la práctica prevalece el temor de tropezar hacia la calamidad.

Si se quita una pieza, por ejemplo el requisito del celibato para los sacerdotes, toda la institución se derrumba. Constatemos lo que ha sucedido a las denominaciones protestantes liberalizadoras que, a pesar de sus buenas intenciones, han perdido seguidores.

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Podría afirmarse que las concesiones en esta esfera simplemente reconocerían la realidad de las actitudes y conductas y permitirían que la Iglesia avanzara. También podría decirse que la reforma no tendría consecuencias tan desastrosas a nivel organizativo como se teme  – del mismo modo que limpiar ciénagas como el Banco Vaticano restablecería la credibilidad del mensaje espiritual de la Iglesia. Pero esa es una conversación que Francisco aún no ha iniciado y que quienes lo rodean no parecen comprender muy bien.

Traducción de Kena Nequiz