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Cómo pueden sobrevivir a Trump los aliados asiáticos de Estados Unidos

WASHINGTON – A juzgar por el comportamiento del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su elección, y por el mensaje explícitamente aislacionista de su discurso de asunción, parece prudente suponer que la política exterior de su administración cambiará drásticamente muchas presunciones de larga data sobre el papel de Estados Unidos en el mundo. Esto puede ser particularmente inquietante para los aliados asiáticos de Estados Unidos.

Es demasiado pronto para decir qué significará exactamente la presidencia de Trump para Asia. El espectro de posibilidades es amplio. Trump puede revertir el "pivote" estratégico del presidente Barack Obama frente a Asia, sumiendo a la región en el caos. Puede mantener un foco en Asia, pero con una estrategia más militarizada. O puede sumarse a China y crear una suerte de G2 de las mayores potencias del mundo.

En cualquier caso, resulta evidente que después de décadas de una amplia continuidad -desde que el presidente Richard Nixon y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, hicieron su viaje sorpresivo a China en 1972- la política de Estados Unidos hacia China es un interrogante. Los países que dependen de las garantías de seguridad de Estados Unidos para su defensa -como Japón, Corea del Sur y Australia- están sumamente preocupados.

Muchos países asiáticos, a través de un involucramiento político profundo y predecible con Estados Unidos, se han acostumbrado al compromiso de Estados Unidos con su seguridad. Y, a diferencia de los acuerdos de seguridad multilaterales como la OTAN, las alianzas asiáticas de Estados Unidos están basadas en pactos bilaterales individuales. Como consecuencia de ello, estos países son particularmente vulnerables a las vicisitudes de Trump.

Las alianzas bilaterales maximizan el control que una gran potencia puede ejercer sobre aliados más pequeños, mientras que los acuerdos multilaterales distribuyen el poder y la influencia de manera más equitativa. Y esto precisamente funciona así en Asia: Estados Unidos está en el centro de un sistema radial y otros países están conectados entre sí únicamente a través de ese centro. Esa estructura, conocida como red en estrella, funciona bien para coordinar la actividad o acumular recursos.

Como sostuvo el politólogo Victor Cha antes de la elección, los cambios en las capacidades regionales, el surgimiento de nuevas amenazas y desafíos y la difusión de la conectividad en el siglo XXI favorecen una nueva estructura de seguridad más multilateral en Asia. La sospecha por parte de Trump de las instituciones multilaterales -y su reticencia a absorber los costos de la persuasión, los pagos complementarios y la organización que exige el liderazgo centralizado- hace que ese cambio sea más imperioso aún.

En lugar de caer en la desesperación, los aliados asiáticos de Estados Unidos deberían tomar las riendas de la situación y empezar a tejer redes. Al forjar e institucionalizar lazos entre ellos, los aliados de Estados Unidos en Asia pueden reformular su red de seguridad regional y pasar de un patrón en estrella centrado en Estados Unidos a un patrón más parecido a una malla, en el cual estén conectados entre sí como lo están a Estados Unidos. Un sistema de esta naturaleza puede fortalecer la estabilidad para los tiempos inestables, de tres maneras vitales.

Primero, si Estados Unidos no cumple con sus compromisos regionales -por ejemplo, involucrarse en la construcción de capacidad con socios que enfrentan la reivindicación agresiva por parte de China de reclamos territoriales en el Mar de la China-, las asociaciones interconectadas pueden ayudar a los aliados a compensar esta situación. Japón, Australia y Corea del Sur ya ofrecen asistencia de seguridad a países del sur de Asia sobre una base bilateral. Un mecanismo de coordinación multilateral les permitiría a esos países armonizar sus esfuerzos, impulsando así su capacidad para promover sus intereses de seguridad compartidos, aún si los recursos y el liderazgo de Estados Unidos mermaran.

Es más, si los aliados en Asia son escépticos de las intenciones de Estados Unidos, las asociaciones interconectadas pueden darles la capacidad para exigir una mayor transparencia. Estados Unidos normalmente discute cuestiones sensibles de defensa y derechos humanos vinculadas a Corea del Norte con sus aliados en Japón y Corea del Sur, pero sólo de manera separada. Eso hace que estos países dependan de Estados Unidos tanto en materia de información como de capacidades.

Sin embargo, si lidiaran con Corea del Norte en un entorno trilateral, Corea del Sur y Japón podrían triangular la información que reciben de Estados Unidos y aumentar su influencia a la hora de formular una respuesta. El reciente acuerdo GSOMIA que sellaron con el objetivo de compartir inteligencia es un paso importante para promover esa transparencia a través de la construcción de redes.

De la misma manera, una estrategia interconectada de estas características podría poner a los países asiáticos en una posición mucho más fuerte para contener a Estados Unidos si la administración Trump tomara medidas desestabilizadoras en la región, como exacerbar las tensiones con China. Trump ya sembró dudas sobre su compromiso con la política de "una sola China" -inclusive al aceptar un llamado de felicitaciones de la presidenta de Taiwán después de la elección- y amenazó con imponer aranceles elevados a China, a quien acusó (erróneamente) de devaluar su moneda con el objetivo de obtener una ventaja comercial.

China ha dicho que si Trump no se aparta de este sendero responderá del mismo modo. Nada de esto sería bueno para los aliados de Estados Unidos.

Por supuesto, si uno de los aliados relativamente pequeños de Estados Unidos intentara confrontar a Estados Unidos por sus acciones, enfrentaría costos elevados y una baja probabilidad de éxito. Pero si múltiples aliados trabajaran en conjunto, a través de instituciones internacionales y de un diálogo multilateral, podrían estar en condiciones de persuadir a la administración Trump de cambiar su rumbo, sin perjudicar sus propios intereses vitales.

La buena noticia es que los aliados asiáticos de Estados Unidos no tendrían que empezar de cero. En los últimos años, ya ha tenido lugar cierta construcción de redes de manera orgánica. Japón ha sellado acuerdos económicos y de seguridad bilaterales con las Filipinas y Australia. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático no es simplemente una organización profundamente interconectada; también ha venido cultivando de manera activa relaciones con sus vecinos del noreste de Asia a través de un conjunto de acuerdos bilaterales y multilaterales.

La administración Obama reconoció esta tendencia. En 2016, comenzó a promover la idea de una "red de seguridad ejemplar" en Asia -un eslogan que improbablemente sobreviva a la presidencia de Trump-. Obama también ha llevado a cabo encuentros trilaterales con Japón y Corea del Sur.

Las redes tipo malla son sumamente resilientes, porque ningún nodo individual es crítico para la supervivencia de la estructura -si un eslabón se rompe, la estructura de todas maneras sobrevive-. Se usa la lógica para diseñar todo desde cercos hasta redes de pesca. Es hora de aplicarla a los acuerdos de seguridad asiáticos. Si dan los pasos correctos, los aliados asiáticos de Estados Unidos pueden emerger de la era Trump más resilientes y seguros que nunca.