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La tragedia de Zidane

Cuando los dioses quieren destruir a alguien, le conceden sus deseos. Zinedine Zidane puede estar meditando hoy sobre esa muestra de la antigua sabiduría griega. Tras anunciar que pondría fin a su carrera profesional con la Copa Mundial de Fútbol, Zidane ha visto cumplido su deseo. Después de que Francia sobreviviese apenas a la primera ronda del campeonato, Zidane actuó al máximo de sus capacidades y condujo al equipo hasta casi conseguir una segunda Copa del Mundo, pero, en lugar de acabar su carrera con el triunfo, o al menos con una ovación, fue expulsado de la final por dar un cabezazo a un jugador italiano. Pocos momentos ha habido tan trágicos en la historia del fútbol.

Fuera cual fuese la provocación que incitó el comportamiento de Zidane (probablemente un comentario de carácter racista), su violento acto, visto por todo el mundo, ha empañado su reputación. La triste paradoja es que, mientras el mundo ha ido conociendo y celebrando su legendaria bondad como persona, ahora se distinguirá para siempre por un acto de agresión.

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De hecho, la categoría de Zidane como campeón emblemático del deporte más popular y universal no explica totalmente por qué la gente ha estado tan obsesionada con él. Sus cualidades humanas, tanto como su talento y sus proezas técnicas en el campo, contaron igualmente para que recibiera la aclamación popular.

El fútbol siempre ha sido así. Para los argentinos, el diminuto Diego Maradona representó la revancha de los débiles y desheredados. Gracias a ello, sus compatriotas disculparon su frecuente mal comportamiento una y otra vez. Asimismo, Pelé llegó a ser el símbolo de un Brasil interracial y armonioso.

Zidane no ofreció ninguna de esas imágenes románticas. Además, después de concluir su carrera, no es probable que llegue a ser un entrenador de su deporte, como Jean-Claude Killy, el ex esquiador alpino que fue copresidente de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1992, o su compañero en la leyenda futbolística Michel Platini, que participó en la coordinación de la Copa del Mundo de 1998. Al fin y al cabo, Zidane, a quien se puede considerar convincentemente el mejor futbolista del mundo, se ha despedido con un gesto que está fuera de lugar en cualquier juego.

Aun así, Zidane seguirá siendo un icono mundial por su carácter profundamente humano y su extraordinaria sencillez. Se trata de un hombre que, pese a ser conocido en los más remotos confines del planeta, conservó la presencia y la discreción de un silencioso vecino de al lado. En un momento en que se debate la integración en Francia, Zidane encarnó el ideal del éxito mediante el talento y el trabajo denodado... sin traicionar nunca ni a sí mismo ni sus orígenes argelinos.

Además, Zidane encarnó valores que parecen amenazados hoy día, pero a los que las personas comunes y corrientes permanecen apegadas: lealtad a la familia, diligencia y cooperación. Se trata de un hombre que era no sólo un campeón del mundo, sino también un hijo y padre modélico. La forma casi tímida como expresó, tras la victoria de Francia sobre España, su amor a su madre conmovió a los espectadores de todo el mundo.

Para entender la popularidad de Zidane, basta con comparar su modestia y atención a los demás con la arrogancia e indiferencia que caracterizan el comportamiento de tantas celebridades, incluidos futbolistas. En una época en que en Francia y en el resto del mundo el abismo entre la minoría selecta y las personas comunes y corrientes nunca ha sido tan profundo, en que los menos afortunados sienten más que nunca la presunción de los opulentos, Zidane, hijo de inmigrantes despreciados, llegó a ser una estrella internacional y, sin embargo, preservó la humildad de sus orígenes.

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Gracia a eso, Zidane fue no sólo admirado, sino también respetado. Su éxito nunca redundó en perjuicio de los demás. Al contrario, participa en actividades como, por ejemplo, la de ayudar a niños enfermos. Es evidente que podría llegar a ser un día un extraordinario embajador de paz o en pro de los niños, colaborando con las Naciones Unidas u otra organización internacional.

Pero ahora el héroe ha caído. Zidane no era Superman, sino un ser humano. En un solo instante de insondable furia, su momento de gloria se transformó en otro de locura y en una maldición. Su tragedia es en última instancia personal. No obstante, sería una gran pérdida –para mucho más que el mundo del fútbol– que el deshonroso final de Zidane como jugador llegara a marcar su legado como hombre.