La marcha de las locuras científicas

Los científicos se enorgullecen enormemente de su declarada imparcialidad intelectual. Profesan tal sobriedad en sus puntos de vista, que consideran que todos los conceptos tiene el mismo peso e importancia hasta que las evidencias indiquen lo contrario.

La ironía de que los científicos acepten sin cuestionamientos esta idea sobre ellos mismos es que, entre los innumerables tipos de errores humanos, el prejuicio es un némesis inexorable ante el cual los científicos son tan propensos a sucumbir como cualquiera. Frente a un problema dado, los científicos se apresuran a presentar la solución que promueve (o que exigen) sus ideas más apreciadas. Al igual que mucha gente común, creen firmemente que en "el análisis final" los mecanismos que sus teorías favoritas explican resultarán los más decisivos y relevantes.

Recordemos la exagerada influencia que se concedía hace no mucho a la teoría psicoanalítica. Sigmund Freud afirmaba que ningún acto de la vida cotidiana es trivial o carente de significado. De ahí, los esquemas teóricos se llevaron más allá de la razón.

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