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La ética de la

Una nueva y ominosa palabra nueva se ha introducido sigilosamente a las ciencias biológicas y la investigación biomédica: "la bioseguridad". El término refleja un creciente reconocimiento de que los avances rápidos en estas áreas ofrecen un potencial de grandes beneficios, pero que ese conocimiento, herramientas y técnicas que permiten los avances científicos también pueden emplearse mal a fin de causar daño deliberado.

Cualquier esfuerzo para tratar este dilema del "doble uso" debe de ser a final de cuentas internacional ya que la investigación biotecnológica es genuinamente una empresa global. La comunidad científica internacional tiene un papel clave que desempeñar para asegurar que los esfuerzos de control de los riesgos mejoren la seguridad y refuercen la colaboración internacional para garantizar un uso no dañino de los avances científicos.

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Recientemente, el profesor Ronald Atlas de la Universidad de Louisville y yo presentamos en la revista Science una propuesta de Código de ética para las ciencias biológicas. Nuestra propuesta de que se necesita un código y sus contenidos se han topado con puntos de vista extremadamente opuestos. La comunidad científica reconoce cada vez más que la ciencia no es en sí misma una actividad libre de valores y, por tanto, la elección de qué investigación llevar a cabo y cómo realizarla debe estar gobernada por principios éticos. Pero todavía hay un núcleo de científicos que se oponen al concepto, argumentando que no debe haber restricciones en la búsqueda de conocimientos nuevos, y que los principios éticos son sólo relevantes cuando se aplica ese conocimiento.

En nuestro artículo de la revista Science , especulábamos sobre las razones de los científicos para defender ese punto de vista. Pero, como lo señalamos, "aun aquéllos que cuestionan el valor de un código coinciden en que la investigación en las ciencias biológicas, incluida la de la biodefensa, debe de realizarse de una manera segura y ética". Entre los organismos que hablan públicamente de esta necesidad se incluyen la Asamblea General de la Asociación Médica Mundial, la Asociación Médica Británica, el Consejo de Investigación Nacional de Estados Unidos, el Parlamento Británico y los líderes del Foro de Cooperación Económica de Asia - Pacífico (APEC).

Se necesita un código de ética porque el poder de la ciencia para causar daño, si no se administra en forma adecuada, ha crecido enormemente. La sociedad ha encargado a los científicos y las instituciones científicas que muestren respeto por la vida, en particular por la vida humana. Se necesitan salvaguardas para asegurar el cumplimiento de ese encargo, en particular, para asegurar que la ciencia no se utilice para la causa del bioterrorismo o la guerra biológica.

Un código de ética ofrece varios beneficios. Acentuaría la importancia de las revisiones éticas de las propuestas de investigación científica y el monitoreo de las investigaciones en curso, especialmente las investigaciones que involucren a humanos o animales como objetos. También puede establecer una presunción básica de transparencia y apertura científica que permita excepciones cuando haya un riesgo real de que el conocimiento científico se pudiera utilizar para causar daño serio. Además, un código de ética podría ayudar a proteger a los "soplones" que llaman la atención de las autoridades pertinentes o del público sobre los incumplimientos éticos. Finalmente, podría permitir las objeciones de conciencia a la participación en determinadas investigaciones. En suma, un código puede ayudar a incrustar la ética en todos los aspectos de la investigación científica desde su adopción.

Aunque todavía no surge un consenso sobre un código de ética, hay un amplio acuerdo entre los científicos de que un sistema robusto de salud pública es una salvaguarda esencial en contra de las amenazas biológicas, ya sean intencionales o no. Las preocupaciones sobre seguridad y salud pública ahora se empalman, cuando tradicionalmente habían sido áreas separadas que producían tipos distintos de respuestas de política. Es necesario fortalecer la respuesta a las enfermedades infecciosas o los envenenamientos naturales a fin de dar protección en contra del mal uso de la ciencia para la diseminación de enfermedades o venenos. En suma, la promoción de la salud pública y la bioseguridad, por un lado, y la protección contra el bioterrorismo, por el otro, son actividades ligadas y complementarias.

Pero considerar el potencial de nuevas armas biológicas plantea posibilidades profundamente preocupantes que nos regresan al problema de cómo asegurar la ética en la investigación científica. Por ejemplo, la "biología sintética" implica la creación de material vivo a partir de sus componentes de ADN, de forma que podamos manipular la vida en la manera en que elijamos. La tecnología que hace que esto sea posible muy probablemente será común en los próximos dos años a un costo sustancialmente reducido. Deberían considerarse salvaguardas como una moratoria a ese tipo de desarrollos o el registro del equipo necesario para implementarlos.

Existen tabúes muy antiguos sobre el uso de "veneno o peste" como armas o para la guerra y utilizarlos ha sido estigmatizado en muchas culturas y está prohibido por el derecho y los tratados internacionales. El tabú es el compañero de lo sagrado: protegemos con tabúes aquello que consideramos sagrado.

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Hemos perdido ambos conceptos en relación con mucho del comportamiento en nuestro mundo contemporáneo pero necesitamos reencontrarlos urgentemente en relación con las nuevas posibilidades que ofrecen las ciencias biológicas si queremos seguir respetando la vida, especialmente la vida humana. El reto es ni más ni menos evitar que las ciencias biológicas se conviertan en ciencias de la muerte. Eso requerirá de respuestas complejas, múltiples, variadas e integradas de una amplia variedad de fuentes a nivel individual, institucional, social y global.

Sobre todo, requerirá de integridad, honestidad, confianza, valor y algunas veces moderación. Esto no es poco a nivel de las relaciones y la cooperación internacionales.