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Los datos o la vida

LONDRES – El nuevo reloj de Apple lleva registro de la salud del usuario. Google Now reúne la información necesaria para calcular a qué hora conviene salir para el aeropuerto. Amazon nos dice los libros que queremos, las compras que necesitamos hacer, las películas que probablemente nos gustarán y también nos vende la tableta con la que haremos el pedido, entre otras cosas. Cuando estamos por llegar a casa, se encienden las luces y la temperatura ambiente se ajusta a nuestras preferencias.

Esta consolidación y síntesis de servicios digitales y hardware está pensada para hacernos la vida más fácil, y sin duda lo logra. Pero, ¿no nos estaremos olvidando de hacernos algunas preguntas básicas, sobre nosotros mismos y sobre las empresas en las que confiamos para todo esto? ¿Hemos pensado lo suficiente en el costo potencial de tanta comodidad y facilidad, nos hemos preguntado si se justifica el precio?

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Con cada dispositivo que agregamos, entregamos una parte de nosotros mismos, a menudo sin saber a quién se lo damos y mucho menos si compartimos su ética y sus valores. Puede ser que al marcar la casilla de aceptación tengamos una vaga idea de lo que harán con nuestros datos las empresas que hay detrás de tanta comodidad; pero, más allá del márketing, las personas que realmente las dirigen no tienen rostro ni nombre. Sabemos poco sobre ellas, pero ellas saben mucho sobre nosotros.

Hace una generación, la idea de que las empresas supieran dónde estamos, qué hemos visto o qué dice nuestra historia clínica era inaceptable. La vasta serie de detalles que definen a una persona estaba muy distribuida: el banco sabía un poquito, el médico sabía otro poquito y la oficina de impuestos otro poquito más, pero no se hablaban entre sí. Ahora Apple y Google saben todo y lo guardan en un único lugar accesible. Es muy cómodo, pero ¿y si deciden usar nuestros datos en formas que no hemos aprobado explícitamente?

Hay motivos para preguntarnos si las empresas hacen un uso prudente de los datos. Sirva de ejemplo la reacción a la noticia de que Facebook experimentó con las actualizaciones de noticias de sus usuarios para determinar si lo que veían podía alterar sus estados de ánimo; no recuerdo haber marcado una casilla de verificación para dar mi consentimiento. Hace poco, piratas informáticos robaron fotos enviadas por Snapchat, un servicio usado sobre todo por jóvenes, que promete la eliminación automática de todos los archivos una vez vistos.

Siempre se pensó que la historia clínica de las personas debe ser privada, para que los pacientes puedan hablar con los médicos con honestidad y franqueza. Ahora que la frontera entre atención de la salud y empresas tecnológicas comienza a desdibujarse, algunos fabricantes de “ropa inteligente” y del software relacionado están presionando para que a sus productos no se los considere dispositivos médicos y no tengan que cumplir regulaciones sobre confiabilidad y protección de datos.

La privacidad es apenas parte de un debate más amplio sobre la propiedad y el monopolio de los datos, su protección y la competencia en torno de ellos. Es un debate sobre control y destino, sobre elecciones y sobre decidir proactivamente el uso que se dará a los datos de la gente y cómo la gente usará sus propios datos.

Las empresas más maduras ya están implementando protocolos formales, con funcionarios encargados de asuntos éticos, comités de riesgo y otras estructuras, para supervisar el modo en que se recaban y usan los datos, aunque no siempre con éxito (de hecho, a menudo tienen que manejarse por prueba y error). Pero las pequeñas empresas nuevas tal vez no tengan protocolos, ni personas que los hagan cumplir (por ejemplo, miembros independientes en las juntas directivas). Un traspié ético grave puede llevar a muchos consumidores a dejar de usar el servicio, por más prometedor que sea su modelo de negocios.

Nos gustan las aplicaciones nuevas y las probamos; les damos acceso a nuestras cuentas de Facebook o Twitter sin detenernos a pensar en lo que implica transferir nuestros datos personales de grandes empresas con al menos cierto grado de supervisión a pequeñas empresas sin estructuras ni límites rigurosos. Los consumidores creen (o esperan) que en alguna parte habrá alguien controlando todo esto, pero ¿es así?

En Europa, la legislación de protección de datos personales es sólo parcial; gran parte del resto del mundo carece tan siquiera de medidas de protección rudimentarias. Estos últimos dos meses se analizó el tema con legisladores de diversos países, y quedó muy claro que muchos no comprenden bien las numerosas cuestiones que hay que tener en cuenta. No es un asunto fácil, y los intentos de hacerle frente chocan contra grupos de presión y falta de información.

Lo primero que se necesita es que las empresas jóvenes comiencen a ver la ética empresarial no como un truco publicitario sino como un elemento crucial de sus negocios. Todas las organizaciones deberían invertir en designar funcionarios de ética o implementar algún tipo de proceso de revisión que involucre a personas capaces de evaluar todas las implicaciones de una idea aparentemente genial. Los legisladores deben educarse a sí mismos (y a la opinión pública) y supervisar más. Por ejemplo, así como hace una generación muchos países encararon el tema del cinturón de seguridad, se podría lanzar una campaña de seguridad pública, combinada con legislación, que explique y fomente el uso de la verificación en dos pasos.

A más largo plazo, mientras nos acercamos al acceso universal a Internet, debemos preguntarnos: ¿cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a entregar? ¿Qué sucederá si compartir se vuelve obligatorio, cuando dar acceso a una cuenta personal en Facebook sea requisito para un empleo o nos suspendan la atención médica hasta que presentemos nuestro historial de datos de Fitbit?

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Si es ese el futuro que queremos, debemos ir hacia él con conciencia y determinación, no deambulando descuidadamente hasta el día en que caigamos en un hoyo, miremos arriba y nos preguntemos cómo llegamos allí.

Traducción: Esteban Flamini