0

Modelos de locura

Los servicios de salud mental alrededor del mundo se basan en gran medida en la idea de que estar molesto o desorientado es un tipo de padecimiento similar a una enfermedad clínica. Aquí en Australasia, importamos esta perspectiva del extranjero, y reprimimos activamente la comprensión más holística de los Maoríes y los aborígenes sobre las aflicciones humanas. Lo hicimos a pesar de que numerosos estudios muestran que las tasas de recuperación de “enfermedades mentales” en los países “subdesarrollados” son mucho más altas que en las sociedades “avanzadas”.

En la actualidad, más y más problemas se están redefiniendo como “desórdenes” o “enfermedades”, que supuestamente están causados por predisposiciones genéticas y por desequilibrios bioquímicos. Los eventos de la vida pasan a ser meros detonadores de una bomba de tiempo biológica interior.

Chicago Pollution

Climate Change in the Trumpocene Age

Bo Lidegaard argues that the US president-elect’s ability to derail global progress toward a green economy is more limited than many believe.

Así, el sentirse muy triste se ha convertido en un “desorden depresivo”. El preocuparse mucho es “desorden de la ansiedad”. El ser extremadamente tímido se ha convertido en el “desorden de ocultamiento de la personalidad”. El golpear personas es “desorden explosivo intermitente”. El apostar, beber, usar drogas o comer en exceso también son enfermedades. Lo mismo se aplica a comer poco, dormir poco o tener poca actividad sexual. Nuestro Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales tiene 886 páginas con tales enfermedades. A las conductas inusuales o indeseables se les llama “síntomas” y las etiquetas son “diagnósticos”.

Los niños también están etiquetados. El ser malo para las matemáticas se ha convertido en “desorden de las matemáticas”. El ignorar los sentimientos de otras personas (que antes era ser mal portado) significa que el niño sufre de “desórdenes de la conducta”. Si esto incluye enojarse con los adultos, el niño o la niña (normalmente el niño) tiene el “trastorno de desafío y oposición”.

Un "diagnóstico" que aparece frecuentemente en las noticias es el “desorden del déficit de atención/hiperactividad”. Los “síntomas” incluyen estar inquieto, perder cosas, hablar excesivamente y tener dificultad para jugar tranquilamente o para esperar turnos. Por supuesto, algunos niños en ocasiones tienen problemas. Pero ¿alguien los ayuda? Tal vez eso a veces disimula las causas pero focaliza el problema totalmente en el niño, al que frecuentemente se estigmatiza como resultado.

En efecto, no tiene ningún sentido científico hacer una lista de conductas, poner etiquetas clínicas rimbombantes a las personas que las manifiestan y después utilizar la presencia de esas conductas como prueba de que una persona tiene la enfermedad en cuestión. Eso no nos explica nada sobre las causas o las soluciones.

¿Cómo cobró tal importancia este enfoque, ciertamente poco científico y frecuentemente dañino?

En primer lugar, es tentador evitar enfrentar los eventos dolorosos de nuestras vidas que podrían ser la causa de nuestras dificultades. Si tan sólo aceptamos el diagnóstico que se nos ofrece, no hay que culpar a nadie. No se necesita hacer nada diferente –sólo tomar las pastillas. Nada más tuvimos la mala suerte de adquirir esa “enfermedad”.

En segundo lugar, un modelo de patología individual es de gran valor para los políticos. No necesitan gastar dinero en programas de prevención para solucionar los problemas psicosociales –tensión insoportable, pobreza, discriminación, abandono y abuso de los niños y soledad, por nombrar sólo algunos– que las investigaciones han demostrado en repetidas ocasiones que tienen un papel primordial en el daño a la salud mental.

En tercer lugar, los avances apasionantes de la tecnología que estudia nuestro cerebro y genes han creado la esperanza de que estamos por descubrir las causas biológicas y las soluciones del sufrimiento y la confusión humanos.

Por último, un nuevo actor ha entrado al debate de lo innato y lo adquirido. La industria farmacéutica, empujada por nuestro deseo de soluciones rápidas, ha desplegado efectivamente su poder considerable para promulgar la idea de los “desórdenes” y “enfermedades” en todas las áreas de nuestras vidas. El propósito fundamental de las compañías de medicamentos es producir ganancias para los accionistas. Naturalmente, nos alientan a diagnosticar el comer, dormir o sentir demasiado (o muy poco) como enfermedades que requieren una cura química.

Después de escuchar durante veinte años a las personas con la mala suerte de haber sido etiquetadas como “esquizofrénicas”, considerada la forma más extrema de “enfermedad mental”, y después de investigar las causas de las alucinaciones y delirios durante diez años, creo que el público entiende mejor la locura que nosotros los expertos.

En todo el mundo, las encuestas de opinión muestran que la mayoría de la gente cree que los problemas emocionales, incluyendo aquéllos que se consideran severos, como escuchar voces, son causados principalmente por cosas malas que nos sucedieron más que por defectos de nuestros cerebros o genes. El público también favorece enfoques psicosociales como hablar con alguien y solicitar un consejo o ayuda para encontrar amigos o un trabajo en vez de usar medicamentos, choques eléctricos o ingresar a un hospital psiquiátrico.

Algunos expertos, sin embargo, descalifican estas opiniones llamándolas “ignorancia sobre la salud mental”. Siguen insistiendo en que las enfermedades mentales son enfermedades como las demás, pese a que muchos estudios muestran que mientras más adoptemos este modelo clínico, más prejuicios y temores tendremos.

Los servicios de salud mental deberían de ofrecer algo más que la represión química de nuestros sentimientos, o que controlar las dificultades de los niños para estar tranquilos con anfetaminas (que, además de enseñar a los niños que los problemas se resuelven mejor con drogas, reducen el crecimiento en un centímetro anual en promedio).

Fake news or real views Learn More

Existe una amplia gama de tratamientos efectivos que no causan aumento de peso, disfunción sexual, diabetes, pérdida de la memoria o adicción. Los inversionistas y los encargados del diseño de políticas que están al tanto de las investigaciones relevantes, lentamente están empezando a introducir más terapias de conversación (como las terapias cognitivas o las terapias centradas en el trauma), más alternativas a la hospitalización, más servicios culturalmente adecuados, más terapias enfocadas a la familia, y lo más importante, más consultas verdaderas con los usuarios de los servicios sobre cuáles son los que realmente funcionan.

El que estos nuevos tratamientos no se usen con más frecuencia no se debe a que no funcionen. El principal obstáculo es que no aumentan las ganancias de las compañías farmacéuticas, de las que, en ausencia de fondos gubernamentales adecuados, se han vuelto tan dependientes nuestras organizaciones profesionales, conferencias, revistas, investigaciones e instituciones educativas.