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A Gran Bretaña la sacan de Europa engañada

LONDRES – Hace varios meses, predije que el gobierno de la primera ministra británica Theresa May caería en breve, cuando el pueblo británico se diera cuenta de que el “Brexit blando” que les prometieron era imposible. ¡Cómo me equivoqué! Ahora May llamó a una elección anticipada, que tiene buenas probabilidades de ganar.

Lo que sucedió es que May se dio cuenta de lo que pasaría si la gente se ponía a discutir y cuestionar sus planes para el Brexit, así que ideó una estrategia política que evitara una reapertura del debate. Esto implicaba no permitir jamás una votación popular (y tampoco parlamentaria) sobre el tipo de Brexit que debe encarar el gobierno de May, y mucho menos volver a plebiscitar la decisión de abandonar la Unión Europea.

Pero el referendo de junio pasado sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la UE (esto siempre estuvo claro) fue meramente consultivo y no era vinculante para el Parlamento británico. Además, durante la campaña previa al referendo, nunca se discutieron (ni votaron) opciones alternativas para la implementación del Brexit.

A lo sumo, sus propagandistas, como Boris Johnson (ahora ministro de exteriores de May), hicieron creer a los votantes que podían tener el pan y la torta. Johnson y otros prominentes líderes de la campaña por el Brexit aseguraron que Gran Bretaña mantendría el acceso fluido al mercado común y al mismo tiempo podría poner límites al ingreso de inmigrantes desde la UE.

En vez de reactivar esas cuestiones y revelar cuán mendaces fueron las promesas de los promotores del Brexit, May decidió impedir toda discusión del asunto, un cometido que logró asombrosamente bien.

El primer paso de la estrategia de May fue cuando el año pasado declaró sin ambigüedades que no habría elección general anticipada. Esto sirvió para prevenir la movilización del 48% de votantes que optaron por la permanencia en la UE y que, contra las expectativas de la mayoría de los políticos profesionales, siguen firmes en la oposición al Brexit. Si May no hubiera dado ese paso, podría haber surgido un proyecto político anti‑Brexit (liderado, por ejemplo, por los liberaldemócratas o algún nuevo partido de centroizquierda) dispuesto a competir con los conservadores por el poder. El resultado de una elección marcada por el Brexit, cuando los votantes ya vieran el Brexit como una posibilidad cierta, se hubiera convertido en una repetición (altamente impredecible) del referendo.

Pero hasta el anuncio de May, actores políticos experimentados, como el ex primer ministro Tony Blair, pensaban que lo del Brexit ya estaría terminado antes de la próxima elección general, así que ninguno se planteó iniciar un proyecto de ese tipo. Esto los pone en seria desventaja.

El segundo paso de la estrategia de May fue evitar que se debata el tipo de Brexit que debería elegir el Reino Unido. Contra lo que dice el gobierno, no lo hizo para mantener al resto de la UE en la ignorancia respecto de los propósitos de Gran Bretaña y así mejorar su posición negociadora. (Después de todo, el resultado ideal para Gran Bretaña no es ningún secreto.) Lo que realmente quería el gobierno de May era evitar que los votantes británicos se dieran cuenta del nivel del engaño sufrido a manos de los promotores del Brexit.

Según las encuestas de opinión, el año pasado la mayoría de los votantes quería a la vez permanencia en el mercado común y control de la inmigración desde la UE. Si se los obligaba a elegir, la gran mayoría prefería el mercado común. Pero es probable que el gobierno de May obtenga el resultado opuesto: control sobre la inmigración, al precio de una ruptura total con el mercado común, como ella expresó.

El gobierno de May sabía que si se hubiera revelado el engaño de la campaña, el Partido Conservador, cuya suerte ahora está atada al Brexit, correría riesgo de un castigo contundente de los votantes. Peligro que la semana pasada puso en claro una encuesta de YouGov, que mostró por primera vez un malestar mayoritario con el resultado del referendo por el Brexit. Así que May está tratando de “hervir el sapo a fuego lento”, para que no se dé cuenta de que lo están cocinando hasta que sea demasiado tarde para saltar de la olla.

Esta estrategia casi fracasa cuando el gobierno no consiguió impedir que la activación del artículo 50 para el inicio oficial de las negociaciones para el Brexit se sometiera a votación del Parlamento. El gobierno de May se había resistido a esa votación precisamente porque no quería explicitar sus planes, lo que lo hubiera obligado a repetir las promesas de la campaña pro‑Brexit a sabiendas de que eran falsas (algo que la UE no tardaría en declarar inaceptable) o admitir el engaño promovido por aquella campaña (y el actual gobierno).

Cuando la Suprema Corte habilitó la votación parlamentaria, el gobierno de May tuvo que encontrar una tercera vía. Así que apeló a las mismas tácticas de confusión que tan bien supo aprovechar la campaña por el Brexit antes del referendo, y consiguió ganar la votación.

El último paso decisivo del plan de May para impulsar una versión del Brexit que los votantes británicos jamás quisieron es impedir que se vote sobre el acuerdo final. Si May mantuviera el calendario electoral normal, las negociaciones terminarían justo dieciocho meses antes de la elección general. No sería buen momento para que el gobierno viera expuesto sus engaños, especialmente porque el acuerdo al que apunta May puede terminar dividiendo a su propio partido.

Al celebrar la elección ahora, May se evita ese riesgo. Ya es tarde para una campaña centrada en si había que activar o no el artículo 50, y suficientemente pronto para que los votantes (e incluso muchas empresas) sigan sin percatarse del significado de un Brexit duro. En pocas palabras: los británicos todavía no saben que los estafaron.

En nombre de la democracia y la soberanía, se niega a los votantes británicos toda chance de reconsiderar el Brexit (aun cuando muchos votaron a su favor influidos por falsedades) o de expresar una opinión informada sobre el tipo de salida de la UE que debe buscar el gobierno. En vez de eso, se los manipula para que voten una vez más por lo imposible.

Todo esto provoca serias dudas sobre el estado de la democracia en Gran Bretaña, su cultura política e incluso su estabilidad futura. Cuando los extranjeros preguntan cómo puede la democracia británica funcionar sin una constitución escrita, la respuesta habitual es que hay un consenso implícito entre los británicos respecto de lo que es lícito e ilícito que los conduce a rechazar las conductas antidemocráticas. ¿Seguirá siendo válida esa respuesta?

Traducción: Esteban Flamini