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Un no a la tecnología médica

Por una dramática ironía del destino, uno de los mejores cardiocirujanos del mundo, Michael DeBakey recientemente fue sometido a una operación del corazón en la que se utilizó una técnica que el había diseñado en el hospital donde trabajaba. Lo que hizo que la anécdota fuera más interesante es que, en ese momento, DeBakey tenía 97 años y que la operación se realizó en contra de su voluntad expresa.

Como se recomienda a todos los pacientes, DeBakey había dado instrucciones previas: mientras gozaba de buena salud especificó el trato médico que querría en el caso de que enfermera y no pudiera expresarse por sí mismo. Indicó específicamente que no quería ser sometido a cirugía.

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Un principio cardinal de la ética médica contemporánea es que los pacientes tienen el derecho a tomar este tipo de decisiones, y que los médicos están obligados a cumplir sus deseos. El no tomar en cuenta la voluntad de un paciente una vez que pierde la capacidad de tomar decisiones –como sucedió cuando la esposa de DeBakey irrumpió, según se informa, en una reunión nocturna del comité de ética del hospital y exigió que se realizara la cirugía –viola el respeto a la autonomía de los pacientes que se ganado con tanto esfuerzo en los últimos veinte años.

Mucho de lo que se comenta sobre el caso tiene que ver con la posibilidad de obviar los deseos de un paciente, incluso si se trata de sus familiares. Lo que en gran medida se ha dejado fuera de la discusión es si siquiera es correcto llevar a cabo una cirugía invasiva, cara y peligrosa en una persona de 97 años, -aun si éste es su deseo.

La operación realizada a DeBakey incluyó ponerle un bypass cardiaco y abrir la aorta, la arteria que lleva la sangre desde el corazón a la mayoría los órganos principales del cuerpo. La parte dañada de la aorta fue reemplazada entonces con un injerto sintético.

Los riesgos eran altos: en un grupo de pacientes ancianos sometidos a ese procedimiento, el mayor de los cuales tenía 77 años, 18% murieron mientras estaban hospitalizados. Además, sobrevivir a la cirugía no significa que se vaya a recuperar el estado de salud normal en unas cuantas semanas. Significa, tal y como DeBakey lo experimentó y como sus médicos lo habían previsto, una hospitalización larga, caracterizada por la dependencia de máquinas, múltiples complicaciones y sufrimiento considerable.

DeBakey permaneció tres meses en el hospital, la mayor parte del tiempo sin poder hablar o comer, ya no se diga levantarse de la cama, leer o interactuar con los demás. Estaba conectado a un respirador y a otra máquina que eliminaba los desperdicios de su cuerpo y era alimentado a través de un tubo gástrico. Se calcula que el costo de su estancia en el hospital superó el millón de dólares.

Si bien DeBakey está feliz de estar vivo, ¿a cuántas personas debemos someter al tratamiento agotador que él soportó para tener la posibilidad de vivir unas cuantas semanas o meses más? ¿Es razonable que 99 o tal vez 999 personas sufran días o meses, para morir por complicaciones de la cirugía, sólo porque una de ellas podría vivir?

El número de tecnologías que potencialmente alargan la vida que la medicina contemporánea ofrece está proliferando. Un desfibrilador cardioinversor implantable puede normalizar la actividad de un corazón si se presenta un ritmo irregular mortal en pacientes que han tenido un ataque cardiaco. El dispositivo que auxilia al ventrículo izquierdo es un corazón artificial parcial utilizado en pacientes que están a punto de morir por una insuficiencia cardiaca. Los biofarmacéuticos sofisticados –las medicinas que normalmente se usan en pacientes con cánceres extremadamente avanzados- también se están multiplicando.

Algunas de estas terapias pueden dar meses o incluso años adicionales a las personas que están en la plenitud de sus vidas. Pero, ¿tiene caso su utilización cuando se trata de personas muy ancianas, especialmente cuando son invasivas y costosas?

Cuando los baby boomers empiecen a llegar a los 65 años en el 2010 serán el 13% de la población de Estados Unidos; para el 2050 el 21% tendrá más de 65 años y el 5% tendrá más de 85. Se prevé que el gasto de Medicare –el dinero que gasta el programa de seguros del gobierno para las personas de la tercera edad –se eleve de un 2.6% del PIB actualmente a un 9.2% en 2050; la tecnología representará más del 50% del aumento de los costos. Si queremos contar con recursos para otros bienes públicos, además de la atención médica –es decir, educación, parques nacionales y carreteras, sin dejar de mencionar la atención médica para los niños y los pobres- debemos aplicar el freno a la tecnología.

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Esto no significa que en los países ricos se racione la atención únicamente según la edad. Pero ciertamente se puede empezar por limitar los tratamientos que sean gravosos y caros, que tengan probabilidades minúsculas de éxito y que se lleven a cabo en personas con una edad muy avanzada. Necesitamos aceptar la mortalidad humana y, como cuestión de práctica y de política, concentrarnos en mejorar la calidad de vida de los ancianos.

Esto significa asegurar una atención compasiva en los asilos, una administración coordinada de las enfermedades crónicas y una atención paliativa eficiente a medida que la muerte se acerque, en lugar de utilizar cada vez más tecnología para tratar de exprimir un poco más de vida. También significa considerar sistemáticamente el costo y la esperanza de vida en las decisiones sobre los reembolsos de la atención médica de alta tecnología.