Marc Jongen Robin Krahl/ Creative Commons

¿Puede haber diálogo con la extrema derecha?

NUEVA YORK – Algo en lo que coinciden muchos populistas de derecha es cierta forma peculiar de autocompasión: se consideran víctimas de la prensa liberal, los académicos, los intelectuales, los “expertos”… en síntesis, las “élites”. Afirman que las élites liberales gobiernan el mundo y mandan, altivas, desdeñosas, sobre la gente común y patriota.

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En muchos aspectos, es una idea anticuada. Los liberales, la izquierda, ya no dominan la política. Y la influencia que tenían los grandes diarios de centroizquierda (como The New York Times) hoy ha sido eclipsada por los programas de discusión en radio, las estaciones de cable de derecha, los tabloides (muchos de los cuales en el mundo anglófono pertenecen a Rupert Murdoch) y las redes sociales.

Pero influencia no es lo mismo que prestigio. Los grandes diarios (como las grandes universidades) todavía tienen más estatus que la prensa más popular, y lo mismo puede decirse de la educación superior. El Sun o el Bild carecen del lustre del Financial Times o del Frankfurter Allgemeine Zeitung, y las pequeñas universidades evangélicas en zonas rurales de Estados Unidos no pueden competir con el renombre de Harvard o Yale.

En estos tiempos populistas, el estatus social genera más envidia y resentimiento que el dinero o la fama. Por ejemplo, el presidente Donald Trump es un hombre sumamente rico, y ya era más famoso que cualquiera de sus rivales para la presidencia, incluida Hillary Clinton. Y sin embargo, parece que viviera en pie de guerra con todo aquel que tenga más prestigio intelectual o social que él. El hecho de que comparta ese resentimiento con millones de personas mucho menos privilegiadas explica buena parte de su éxito político.

Hasta hace poco, los personajes de ultraderecha carecían de todo prestigio. Relegados a los márgenes en la mayoría de las sociedades por el recuerdo colectivo de los horrores del nazismo y el fascismo, esos hombres (pues casi no había mujeres) daban un aire roñoso a dueño de cine porno de callejón. Stephen Bannon (una figura todavía muy influyente en el mundo de Trump) proyecta hasta cierto punto la imagen de un loquito en abrigo grasiento.

Pero ahora todo cambió. Los ultraderechistas más jóvenes, especialmente en Europa, suelen vestir muy bien, con traje a medida; recuerdan un poco a los dandis fascistas de Francia o Italia en la preguerra. No se los ve vociferando ante multitudes de fanáticos, sino argumentando hábilmente en estudios de radio y TV, y usan muy bien las redes sociales. Algunos hasta tienen sentido del humor.

Estos derechistas de último modelo son casi lo que los alemanes denominan salonfähig, es decir, suficientemente respetables para codearse con la alta sociedad. Se callan el racismo y ocultan el fanatismo bajo un discurso astuto. Ansían prestigio.

Tuve ocasión de conocer a un típico ideólogo de esta clase hace poco, en un congreso académico organizado por el Centro Hannah Arendt del Bard College en Estados Unidos. El tema del congreso era el populismo, y el ideólogo era Marc Jongen; un político del partido ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD) con doctorado en filosofía. Hijo de padre holandés y madre italiana, nacido en el germanófono Tirol del Sur italiano, Jongen hablaba un inglés casi perfecto.

Llevaba la autocompasión a flor de piel. Jongen describió la decisión de la canciller Angela Merkel de dar cobijo en Alemania a grandes cantidades de refugiados de las guerras de Medio Oriente como un “acto de violencia” contra el pueblo alemán. Calificó a los inmigrantes y refugiados de delincuentes y violadores (pese a que las tasas delictivas entre los refugiados en Alemania son mucho menores que entre los “nativos”). Dijo que el Islam está despojando al Volk alemán de su identidad verdadera, y que a personas como él las llaman todo el tiempo nazis. Etcétera.

Me pidieron que diera algunos contraargumentos. No dije que Jongen fuera un nazi. Pero me esforcé en explicar por qué creo que sus afirmaciones son a la vez erradas y peligrosas. Al terminar nos dimos la mano. Y por mi parte, eso fue todo.

Entonces se desató una pequeña tormenta académica. Más de cincuenta distinguidos académicos estadounidenses firmaron una carta para protestar por la decisión del Centro Hannah Arendt de invitar a Jongen como orador. El argumento no era que este no tuviera derecho a expresar sus opiniones, sino que el Bard College no debió prestar su prestigio a la respetabilidad del orador: la invitación a hablar daba un lustre de legitimidad a sus ideas.

Me parece un argumento desatinado, por varios motivos. En primer lugar, es indudable que en un congreso sobre el populismo de derecha resulta útil oír lo que un verdadero populista de derecha tiene para decir. Escuchar a unos profesores denunciar ideas sin tener oportunidad de oírlas no sería muy instructivo.

Además, no es tan obvio que la presencia en un campus universitario de representantes de un importante partido de oposición de un estado democrático sea inaceptable. En otros tiempos los revolucionarios de izquierda eran moneda corriente en la vida universitaria, y todo intento de prohibirlos hubiera sido resistido, con razón.

La protesta contra la invitación a Jongen no sólo ha sido intelectualmente incoherente; también es tácticamente estúpida, porque confirma la afirmación ultraderechista de que los liberales son enemigos de la libertad de expresión y hacen a los populistas de derecha víctimas de su intolerancia. Pienso que el congreso del Bard fue una ocasión para desacreditar con respeto a Jongen; pero la protesta le permitió extraer una victoria de la derrota.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/UZRmfzH/es;

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