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Un ultimátum económico para el mundo árabe

WASHINGTON, DC – Si los países de Oriente Próximo no comienzan a dar pasos reales en cuanto a reformas políticas y económicas fundamentales, será inevitable que haya más violencia en la región. Hoy, cuando los sistemas rentistas que sus gobiernos han sostenido por décadas  se encuentran en un punto de quiebre, las autoridades deben comenzar el proceso, difícil pero no imposible, de establecer nuevos contratos sociales.

Ese contrato comenzó a desgastarse en los países árabes con el cambio de siglo, cuando los gobiernos con presupuestos hinchados y burocracias sobredimensionadas se volvieron incapaces de prestar un nivel adecuado de servicios básicos como salud y educación, crear una cantidad suficiente de puestos de trabajo o sostener subsidios a los alimentos y combustibles. Pero, a pesar de los menores beneficios estatales, la mayoría de los líderes sigue insistiendo en que sus pueblos cumplan su parte del contrato al no participar en la vida pública de maneras significativas.

Los gobiernos árabes pudieron sostener durante décadas economías ineficientes porque las apuntaban los ingresos del petróleo. En las últimas décadas, la mayor parte de los países árabes se han beneficiado de un modo u otro de las abundantes reservas de petróleo y gas de Oriente Próximo. Los países productores de hidrocarburos usaron sus utilidades para comprar la lealtad de sus ciudadanos y crear lo que en la práctica eran estados de bienestar, y los no productores disfrutaron de los beneficios de la ayuda, los flujos entrantes de capital y las remesas de sus compatriotas que trabajaban en los países ricos en recursos.

Debido a que los gobiernos de los países productores usaron los ingresos para cubrir la mayor parte de las necesidades de sus pueblos (incluidos empleos, servicios y favores), fomentaron una cultura de la dependencia, en lugar de estimular la autonomía y el espíritu de iniciativa para ampliar el sector privado. Es más, puesto que no tenían que gravar a sus ciudadanos para generar ingresos, la gente tenía pocos recursos jurídicos para desafiar al autoritarismo. La cultura política reflejaba un principio muy simple: “sin tributación, sin representación”.