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Acercar la política monetaria a la gente

LONDRES – El Reino Unido tardó en adoptar la independencia del banco central, porque la otrora primera ministra, Margaret Thatcher, se oponía firmemente a permitir que banqueros no electos controlaran los tipos de interés. Llegó a declarar que jamás entregaría ese control; y el Banco de Inglaterra apenas se independizó en 1997, con la elección del primer gobierno laborista de Tony Blair.

La Vieja Dama de Threadneedle Street (como se conoce al Banco de Inglaterra) tuvo que esperar a cumplir 303 años para que se le dejara tomar sus propias decisiones (y cometer sus propios errores). La Reserva Federal de Estados Unidos y el Bundesbank alemán eran independientes hace ya mucho, pero la mayoría de los otros países europeos sólo siguieron el ejemplo durante el proceso previo a la creación de la unión monetaria. Por su parte, el Banco de Francia había quedado desde tiempos de Napoleón “en las manos del gobierno, pero discretamente”.

 1972 Hoover Dam

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Durante los últimos veinte años, la independencia de los bancos centrales ha sido una especie de “fin de la historia” en materia de política monetaria, adoptada después de intentar (y fracasar con) muchos otros regímenes. En los años que precedieron a la crisis financiera global de 2008, la independencia de los bancos centrales se consideró eficaz para el control de la inflación; y los países con un déficit fiscal cuantioso se mostraron especialmente entusiastas al respecto, al obtener tipos de interés más bajos a largo plazo. A los bancos centrales que también regulan la industria bancaria se los cuestionaba duramente por tomarse la veloz expansión crediticia con ligereza, pero también se los elogiaba por su pronta y decidida respuesta ante los problemas que surgieran.

Pero es posible que el consenso en materia de política monetaria esté llegando a su fin. En Estados Unidos, el candidato presidencial republicano Donald Trump cuestionó la independencia de la Reserva Federal, y dejó en claro que si resulta electo no tardará en reemplazar a sus directores. En Europa, las políticas de flexibilización cuantitativa del Banco Central Europeo recibieron numerosas críticas, y hace poco su presidente, Mario Draghi, tuvo que defender sus estrategias ante un hipercrítico parlamento alemán.

Los políticos británicos también empezaron a protestar (a pesar de que criticar al Banco de Inglaterra se veía como el equivalente a blasfemar en la iglesia). La primera ministra británica Theresa May, en un discurso reciente ante el Congreso del Partido Conservador, señaló que la “política monetaria tiene algunos efectos secundarios malos. Los dueños de activos se han enriquecido, y quienes no los tienen salieron perjudicados (…) Es hora de un cambio. Y vamos a producirlo”.

William Hague, un influyente exlíder conservador, lo dijo todavía más claro hace poco, cuando pronunció una amenaza apenas velada: si los bancos centrales no “cambian pronto de rumbo, su independencia será cuestionada cada vez más”. En ese caso, añadió, “la era de su tan celebrada independencia llegará a su fin, tal vez muy dramáticamente”.

Aunque May negó cualquier división entre su gobierno y el director del Banco de Inglaterra, Mark Carney, está claro que la política monetaria se convirtió en tema de debate político por primera vez en veinte años. Ante estos brotes iconoclastas, Carney se mostró pacificador y comprensivo, y Draghi tuvo el buen gesto de responder a los argumentos de sus críticos.

Pero Andreas Dombret, miembro de la Junta Ejecutiva del Bundesbank alemán, adoptó otra postura. En un congreso de la Asociación Bancaria Británica celebrado en Londres este mes, declaró: “Tal vez sea hora de un gentil recordatorio de que la independencia de los bancos centrales no es debatible”. Y añadió: “No es buena idea que los políticos traten de ejercer influencia en el lugar equivocado”.

Dombret tiene su punto de razón. Una declaración descuidada sobre política monetaria puede afectar a los mercados, y los políticos tienen que tener cuidado con lo que desean. Pero difícilmente concuerden con eso de que la independencia de los bancos centrales “no es debatible”. Seguramente pedirán a los tecnócratas más humildad, porque lo que los políticos dan, también lo pueden quitar. Que debatan las implicaciones sociales de la política monetaria no implica necesariamente que cuestionen la legitimidad de los que la manejan.

No hay duda de que es un territorio delicado. Hay buenas razones para decir que los bancos centrales, aislados de presiones políticas coyunturales, han sido cuidadosos guardianes de la estabilidad de precios, y han dado buen servicio a la economía global. No es evidente que un regreso a la administración política de las tasas vaya a tener algún beneficio más allá de lo inmediato.

Pero también hay que admitir que la política de flexibilización cuantitativa a gran escala de los bancos centrales los lleva a territorio no explorado, donde el límite entre la política monetaria y la fiscal se desdibuja. En el RU, por ejemplo, el Tesoro decide el nivel de intervención económica y el Banco de Inglaterra determina el momento y la forma de implementación. Así que la independencia del banco central no es absoluta.

Los directores de los bancos centrales deben demostrar que comprenden las presiones políticas y las circunstancias inusuales que se generan a partir de la fijación de tasas nulas o incluso negativas: los ahorristas se quejan amargamente de que se castiga su prudencia, y negarse a debatir esta y otras derivaciones de las políticas monetarias actuales no es una respuesta aceptable.

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La independencia de los bancos centrales demanda más rendición de cuentas y transparencia: que las políticas se expliquen a la opinión pública. Hay que reconocerle al Banco de Inglaterra el buen ejemplo que dio al celebrar una serie de foros abiertos por todo el RU. Acercar la política monetaria a la gente supone una inversión de tiempo, pero es esencial para preservar el consenso político necesario para sostener esa independencia.

Traducción: Esteban Flamini