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Gran ansiedad

CHICAGO – Los Estados Unidos han llegado a un punto en que casi la mitad de su población es calificada de mentalmente enferma de algún modo y casi una cuarta parte de sus ciudadanos –67,5 millones– han tomado antidepresivos.

Esos alucinantes datos estadísticos han desencadenado un debate generalizado y a veces rencoroso sobre si la población está tomando muchos más medicamentos de lo necesario para problemas que pueden no ser siquiera trastornos mentales.

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Los estudios hechos indican que el 40 por ciento de todos los pacientes no acaban de padecer las enfermedades que los médicos y psiquiatras les diagnostican y, sin embargo, en los EE.UU. se siguen escribiendo 200 millones de prescripciones anuales para tratar la depresión y la ansiedad.

Quienes defienden semejante uso generalizado de los medicamentos que se despachan con receta insisten en que una parte importante de la población no recibe suficiente tratamiento y, por tanto, tampoco suficiente medicación. Quienes se oponen a semejante uso desenfrenado de los medicamentos observan que las tasas de diagnósticos correspondientes al trastorno bipolar, en particular, se han disparado con un aumento del 4.000 por ciento y que la medicación excesiva es imposible sin diagnósticos exagerados.

Para contribuir a zanjar esa polémica que se ha prolongado durante mucho tiempo, investigué por qué el número de trastornos psiquiátricos reconocidos se habían disparado tan espectacularmente en los últimos decenios. En 1980, se añadieron 112 nuevos trastornos mentales a la tercera edición del Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales ( MDE-III ). En la tercera edición revisada (1987) y en la cuarta (1994) aparecieron cincuenta y ocho trastornos más.

Con más de un millón de ejemplares impresos, ese manual es conocido como la biblia de la psiquiatría americana; es, desde luego, como una sagrada escritura invocada en escuelas, cárceles, tribunales y por los profesionales de la salud mental de todo el mundo. La adición de un nuevo código de diagnóstico tiene consecuencias prácticas muy serias. Entonces, ¿cuáles fueron las razones para añadir tantos en 1980?

Después de varias solicitudes a la Asociación Psiquiátrica Americana, se me concedió acceso completo a los centenares de memorandos y cartas inéditos e incluso votaciones del período comprendido entre 1973 y 1979, cuando el grupo de trabajo sobre el MDE - III debatió cada uno de los trastornos nuevos y ya existentes. Una parte de esa labor fue meticulosa y loable, pero el proceso global de aprobación fue más caprichoso que científico.

El DME-III fue el resultado de reuniones que muchos de los participantes calificaron de caóticas. Más adelante, un observador señaló que la poca cantidad de investigaciones a las que se recurrió fue “en realidad un batiburrillo: disperso, incoherente y ambiguo”. El interés y la competencia del grupo de trabajo se limitaba a una rama de la psiquiatría: la neuropsiquiatría. Dicho grupo se reunió durante cuatro años antes de que se les ocurriera a sus miembros que semejante desigualdad podía tener como consecuencia resultados parciales.

Increíblemente, las listas de síntomas correspondientes a algunos trastornos se confeccionaron en cuestión de minutos. En algunos casos de campo utilizados para justificar su inclusión correspondían a un solo paciente evaluado por la persona que proponía la nueva enfermedad. Hubo expertos que presionaron para que se incluyeran enfermedades tan discutibles como “trastorno de infelicidad indiferenciada y crónica” y “trastorno de las quejas crónicas”, algunas de cuyas características eran las quejas sobre los impuestos, el tiempo e incluso los resultados deportivos.

La fobia social (más adelante titulada “trastorno de ansiedad social”) fue uno de los siete nuevos trastornos de ansiedad creados en 1980. Al principio me pareció una afección grave. En el decenio de 1990 los expertos lo llamaron “el trastorno del decenio” e insistieron que hasta uno de cada cinco americanos lo padecía.

Sin embargo, la historia completa resultó bastante más complicada. Para empezar, el especialista que en el decenio de 1960 reconoció originalmente la ansiedad social (Isaac Marks, renombrado experto en miedo y pánico, radicado en Londres) opuso gran resistencia a su inclusión en el MDE-III como categoría de particular enfermedad. La lista de comportamientos comunes asociados con ese trastorno le dio que pensar: miedo a comer solo en restaurantes, evitación de los retretes públicos y preocupación por el temblor de manos. Cuando un grupo de trabajo revisado añadió la aversión a hablar en público en 1987, ese trastorno pareció suficientemente elástico para incluir prácticamente a todos los habitantes del planeta.

Para contrarrestar la impresión de que estaba convirtiendo miedos comunes en afecciones tratables, se añadió al MDE- IV una cláusula en la que se estipulaba que,  antes de que fuera posible diagnosticarlo, los comportamientos de ansiedad social debían ser “invalidantes”, pero, ¿quién obligaba a los encargados de prescribir a respetar esas normas? Indudablemente, su comprensión del deterioro invalidante era menos rigurosa que la del grupo de trabajo. Al fin y al cabo, pese a la cláusula relativa al deterioro invalidante, el trastorno de ansiedad creció como hongos; en 2000, era el tercer trastorno psiquiátrico por el número de afectados en los Estados Unidos, tras la depresión y el alcoholismo.

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Si pudiéramos frenar semejantes ejemplos claros de diagnóstico exagerado, la medicación excesiva afectaría a menos americanos. Tendríamos que elevar mucho más los umbrales para los diagnósticos psiquiátricos y resucitar la distinción entre enfermedad crónica y padecimiento leve, pero existe una feroz resistencia a hacerlo por parte de quienes dicen que están luchando contra trastornos mentales graves, para los cuales la medicación es el único tratamiento viable.

Si no se reforma la psiquiatría, habrá un desastre en materia de salud pública. Téngase en cuenta que la apatía, las compras excesivas y la utilización excesiva de la red Internet cuentan con muchas posibilidades de ser incluidos en la próxima edición del MDE , que se publicará en 2012. A juzgar por lo que nos muestra la historia de la psiquiatría, no se tardará en hacer propaganda de una nueva clase de medicación para tratarlos. Debe prevalecer la cordura: si todo el mundo está mentalmente enfermo, en ese caso nadie lo está.