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Ciclismo y cáncer

El ciclista Lance Armstrong ha celebrado recientemente un aniversario. Han pasado diez años desde que se le diagnosticó un cáncer de testículo metastático, que, según sus médicos, acabaría con su vida.

Con su estimulante historia y sus actividades para dar publicidad a la enfermedad, Armstrong ha llegado a ser un cruzado anticáncer, pero, al examinar el sitio web de su fundación ( www.laf.org ) y sus escritos, no se puede desechar una pregunta recurrente: ¿contribuyó la misma tenacidad que permitió a Armstrong ganar siete Tours de Francia a curar su cáncer? Armstrong procura no equiparar el ciclismo con el cáncer, pero sus legiones de seguidores y él con frecuencia no pueden por menos de hacerlo. Esa relación puede ser muy engañosa.

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Cuando contaba veinte y pocos años, Armstrong estaba empezando a contar en el mundo del ciclismo profesional, pero no todo iba bien. En 1996, a la edad de 25 años, Armstrong empezó a sentir cansancio, dolor de testículo y tos con esputos sangrientos.

Los médicos le diagnosticaron un cáncer de testículo y –lo que resultaba más preocupante– en fase avanzada, pues se había extendido a sus pulmones, abdomen y cerebro. Le comunicaron un 40 por ciento, aproximadamente, de posibilidades de supervivencia, cálculo probablemente excesivo. Un médico dijo a la madre de Armstrong que su hijo moriría.

Después de que lo operaran para extirparle el testículo canceroso, Armstrong se volvió un "estudioso del cáncer". Recibió tratamiento en la Universidad de Indiana, tal vez el centro más destacado de los Estados Unidos en materia de cáncer de testículo.

Armstrong eligió ese centro de Indiana porque sus oncólogos dijeron que podían tratarlo sin bleomicina, un tipo de quimioterapia que, si sobrevivía, podía dañarle los pulmones y poner fin a sus carrera de ciclista. Le extirparon los tumores cerebrales mediante la cirugía y no con radiación, que podría haberle causado problemas de equilibrio.

Pero los médicos no ocultaron lo que Armstrong iba a recibir: medicamentos extraordinariamente cáusticos que lo harían sentirse físicamente deshecho. Más adelante, Armstrong escribió que "durante el cuarto ciclo [de quimioterapia] me encontraba en posición fetal y con arcadas durante todo el día".

El cáncer de Armstrong respondió extraordinariamente bien. Después fue sometido a una intensa rehabilitación y fue recuperando poco a poco fuerza y confianza. En 1998 volvía a montar en su bicicleta.

La enfermedad cambió el cuerpo de Armstrong. Cuando reanudó el entrenamiento en serio, estaba más delgado y más musculoso. Además de la ventaja emocional que, según creía Armstrong, le brindó el cáncer, su nuevo cuerpo lo volvió también un ciclista más eficaz.

En 1999, menos de tres años después de su diagnóstico, Armstrong ganó su primer Tour de Francia. Siguieron seis más, con lo que llegó a ser el mayor ciclista de la Historia.

Por su parte, Armstrong ha procurado evitar asociaciones facilonas entre sus triunfos en el Tour de Francia y su recuperación del cáncer. "Personas buenas y fuertes contraen cáncer", ha escrito, "y hacen todo lo necesario para vencerlo y, aun así, mueren". Tal vez fuese un héroe de las carreras, ha declarado Armstrong, pero "no fue heroico sobrevivir al cáncer". Aunque participó en su tratamiento y tuvo médicos excelentes, su supervivencia se debió "más a una suerte ciega".

Aun así, a veces Armstrong parece caer en el lenguaje que desea evitar. Al final de su segundo libro, Armstrong resumió su historia con el cáncer así: "Recibí tratamiento, luché denodadamente y mejoré". Una cita del sitio web de su fundación dice así: "Cuando estaba enfermo, no quería morir. Cuando corro, no quiero perder. Perder y morir son la misma cosa".

Más preocupante es la adopción del mismo razonamiento por quienes se enteran de la historia de Armstrong. "Lance se negó a volverse un dato estadístico, sino que, al contrario, recobró el ánimo y se convirtió en el peor enemigo del cáncer", escribió un reseñador de su libro. "Se negó a claudicar y optó por luchar contra la enfermedad con todas sus fuerzas". En una biografía que figura en Internet se declara que "con la misma concentración con la que entra en la competición, Armstrong "afrontó su enfermedad y venció".

Para algunos, Armstrong ha llegado a ser un símbolo para la idea de que todo es posible. "Lance venció al cáncer y a continuación ganó cinco Tours de Francia", escribió un programador informático en su bitácora en 2003. "Eso significa más o menos que puedo superar cualesquiera dificultades que tenga en mi vida para poder seguir adelante después".

El problema es que los datos sobre las "ganas de vivir" entre los pacientes de cáncer no son prometedores. Un estudio de 1989 mostró que mujeres con cáncer de mama metastásico que participaron en grupos de apoyo sobrevivieron más tiempo, pero no se han duplicado esos resultados. Un estudio reciente ha mostrado que una actitud positiva no alargó la vida de pacientes de cáncer de pulmón. Anecdóticamente, los facultativos recuerdan a "luchadores" con cáncer que han muerto y a otros que "claudicaron", pero viven.

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Ése es un mensaje que debe hacer pensar a los numerosos seguidores de Armstrong. Al fin y al cabo, todos preferimos pensar que el trabajo denodado siempre da resultado. Por desgracia, en el mundo del cáncer puede no ser así.

Pero el legado de Armstrong tiene que ver con algo más que con datos. Ha instruido y ha brindado inspiración a miles, tal vez millones, de pacientes de cáncer y ha recaudado dinero que se está utilizando para buscar curaciones. Y, además, no hay que olvidar las siete carreras ciclistas que ganó.