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¿Dónde está la silenciosa mayoría cívica?

STANFORD – El temor a una recesión atenaza a Europa y se difunde por todo el mundo. La retirada del Reino Unido de la Unión Europea ahora parece inminente, y el gobierno de Italia acaba de implosionar. El peso argentino se derrumba, por expectativas de que pronto la administración del presidente Mauricio Macri será reemplazada por otro gobierno peronista. Un atentado en una boda en Afganistán presagia el regreso de una escalada de violencia en ese país. Y crecen los temores a una represión al estilo de Tiananmen contra los manifestantes prodemocracia en Hong Kong.

En tanto, Estados Unidos padeció olas de calor; desagradables revelaciones sobre un adinerado pedófilo serial vinculado con ricos, famosos y poderosos; y cuatro matanzas horribles. Cada uno de esos incidentes amerita un análisis sosegado. Pero en medio de un ciclo noticioso que no da respiro, amplificado por redes sociales sin filtro, la respuesta inmediata estuvo dominada por un intercambio de recriminaciones sectarias.

Antes, los estadounidenses en general sólo veían a las personas con ideas distintas como gente testaruda, insensible, supeditada a intereses económicos particulares o movida por valores o experiencias culturales diferentes. Pero hoy, el afán de llamar la atención en las redes sociales llevó a un discurso de difamación extrema y uso de tácticas de tierra quemada que busca destruir al adversario.

Necesitamos con urgencia un movimiento que reúna a una amplia base para hacer frente a esta clase de discurso político. La historia de los Estados Unidos está llena de ejemplos de personas que colaboraron para resolver (o al menos atenuar) problemas graves, muchas veces enfrentando grandes dificultades y con considerable riesgo para sí mismas. Pero el gradual abandono de la historia fáctica en las escuelas parece haber dejado a muchos estadounidenses sin puntos de coincidencia ni optimismo, necesarios para enfrentar los desafíos como en otros tiempos.

Tomemos el caso de las relaciones interraciales, un tema cuyos principales hitos históricos son bien conocidos por la mayoría de los estadounidenses. En 1863, el presidente Abraham Lincoln promulgó la Proclama de Emancipación de los esclavos. En 1954, la Corte Suprema resolvió el caso Brown v. Board of Education con un fallo que declaró la inconstitucionalidad del principio de “separados pero iguales” y puso fin a la segregación escolar. En la década siguiente, el movimiento por los derechos civiles cobró impulso bajo el liderazgo de Martin Luther King, Jr.; en 1965, el presidente Lyndon Johnson promulgó la Ley de Derecho al Voto, seguida en 1968 por la Ley de Vivienda Justa, que prohibieron la discriminación electoral y residencial por motivos raciales.

Pero dada la profundidad de la polarización política actual, todos deberíamos pensar en acciones de figuras que algunos podríamos considerar adversarios. Por ejemplo, Calvin Coolidge, un republicano que fue presidente entre 1923 y 1929, tuvo un papel fundamental en la promoción de los derechos civiles en Estados Unidos. Hoy hay un busto de Coolidge en un lugar muy visible del campus de la Universidad Howard (en Washington), una de las universidades estadounidenses creadas en tiempos de la segregación para atender a un alumnado mayoritariamente negro.

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Woodrow Wilson, un presidente demócrata supuestamente progresista, se negó a apoyar una ley contra los linchamientos (mayoritariamente, de personas negras) en Estados Unidos y echó a empleados negros de la administración federal; pero Coolidge no sólo apoyó esa ley, sino que incluso participó en manifestaciones para reclamarla. También apoyó la creación de una escuela de medicina para afroamericanos, cuando muchos estadounidenses (bochornosamente) no creían que pudieran ser médicos. Asimismo, John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil y en cierto momento el hombre más rico del mundo, canceló de su bolsillo deudas de lo que más tarde sería el Spelman College, faro de la educación superior de las mujeres afroamericanas.

Por su parte, el presidente Richard Nixon hizo grandes contribuciones al proyecto de desegregación. Con ayuda de mi amigo y actual colega en el Instituto Hoover George P. Shultz, que en aquel momento se desempeñaba como secretario del trabajo, Nixon organizó consejos birraciales en estados sureños para que controlaran el cumplimiento del fallo del caso Brown. Según Daniel Patrick Moynihan, un senador demócrata de Nueva York, la fiscalización de las normas de desegregación durante el gobierno de Nixon fue su mayor logro en política interna. En sólo seis años, la proporción de alumnos afroamericanos que asistían a escuelas segregadas en los estados sureños se redujo de 68% a 8%.

Ver lo bueno (incluso grandioso) que hay en figuras imperfectas como Johnson y Nixon puede ayudarnos a redescubrir la perspectiva necesaria para la cooperación fructífera. Pero también tenemos que recuperar un sentido de servicio a la nación. En mi carrera como economista, he visto a varios líderes sufrir dolorosas derrotas por poner los intereses del país por encima de los propios. El presidente Ronald Reagan, por ejemplo, apoyó los esfuerzos del presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos Paul Volcker para frenar una inflación de dos dígitos, siendo plenamente consciente de que la recesión resultante les costaría caro a los republicanos en la elección intermedia de 1982.

Asimismo, el presidente George Bush (padre), frente a enormes mayorías demócratas en el Congreso, aceptó correr riesgos políticos en el corto plazo para hacer el bien a largo plazo. Para poder poner fin a las crisis de las cajas de ahorro y de la deuda de los países en desarrollo, manejar el shock petrolero derivado de la primera Guerra de Irak y elaborar un acuerdo presupuestario para controlar el gasto, tuvo que renegar de su promesa de no aprobar nuevos impuestos. Y así como Reagan colaboró con Tip O’Neill, presidente demócrata de la Cámara de Representantes, para salvar la Seguridad Social, del mismo modo el presidente Bill Clinton trabajó con Newt Gingrich, presidente republicano de la Cámara, para equilibrar el presupuesto y reformar el sistema de prestaciones sociales.

A veces, uno encuentra héroes en los lugares más inesperados. Por ejemplo, Lane Kirkland, difunto presidente de la AFL‑CIO (la mayor organización sindical de los Estados Unidos), que presidió la Comisión de Política Laboral de la OCDE al mismo tiempo (1989‑93) que yo presidía la Comisión de Política Económica. Poco después de la caída del Muro de Berlín, participé en una misión presidencial a Polonia para colaborar en la transición de ese país a la economía de mercado. Fue allí donde me enteré (y pocos meses después me lo repitió en la Casa Blanca Lech Wałęsa, cofundador de Solidaridad) del apoyo crucial que había dado Kirkland al movimiento contra el comunismo. Contra la firme oposición de miembros izquierdistas de la AFL‑CIO, Kirkland ayudó a contrabandear aparatos de fax a Polonia para que los sindicalistas pudieran comunicarse y coordinar sus acciones. De modo que llamé a Lane y le dije: “Tal vez tengamos nuestras diferencias en política económica, pero bendito sea por lo que hizo por los polacos”.

La próxima vez que se entere de una acción objetable de alguien a quien considere un oponente, haga una pausa y recuerde que la mayoría de la gente también es capaz de acciones buenas e incluso heroicas. La humanidad dista de ser perfecta; pero cooperando, hemos hecho avances notables. No dejemos a las voces más ruidosas de Internet y otros ámbitos silenciar ese mensaje.

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/V6vWLMAes;
  1. haass107_JUNG YEON-JEAFP via Getty Images_northkoreanuclearmissile Jung Yeon-Je/AFP via Getty Images

    The Coming Nuclear Crises

    Richard N. Haass

    We are entering a new and dangerous period in which nuclear competition or even use of nuclear weapons could again become the greatest threat to global stability. Less certain is whether today’s leaders are up to meeting this emerging challenge.

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