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¿Otro borrón y cuenta nueva con Rusia?

LONDRES – Las interrogantes sobre la relación de Occidente con Rusia se han visto sepultadas por las noticias en los medios de comunicación sobre piratería informática, escándalos sexuales y posibles chantajes. El expediente del ex espía británico Christopher Steele sobre las actividades del presidente de Estados Unidos Donald Trump en Moscú hace unos años puede llegar a ser tan creíble como las afirmaciones sobre que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva – o quizás no. Simplemente no sabemos. Lo que está claro es que estas noticias han distraído la atención de la tarea de tender un puente sobre el abismo diplomático que ahora divide a Rusia y Occidente.

Para un occidental, incluso para uno de ascendencia rusa como yo, se le hace difícil sentir cariño por la Rusia de Vladimir Putin. Yo odio la forma en la que su gobierno ha utilizado la ley del “agente extranjero” para hostigar y cerrar en los hechos las ONG. Odio sus abusos de los derechos humanos, los asesinatos, las trampas sucias y los procesamientos criminales para intimidar a los opositores políticos.

Lo que parece indiscutible es que la Rusia antiliberal y autoritaria de hoy en día es un producto tanto de la corrosión de las relaciones con Occidente como de la historia rusa o de la amenaza de desintegración que Rusia enfrentó en la década de 1990.

Esta corrosión tiene sus raíces en la percepción que tiene Rusia, sostenida por una gran dosis de paranoia y una mala interpretación de la historia post comunista, sobre que Occidente – y Estados Unidos en especial – tiene planes agresivos para este país. Simplemente no es cierto que Rusia voluntariamente dejó su imperio para unirse al Occidente democrático, sólo para ser rechazada por dicho Occidente. La decrepitud de la Unión Soviética había llegado a un nivel tan alto que no pudo mantener las ganancias territoriales posteriores a la Segunda Guerra Mundial o incluso no pudo mantener sus fronteras anteriores a la guerra. Los pueblos de Europa del Este y aquellos absorbidos por la Unión Soviética, estuvieron encantados de quedar libres del control del Kremlin.