A student sits in a cafe during a protest Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images

Las raíces del tribalismo occidental

ABU DHABI – En la novela de Hermann Hesse Viaje a Oriente, el personaje H. H., novicio en un grupo religioso llamado “El Círculo”, describe una figurilla que lo representa unido al líder de aquel grupo, Leo. “Con el tiempo, toda la sustancia de mi cuerpo fluiría hacia el de Leo, y sólo sobreviviría uno de los dos: Leo. Él crecería, yo sucumbiría” [traducción de Víctor Scholz].

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Este pasaje de Hesse habla del sacrificio del yo individual en aras de una causa más grande. Pero también habla sobre el modo en que la gente crea a sus héroes. Trátese de Vladimir Lenin, el Che Guevara, Ruhollah Khomeini, Hugo Chávez o incluso Donald Trump, ser un “héroe” está en los ojos de quien lo mira. El héroe es un reflejo idealizado del yo. Y como está implícito en la descripción de Hesse, la imagen heroica también se alimenta de ese yo, hasta el punto que este debe desaparecer.

El tribalismo es central en este proceso. La humanidad tiene un profundo anhelo de un sentido de pertenencia y liderazgo; esto lleva naturalmente a los seres humanos a formar grupos con líderes establecidos. Algunos grupos son manifestaciones positivas de colaboración y solidaridad entre individuos. Pero los grupos que se basan en una ideología o una tribu particular pueden volverse discriminatorios y opresivos hacia el exterior, especialmente si los dirige un líder dominante y carismático.

La aparición de movimientos populistas y nacionalistas en Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otros países europeos hace pensar que el tribalismo está en alza en Occidente. Aunque estos movimientos han puesto en la mira a los inmigrantes y a la globalización en general, su mayor peligro (como sucede con todas las formas de tribalismo) es para el individuo. Los seguidores están obligados a jurar lealtad a la tribu y al jefe; pero como la tribu no tolera el disenso, los partidos tribales tienden a degenerar rápidamente en facciones competidoras.

Respecto de qué nos trajo a esta nueva era de política tribal, las explicaciones abundan. Para muchos, la causa principal es la creciente desigualdad económica. Mientras los ricos se volvían todavía más ricos, los obreros de las zonas rurales y los pobres quedaron librados a su suerte frente a los inmigrantes, los refugiados y las fuerzas de la globalización. Pero incluso si la globalización benefició a algunos grupos y regiones más que a otros, no explica la política tribal moderna; a lo sumo, es la falta de globalización en algunas regiones lo que la explica.

Hay que recordar que la mayoría de los votantes de Trump no son pobres ni obreros. Pero es verdad que muchos residen en regiones periféricas y ciudades pequeñas donde los beneficios (no los costos) de la globalización han estado generalmente ausentes. Esta misma divisoria entre áreas urbanas y rurales es manifiesta en todos los países que en los últimos años experimentaron un surgimiento del populismo tribal.

Además, si la globalización, y en concreto, la inmigración, son motores de desigualdad, entonces las grandes ciudades donde conviven refugiados, inmigrantes y comunidades pobres deberían ser entornos de agitación política. Pero en Alemania, Austria, Francia, los Países Bajos, el RU y otros lugares, los partidos nacionalistas y populistas tienden a hallar simpatizantes fuera de las ciudades principales.

Aunque la globalización y la inmigración pueden ser causas puntuales de tensión política, las raíces del comportamiento actual de los votantes residen en otros tres fenómenos interrelacionados. En primer lugar, los ciudadanos occidentales se han vuelto gradualmente más individualistas y menos organizados políticamente. En todas las democracias liberales, la afiliación a partidos políticos está en caída hace mucho tiempo, lo que se debe a cambios de posguerra en la educación, las normas sociales y la cultura popular, que ponen el acento en el pensamiento crítico y la expresión personal. El resultado es lo que el sociólogo estadounidense David Riesman denominó “personas autodirigidas”: hombres y mujeres “cartesianos” que piensan por sí mismos.

Este fenómeno sería indiscutiblemente positivo si no se hubiera superpuesto con el cambio de las economías occidentales (iniciado en algún momento a mediados de los noventa) hacia modelos de crecimiento basados en la tecnología, que aumentaron la demanda de conocimientos en las áreas básicas (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática). Conforme los sistemas educativos comenzaron a dar mucha menos importancia a las humanidades, los ciudadanos, ya menos expuestos a la educación y guía política ofrecida por los partidos políticos tradicionales, quedaron también cada vez más aislados de la transmisión de valores humanísticos.

Pero las razones para estudiar literatura, historia y arte (aprender la empatía, desarrollar la inteligencia emocional y compatibilizar el pensamiento crítico con los valores universales) no han desaparecido a la par de las oportunidades de hacerlo. El falso supuesto de que un título en humanidades es menos valioso que un título en ciencia y tecnología en el mercado laboral del siglo XXI no presagia nada bueno para el funcionamiento de la democracia liberal.

El tercer fenómeno es extensión del segundo: la creciente “comoditización” y mercantilización de la educación superior en décadas recientes. La competencia de las universidades por obtener acreditaciones y estatus llevó a que sus programas se parezcan cada vez más entre sí, en un proceso de moldear personas listas para los exámenes que recuerda un pasaje de Anna Karenina, de León Tolstói, donde se habla de “un petimetre de San Petersburgo, igual a los demás”, producto sin valor de una maquinaria. Asimismo, la “comoditización” del conocimiento hace a los graduados modernos más prescindibles: vulnerables a ser sustituidos por la misma “maquinaria” que los produjo.

En conjunto, estos tres fenómenos ayudan a explicar el ascenso de una nueva clase de votantes: muy cualificados, bien remunerados y poco formados en los valores en que se basa la democracia liberal. No es particularmente sorprendente que estos votantes, privados de tradiciones de conocimiento y comprensión compartidas, se congreguen en torno de identidades tribales y de la entrega del yo a la conciencia colectiva.

Se suponía que las democracias liberales habían trascendido la política “primitiva” hacia una sociedad de ciudadanos empoderados. Pero el poder de los ciudadanos (la capacidad de identificar sus intereses y actuar individual y colectivamente en pos de ellos) demanda un conjunto de habilidades totalmente diferentes de las que se promueven hoy.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/niPr0hA/es;

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