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El Honor del Exilio

El escultor rumano Brancusi dijo alguna vez que cuando el artista ya no es un niño, está muerto. Todavía no sé qué tanto me he convertido en un artista, pero comprendo lo que Brancusi dijo. Puedo entender -incluso a mi edad- a mi duradero infantil ser. Escribir es una profesión infantil, aún cuando se vuelve seria en exceso, como a menudo son los niños.

Mi largo camino por la inmadurez empezó hace más de medio siglo. Era julio de 1945, pocos meses después de volver de un campo de concentración llamado Transnistria. Viví ese paradisiaco verano en un pequeño pueblo moldavo, sobrecogido por la milagrosa banalidad de un ambiente normal, seguro. La tarde en cuestión era perfecta, soleada y tranquila, la semiobscuridad del cuarto hospitalaria. Estaba solo en el universo, escuchando una voz que era y no era la mía. Mi socio era un libro de cuentos rumanos de hadas con una cubierta dura de color verde, que me dieron unos días antes cuando cumplí la solemne edad de 9 años.

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Entonces fue cuando el encanto de las palabras, la magia de la literatura inició para mí. La enfermedad y la terapia empezaron al mismo tiempo. Pronto, demasiado pronto, yo también quería ser parte de esa familia de hechiceros de la palabra, esos secretos parientes míos. Era una forma de buscar "algo distinto" que estuviera más allá de la trivialidad de la vida diaria y también de buscar mi verdadero yo entre los muchos individuos que me habitaban.

Debo confesar que también intenté, varias veces, deshacerme de ese yo interno, para encontrar un delegado capaz de representarme mejor en la escena social. Estudié ingeniería, no sólo porque quería una profesión que podría protegerme de la diaria demagogia política, sino también porque tuve la esperanza de que me protegería de ese yo esencial que descubrí en una inolvidable tarde de julio de la postguerra. Pero la necesidad de algo drásticamente distinto y más elevado que la enmarcada rutina diaria de un ingeniero y un ciudadano del paraíso socialista no disminuyó. En ese duplicado distanciamiento, la lectura y la escritura probaron ser, una y otra vez, una enfermedad salvadora.

Finalmente, pude oir mi propia voz en mi propio libro, que también tenía, resulta, una portada verde. En el circo mundial el poeta parece un ``Augusto el Tonto'', mal equipado para la vida diaria en la que sus compañeros hombres ofrecen y reciben su parte de realidad comestible. Pero su debilidad puede verse como una fuerza poco común y tortuosa, su soledad como una forma más profunda de solidaridad, su imaginación como un atajo hacia la realidad.

Inevitablemente, en la brillante plaza pública, Augusto el Tonto, el poeta, se enfrenta al ``Payaso del Poder''. Toda la tragicomedia humana puede verse, en ocasiones, en ese encuentro, en la historia del ``Circo como Historia''. No obstante, la experiencia totalitaria sigue siendo incomparable en su patología, en sus máscaras y su mendicidad. Un artista que ha vivido bajo la tiranía (e incluso uno que no la vivió) no puede ignorar la barrera que separa los dos papeles.

Para un escritor, el exiliado por excelencia -siempre un "sospechoso", como dijo Thomas Mann-, el lenguaje es su placenta. Más que para ningún otro "extraño" en su país, el lenguaje es para un escritor no sólo un logro, sino un hogar espiritual. A través del lenguaje se siente rico y estable; y cuando está por completo a cargo de su riqueza, alcanza su ciudadanía, un sentido de pertenencia. El lenguaje es siempre hogar y tierra natal para un escritor. Encontrarse exiliado de este último refugio representa el más brutal desbalance de su ser, una flama que llega hasta lo más hondo de la creatividad.

Pospuse la decisión de dejar Rumania porque fui suficientemente infantil como para hacerme pensar que no vivía en un país, sino en un lenguaje. Eventualmente, tomé el lenguaje, el hogar, conmigo, como hace un caracol. Sigue siendo mi refugio pueril, mi lugar de sobrevivencia.

Los temas como el totalitarismo y el exilio quizá digan mucho acerca de mi vida y de mi escritura, pero por más importantes que sean, no dicen nada por sí mismos de una pieza literaria. Incluso en tragedias colectivas y situaciones extremas, el escritor está en la búsqueda, a través de su propia visión, estrategia y estilo, del destino del individuo, de la especificidad humana de la debilidad y la resistencia y los sueños, de las ambigüedades y los límites y las sorpresas de la individualidad atrapada en la inmovilidad social.

Espero que incluso en el obscuro marco de tales temas la luz del espíritu y la mente humana, sus contradicciones y su potencial, las incesables preguntas sobre el amor y la muerte, sobre el compromiso y la cobardía, sobre la soledad y la solidaridad, sobre la tragicomedia de los humanos revelen, para bien o para mal, la traza del autor. Estaba, de hecho, más preocupado con la "zona gris" en la que ví algo así como una zona de arcoiris de veracidad, permitiéndome buscar características individuales más allá de la obscuridad indistinta e introducir de tal manera inquietantes matices en la aparente uniformidad de la situación extrema.

Con todo y lo liberador que fue, pasar del exilio interno al exilio en sí mismo no fue una experiencia fácil. He aprendido, sin embargo, en los más de diez años que han pasado desde que sentí esa flama, a honrar el exilio, haciéndolo en nombre de todo lo que es reto y epifanía, de todas las dudas y del aprendizaje de toda la vida que implica, por su vacío y su riqueza, por el desencadenamiento de mí mismo y el choque al interior de mí mismo.

El extraño es siempre, conciente o inconcientemente, un exiliado potencial o parcial y todos los escritores verdaderos son exiliados perpetuos de este mundo, aún cuando, como Proust, con trabajos salen de sus cuartos. Más y más, el exilio es un emblema de nuestro tiempo. En todas partes, la gente encara la contradicción entre la centrífuga, cosmopolita modernidad y la centrípeta necesidad (o al menos nostalgia) de pertenecer.

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Es imposible predecir el lugar, si acaso tendrá alguno, en el que se encontrará la literatura en el futuro. No me atrevo a creer, como Dostoiewsky, que la belleza puede salvar a nuestro mundo. Pero podemos abrigar la esperanza de que juegue el papel de consolar y redimir nuestra soledad. Podemos esperar que su promesa de belleza, su reto de verdad, su redefinición de la bondad, su impredecible jovialidad sean difíciles de abandonar aún en tiempos inciertos y peligrosos.

El artista sigue siendo, a pesar de lo pueril que pueda parecer, un obrero secreto del amor. Él reinventa todos los días las premisas de la difícil búsqueda; él honra al lector, un extraño similar y disímil, con el don de un amor agotador. Entonces, puede continuar su interminable aventura y humanizar su naufragio en donde sea que se encuentre.