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Alimentar las mentes jóvenes

NUEVA DELHI – De las muchas noticias tristes que han surgido de la India últimamente, con diferencia la más trágica ha sido la muerte en julio de 23 escolares en Chhapra, la principal ciudad de Saran, un empobrecido distrito rural del estado de Bihar. Murieron envenenados por sus raciones de almuerzo, parte esencial de un programa estatal de nutrición escolar que, al parecer, habían sido cocinadas con aceite que se había guardado por descuido en recipientes de pesticidas. Es insoportable el horror de la situación: padres que envían a sus hijos a la escuela, un lugar supuestamente seguro, solo para recibirlos muertos por algo que se supone los tendría que beneficiar.

Como era de prever, la reacción fue una explosión de quejas sobre la ineficacia de los servicios estatales de la India (especialmente en áreas rurales), los terribles estándares de higiene del país y el poco cuidado en la aplicación de incluso los planes nacionales más representativos por parte de los 28 gobiernos estatales. El plan de almuerzos mismo ha sido tachado en la India y en el exterior como derrochador y contraproducente. En un titular se leía: “La escuela pública asesina a los niños indios”. Otro comentarista llegó a decir que “existen pocas evidencias de que los niños realmente reciban en las escuelas algún valor nutricional”.

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Quienes critican el plan lo ven como un síntoma de un estado sobredimensionado que ha perdido los límites y se preguntan por qué es necesario que un gobierno se haga cargo de alimentar a sus escolares. En la India la respuesta es que nadie más podría hacerlo. Si bien ya existían varios pequeños programas de almuerzos, la idea de un programa masivo y respaldado por el gobierno surgió hace tres décadas en el estado sureño de Tamil Nadu.

Cuando el jefe de gabinete de Tamil Nadu en esa época, el astro de cine M.G. Ramachandran, dio inicio en todo el estado al programa de colaciones escolares, se lo criticó por populista e  irresponsable en lo fiscal. Sus detractores argüían que los niños iban a la escuela a aprender, no a comer. Pero si no comen lo suficiente, no pueden aprender: es difícil llenar las mentes cuando los estómagos están vacíos.

Los votantes de Tamil Nadu, que aprobaron el plan en las elecciones, silenciaron a los críticos. Y lo mismo hicieron sus resultados: mejores índices de alfabetización y nutrición. No pasó mucho tiempo antes de que otros estados imitaran el programa y en 1995 en gobierno central de la India siguió sus pasos, asignando a los gobiernos estatales partidas presupuestarias para que los niños de todo el país disfrutaran de los mismos beneficios. Hoy en día existe en un 87% de las escuelas estatales.

El plan de almuerzos escolares, que cuesta al gobierno de la India algo más de 2 mil millones de dólares al año, con financiación adicional de los gobiernos de cada estado, alimenta a 120 millones de escolares en más de un millón de escuelas primarias de todo el país. Al brindar una nutrición gratuita y equilibrada a sus niños, se ha convertido en un importante incentivo para que las familias pobres los envíen a la escuela e, igual de importante, mantenerlos en ellas durante el día.

De hecho, gracias a este plan han mejorado los índices de asistencia a las escuelas, en algunos casos hasta en un 10%, y han bajado los de abandono de los estudios. Y obligar a niños de diferentes castas a comer el mismo almuerzo al mismo tiempo y en el mismo lugar ha derribado barreras en una sociedad altamente estratificada.

Los niños de familias que no podían permitirse alimentarlos adecuadamente han sido los que más se han beneficiado. En áreas afectadas por las sequías, el programa ha evitado que sufran de desnutrición. Se ha demostrado la falsedad de las acusaciones de que el programa carece de valor nutricional. Otro académico, Farzana Afridi, reportó en el Journal of Development Economics que el plan “mejora la ingesta nutricional al reducir en un 100% la carencia diaria de proteínas, casi un 30% de la carencia de calorías y cerca de un 10% de la de hierro en los alumnos de escuelas primarias.”

Sin embargo, si bien los beneficios del plan de almuerzos escolares han afianzado su popularidad, la calidad de su implementación varía de estado a estado. El gobierno nacional asigna fondos para cocineros y ayudantes y ha especificado pautas para su puesta en práctica, pero las escuelas se encuentran bajo la jurisdicción de los gobiernos estatales, algunos de los cuales son más capaces que otros de seguir los estándares necesarios para prestar un servicio fiable. Varios estados del norte, como Bihar, están a la zaga en proporcionar cocinas, espacios de almacenamiento y utensilios. Se ha pasado por alto la regla que exige que al menos dos adultos prueben la comida antes de servirlas a los niños, como se ha visto en la tragedia de Chhapra.

Los intentos por aplicar la regla se han encontrado con la inesperada resistencia de los profesores, que tienen la obligación de turnarse en la tarea de catar la comida: alegan que su trabajo es enseñar, no probar alimentos. Algunos sindicatos de profesores se han negado a hacerlo.

Más triste aún es la reacción de algunos padres en Bihar, que han retirado a sus niños del colegio para no correr el riesgo de que sean envenenados. Son inquietudes comprensibles, pero que evidentemente se han exagerado. Al menos, la tragedia de Chhapra ha centrado la atención en un programa que gran parte de la opinión pública daba por hecho. Pero sería una gran pérdida si, al centrarnos en lo que no funcionó, las deficiencias en la implementación del programa terminaran ensombreciendo sus logros.

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El programa de almuerzos ha transformado vidas y ayudado a educar a una generación de escolares pobres. Debería ser imitado por otros países en desarrollo, en lugar de descartarse por un desastre que se pudo prever. De hecho, lo acaecido de Chhapra sería aún más trágico si acabara por eliminar un programa que cada día beneficia a millones de niños y sus familias.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen