Raqqa BULENT KILIC:AFP:Getty Images

Un cauteloso regreso a Raqqa

BERLÍN – A mediados de octubre, las Fuerzas Democráticas Sirias, una milicia predominantemente kurda con respaldo de Estados Unidos y vínculos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en Turquía, “liberaron” mi ciudad, Raqqa, de los combatientes de Estado Islámico (ISIS). Los árabes, mayoría en la región, tuvimos poco que ver con la expulsión de ISIS. En una ciudad cuya población local lleva mucho tiempo relegada a la condición de ciudadanos de segunda, el triunfo del Partido de la Unión Democrática (PYD, rama siria del PKK) generó temor a que la historia se esté repitiendo.

Los activistas de Raqqa siempre dijimos que nuestra malograda ciudad es una “colonia interna”, por su larga historia de marginación económica, política y social a manos de los gobiernos sirios. A principios de los setenta, Raqqa, por entonces pequeña y pobre, lograba de algún modo avanzar y florecer. Se multiplicaban las escuelas y crecía la asistencia a clase; otros servicios públicos también mejoraban, y los padres creían que sus hijos tendrían vidas más prósperas que ellos y las generaciones anteriores.

Es lo que sin duda pensaban mis padres, que hicieron grandes sacrificios para criar a sus nueve hijos. No los alegró que en los setenta los mayores nos hiciéramos comunistas, férreos opositores al régimen brutal de Hafez al-Assad (padre del presidente Bashar al-Assad). Pero no era una transformación tan extraña en una ciudad cuya gente en aquel tiempo adoptaba identidades nuevas (por ejemplo, nasseristas, baazistas, islamistas o comunistas) en detrimento de sus orígenes regionales y tribales.

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