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Pruitt y la amenaza de los pesticidas

IBADAN, NIGERIA – Un nuevo informe difundido por las Naciones Unidas (ONU) adopta una postura polémica sobre los pesticidas sintéticos. La creencia popular es que son esenciales para dar de comer a la creciente población mundial, que se espera alcance los nueve mil millones de habitantes en 2050. Pero los autores del informe califican nuestra dependencia de los pesticidas sintéticos como "una solución de corto plazo que socava el derecho a una alimentación y una salud adecuadas para las generaciones presentes y futuras". Tienen razón.

En mi calidad de científica nigeriana cuyo trabajo se centra en controlar las pérdidas post-cosecha, he visto de primera mano lo que sucede cuando el uso de pesticidas sintéticos no está regulado como corresponde. Sin embargo, gran parte del mundo todavía se deja llevar por la creencia popular, con consecuencias nefastas para la salud pública.

Estados Unidos parece inclinado a aumentar aún más el uso ya extendido que hace de los pesticidas. El mes pasado, Scott Pruitt, ex procurador general de Oklahoma, fue confirmado en el puesto de director de la Agencia de Protección Ambiental (EPA por su sigla en inglés). Pruitt, que demandó varias veces a la EPA en su trabajo anterior, parece decidido a recortar su presupuesto y desmantelar muchas de sus regulaciones, incluidas aquellas relacionadas con los pesticidas, que son esenciales para garantizar la seguridad de los alimentos.

Cualquiera que consuma alimentos cultivados o producidos en Estados Unidos hoy debería estar preocupado. Por cierto, desmantelar la EPA es el equivalente de armar una bomba de tiempo para la salud pública -una bomba que ya ha detonado repetidas veces en los países en desarrollo.

En 1984, una planta de fabricación de pesticidas en Bhopal, India, liberó 27 toneladas de isocianato de metilo, un gas utilizado para producir algunos pesticidas. La filtración mató aproximadamente a 15.000-20.000 personas, y dejó a otros miles de personas con discapacidades permanentes. La planta no tenía la cantidad necesaria de personal y contaba con procedimientos operativos y de seguridad de calidad inferior. Ninguno de los seis sistemas de seguridad que podrían haber prevenido el accidente estaba funcionando.

La tragedia de Bhopal sigue siendo el peor desastre industrial del mundo. Pero es apenas una pequeña parte de un enorme cuadro de sufrimiento innecesario. La Organización Mundial de la Salud estima que hay tres millones de casos de envenenamiento con pesticidas a nivel mundial cada año, lo que deriva en hasta 250.000 muertes.

En 1996, por ejemplo, habas marrones tratadas con insecticidas, supuestamente almacenadas para ser plantadas, lograron llegar al mercado en Nigeria -una "filtración" conectada con la muerte de una cantidad de personas en la región sudoccidental del país-. En 2013, en India, un pesticida organofosforado mató a 23 niños, que comieron un almuerzo de arroz, papas y soja contaminado. 

Estos tipos de tragedias suceden inclusive cuando existen lineamientos para el registro y el uso de pesticidas. En Nigeria, por ejemplo, la Agencia Nacional para la Administración y Control de Alimentos y Medicamentos (NAFDAC por su sigla en inglés) prohibió 30 agroquímicos (pesticidas y fertilizantes) en 2008, después de una cantidad de muertes y envenenamientos. Pero esto no logró impedir las muertes por envenenamiento con pesticidas de 18 personas en el estado Ondo, en Nigeria, en 2015.

Ahora bien, el peligro de una regulación inadecuada no se limita a desastres graves. La acumulación de sustancias tóxicas originadas en sustancias químicas aplicadas tanto en el campo como en el almacenamiento también contribuye al continuo deterioro de la calidad de nuestro ambiente natural -concretamente, nuestro suelo, nuestra agua y nuestro aire.

Más de 250 estudios han vinculado a los agroquímicos con varios tipos de cáncer, incluidos el cáncer de cerebro, mama, colon, hígado, pulmones, próstata y tiroides. Los niños, en particular, parecen ser susceptibles a los efectos tóxicos de los pesticidas: la investigación demuestra que la mayor incidencia de leucemia y cáncer de cerebro infantil podría ser el resultado de una exposición temprana. Y la exposición a este tipo de sustancias químicas ha estado vinculada a una variedad de defectos de nacimiento.

Todo esto muestra un panorama lúgubre de lo que podría pasar en Estados Unidos si quienes se oponen a la EPA -que hoy incluyen al director de la agencia- se salen con la suya. En 2006 y 2007, Estados Unidos utilizó más de 450 millones de kilos de pesticidas al año -y eso con la existencia de regulaciones de la EPA-. Sin una regulación adecuada, esas cantidades pueden aumentar.

Por supuesto, Estados Unidos no es el único país en riesgo como consecuencia del uso excesivo de organofosforados. Si bien el uso de pesticidas en los países en desarrollo es mucho más bajo que en Estados Unidos, datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por su sigla en inglés) demuestran un marcado incremento en los países de África y Asia. Comprensiblemente, los agricultores en esas regiones buscan maneras fáciles de reducir las pérdidas de cultivos y aumentar sus ingresos. Y hay pocas regulaciones vigentes para detenerlos.

Por cierto, la FAO informa que la mayoría de los casos de envenenamiento con pesticidas ocurren en los países en desarrollo, precisamente porque las normas de salud allí tienden a ser inadecuadas o directamente no existen. El informe de las Naciones Unidas determinó que sólo el 35% de los países en desarrollo contaba con una guía regulatoria sobre el uso de pesticidas, y que todos tienen problemas para su cumplimiento.

Los países en desarrollo deben implementar mecanismos más efectivos para monitorear los agroquímicos que están en circulación. También deben esforzarse por reducir el uso de sustancias químicas tóxicas para controlar las pestes y aumentar los rendimientos, especialmente promoviendo alternativas orgánicas que no planteen riesgos generalizados para la salud y el medio ambiente.

Estos métodos orgánicos se utilizaron durante siglos antes de la llegada de los pesticidas sintéticos modernos en los años 1940. Por ejemplo, el abono orgánico puede ayudar a mejorar los rendimientos de los cultivos, de la misma manera que los biopesticidas, derivados de las plantas. Estos métodos naturales, que son efectivos y a la vez no son tóxicos, deberían adoptarse no sólo en los países en desarrollo, sino en todo el mundo.

Los pesticidas sintéticos pueden ayudar a darle de comer a un mundo cada vez más hambriento, especialmente en los países en desarrollo. Pero debemos pensar cuántos envenenamientos y muertes innecesarios ocurrirán si no se los utiliza con el máximo cuidado y restricción. Si los norteamericanos no pueden imaginarlo, el sueño de Pruitt, a menos que sea reconsiderado, se convertirá en su pesadilla.