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Las armas nucleares en zonas de conflicto civil

LOS ANGELES – El reciente golpe militar fallido en Turquía ha generado inestabilidad, paranoia y la persecución de todos aquellos de quienes se sospeche que se oponen al régimen, entre ellos muchos periodistas. Afortunadamente los sublevados no se apoderaron de algunas de las decenas de armas nucleares que existen en la Base Aérea turca de Incirlik, desde la que despegaron los aviones rebeldes. ¿Pero qué pasará la próxima vez?

Las nueve potencias nucleares mundiales plantean que no hay que preocuparse demasiado: la combinación de protección física con, en la mayoría de los casos, salvaguardas electrónicas (enlaces a acciones de permiso, o PAL, por sus siglas en inglés) implica que sus arsenales seguirían siendo seguros incluso si se almacenan o instalan en países asolados por la violencia.

Erdogan

Whither Turkey?

Sinan Ülgen engages the views of Carl Bildt, Dani Rodrik, Marietje Schaake, and others on the future of one of the world’s most strategically important countries in the aftermath of July’s failed coup.

Robert Peurifoy, ex ingeniero sénior de armas nucleares en los Sandia National Laboratories, no está de acuerdo. Hace poco declaró a Los Angeles Times que esos dispositivos de seguridad (cuyas versiones anteriores ayudó a diseñar) solo pueden retrasar el uso de los terroristas de las armas nucleares de las que se apoderen. “O se tienen bajo custodia, o nos tendremos que ir preparando para una nube nuclear”.

Sus declaraciones han generado justas inquietudes sobre la seguridad de las armas nucleares almacenadas en regiones no seguras. Piénsese en Pakistán, que posee el arsenal nuclear de mayor crecimiento en el mundo y sufre incesantes ataques terroristas del yihadismo y el separatismo. Ya ha habido ataques sobre instalaciones del ejército paquistaní que albergan componentes nucleares. Los temores aumentan con las nuevas “armas nucleares de batalla” móviles, más fáciles de robar.

Corea del Norte, con su régimen volátil y voluble, es otra causa de preocupación. El gobierno de Kim Jong-un, suspicaz del ejército, ha purgado repetidamente a los oficiales de mayor rango, lo que sin duda ha generado una oposición que en el futuro puede generar graves disturbios civiles. Sería extremadamente peligroso añadir armas nucleares a esa ecuación. Si bien otras potencias nucleares que dependen cada vez más del autoritarismo, como China y Rusia, parecen más estables, podrían enfrentar sus propios retos en caso de que se resquebraje su cohesión política.

Por supuesto, hay muchos ejemplos en que la seguridad ha prevalecido sobre los conflictos. La revuelta de los generales en la Argelia francesa en 1961, que puso en riesgo una prueba nuclear en el Sahara, no causó incidentes peligrosos. En China, el gobierno protegió con eficacia los sitios con armas nucleares amenazados por los Guardias Revolucionarios durante la Revolución Cultural. Y ni el intento de golpe contra Mijaíl Gorbachov ni el colapso soviético causaron la pérdida de control del arsenal nuclear del país.

Pero es un acto de fe suponer que estos precedentes implican que las armas nucleares seguirán siendo seguras, especialmente en países inestables como Pakistán y Corea del Norte. Existe el riesgo de que las armas y materiales nucleares caigan en manos de grupos rebeldes, terroristas o incluso gobiernos fallidos y desesperados. Y en esas ocasiones la comunidad internacional tiene poco margen para hacer frente a la amenaza.

Por ejemplo, las potencias externas pueden lanzar un ataque con un objetivo específico, como el de Israel contra los reactores nucleares que, se sospechaba, se construían en Irak y Siria. No habrían tenido éxito si Israel no hubiera podido identificar con precisión los objetivos. De hecho, aunque se sabía de la existencia de la planta iraquí de Osirak, fue mérito de los servicios de inteligencia descubrir la planta siria de Al Kibar.

En tiempos de crisis, para llevar a cabo un golpe así sobre sitios nucleares norcoreanos o paquistaníes se necesitaría un logro similar, algo cada vez más difícil de alcanzar, considerando los amplios recursos destinados a ocultarlos. El movimiento sigiloso de bombas o materiales en medio de los disturbios complicaría aún más la determinación del objetivo del ataque.

Otra opción, la invasión y ocupación, evita el reto de identificar sitios nucleares. La derrota de la Alemania nazi permitió a los aliados encontrar y destruir el incipiente programa nuclear del país. La invasión de Irak en 2003 permitió a Estados Unidos acceder sin limitaciones a todos los sitios donde se pudieran almacenar armas de destrucción masiva, pero los costes fueron enormes. De manera similar, para invadir y ocupar Corea del Norte o Paquistán se requerirían inmensos ejércitos, con el riesgo de caer en una encarnizada guerra convencional y el posible uso de esas mismas armas contra los invasores.

Una tercera opción es la contención nuclear, que depende de varias medidas. Primero, para evitar la migración nuclear, es necesario controlar todas las rutas terrestres, aéreas y marítimas de salida del país en cuestión, y deberían fortalecerse los servicios de seguridad cercanos y lejanos. Si bien la Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación (PSI, por sus siglas en inglés) ya actúa para detener el contrabando nuclear a nivel mundial, la Agencia Internacional de Energía Atómica informa de un constante tráfico de pequeñas cantidades de material nuclear. Si se aumenta el monitoreo, el problema puede reducirse pero no eliminarse.

Para la contención también es necesario persuadir a los custodios nucleares a arriesgar sus vidas en la defensa de los sitios nucleares frente a los terroristas o rebeldes, y que los países vecinos pongan en alerta sus defensas balísticas. Si bien India, Corea del Sur y Japón siguen modernizando estos sistemas, ninguna defensa antimisiles es perfecta.

En tiempos de crisis, cuando los hechos en terreno cambian con rapidez y el temor impide pensar con claridad, no es fácil mitigar la amenaza nuclear. Si bien los gobiernos afectados tienen en vigor planes de contingencia, sus resultados son ambivalentes a la hora de dar respuesta a los últimos problemas internacionales en Oriente Próximo. Y sigue siendo una apuesta esperar simplemente a que las cosas vayan según lo planeado y el armamento nuclear siga bajo control.

Ha llegado el momento de proponer nuevas ideas, con Estados Unidos al frente (que sigue siendo el líder global en el combate de la proliferación). Las bases de su política han de ser un debate público con aportes del ejecutivo, el Congreso, centros de estudios y círculos académicos. No nos podemos permitir estar parados en el precipicio de la catástrofe sin tener un plan bien pensado y con amplios apoyos.

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La lección de Turquía no es que las bombas de Incirlik sean seguras, por no mencionar otras regiones con armas nucleares en regiones inestables, sino que nuestras armas más letales podrían quedar en peligro en un instante. Debería ser una llamada de atención para todos nosotros.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen