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Medio Oriente necesita acuerdos

EL CAIRO – Medio Oriente, y especialmente el mundo árabe, atraviesa un período de cambio radical, con desafíos aun más radicales. Pero la capacidad de la región para enfrentarlos está disminuida por desacuerdos nacionales, regionales e internacionales respecto de cómo debe ser ese cambio (tanto en la región como en cada una de sus sociedades).

Es indudable que la comunidad internacional tendrá un papel central, en apoyar las reformas sociales y económicas en la región y ayudar a los gobiernos a hallar la voluntad y el modo para emprender los cambios necesarios. Pero es mucho más importante que los árabes mismos adopten una visión de futuro para analizar los desafíos que enfrentan, y se hagan cargo de su propio destino.

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Quedó suficientemente claro con las revueltas de la Primavera Árabe en 2011. La región ya estaba siendo transformada por cambios demográficos, entre ellos un veloz crecimiento poblacional, la urbanización y un gran aumento de la cantidad de jóvenes con título universitario desempleados, pero el estallido de las protestas tomó a muchos países de Medio Oriente y el norte de África por sorpresa. La juventud árabe fue una de las fuerzas principales de la demanda de cambios. También lo fueron las nuevas tecnologías digitales que liberaron el acceso a la información y facilitaron la comunicación entre ciudadanos ordinarios, lo que básicamente desmanteló los monopolios que muchos gobiernos mantenían sobre el conocimiento y la conectividad.

Pero las principales razones de la disrupción derivan de la incapacidad de los gobiernos y las sociedades árabes para manejar eficazmente los cambios que atraviesan la región, y de su excesiva dependencia de países extranjeros para su seguridad. Muchos gobiernos, sumidos en la intransigencia y la rigidez, se vieron superados por fuerzas sociales y geopolíticas que no podían controlar, y no tuvieron capacidad o voluntad para adaptarse a tendencias contrarias al statu quo. Esto también refleja el hecho de que algunos aspectos centrales de las agendas internas y regionales de muchos gobiernos no son siquiera decisión propia, sino que les han sido impuestos desde fuera de la región.

Para pasar a un modo de gobernanza más eficaz y proactivo, los países de Medio Oriente necesitan crear espacio para iniciativas políticas y de la sociedad civil genuinas que redistribuyan el poder y alienten la cooperación. Los problemas a los que se enfrenta la región son demasiado complejos y arraigados para admitir soluciones aisladas y autoritarias. Es preciso aprovechar la creatividad de las sociedades árabes. Algunos países necesitarán apoyo económico y social para crear las condiciones internas necesarias, y otros tendrán que resolver cuestiones geopolíticas pendientes.

Pensemos en Túnez, país al que muchos fuera de Medio Oriente ven como uno de los mayores ejemplos recientes de éxito en la región. Es verdad que las facciones políticas tunecinas supieron negociar numerosos acuerdos para crear una estructura de gobernanza viable, pero la política tunecina sigue en gran medida dominada por conflictos sociales y sectarios. El gobierno de Túnez debe ir con pie de plomo, y no puede dar por sentado que los nuevos arreglos institucionales conforman a todos sus ciudadanos.

Crear espacio para la participación política de líderes nacionales, municipales e incluso tribales es especialmente importante para los países más inestables de la región, que como primera medida deben limitar la disponibilidad de armas que puedan usarse para desafiar la autoridad de gobiernos legítimos. Por ejemplo, la creación de un gobierno funcional en Libia demandará ayuda internacional, incluida una fuerza conjunta formada por Naciones Unidas, la Liga Árabe y la Unión Africana, así como un acuerdo entre Argelia, Egipto y Túnez para la supervisión y el control de las fronteras y el acceso marítimo.

Egipto atraviesa su propia transformación sociopolítica radical. Dada la falta de una cultura de acuerdo político, el quiebre de la autoridad central en 2011 era previsible. Ahora Egipto debe restaurar un consenso amplio, basado en la constitución, sobre las reglas de juego económicas y sociales fundamentales, lo que demandará que todas las partes interesadas, en el gobierno y la sociedad civil, demuestren voluntad real de llegar a acuerdos que tengan en cuenta las necesidades legítimas de todos. Para facilitar el proceso, los egipcios deben buscar modos de usar las nuevas tecnologías para la inclusión de todos los sectores en los debates relacionados.

La prueba más difícil de la capacidad de la región para la negociación y la reconciliación será Siria, que se ha convertido en un auténtico desastre humanitario sin fin a la vista. Dada la complejidad del conflicto, no se saldará con un vencedor militar claro. Ni siquiera las grandes potencias que se han involucrado (Estados Unidos y Rusia) podrán manejar solas la transición hacia la paz.

Por supuesto, ambas potencias serán indispensables para guiar la reformulación del panorama político y militar, mediante la imposición de sanciones, el uso de la fuerza militar o el poder de persuasión política. Pero para que haya paz viable y duradera en Siria será necesaria la cooperación de muchos actores. En concreto, se necesitará un acuerdo multidimensional: entre Estados Unidos y Rusia; entre los estados del Golfo, especialmente Arabia Saudita e Irán; y entre la oposición siria y los simpatizantes del régimen del presidente Bashar al-Assad.

En toda la región es evidente la necesidad de cooperación amplia, porque los problemas están muy arraigados y no admiten soluciones sencillas y rápidas. No surgirán sociedades dinámicas y pacíficas en Medio Oriente a menos que todos sus ciudadanos revivan el arte perdido de la negociación y se embarquen en un proceso consensual de construcción nacional. Sin duda demandará tiempo y paciencia, y obligará a los gobiernos a determinar su propio destino y desalentar el aventurerismo regional de algunos estados árabes.

Para ayudar a la región a resolver la multitud de desafíos que enfrenta, la comunidad internacional debe adoptar una estrategia tripartita: en primer lugar, fortalecer las instituciones de gobierno de los países de Medio Oriente y ponerlas en una senda hacia la autosuficiencia; en segundo lugar, comprometerse en forma incondicional con la preservación y el respeto del sistema regional de naciones‑Estado; y en tercer lugar, iniciar un esfuerzo concertado para poner fin a la violencia en la región y crear las condiciones para el lanzamiento de nuevos procesos políticos.

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El derramamiento de sangre, la división y la desesperanza siembran las semillas del terrorismo y el extremismo. Para desterrar esas fuerzas destructivas de nuestras vidas, debemos adoptar como consignas la creación de consensos, la negociación y la cooperación entre las sociedades árabes y de Medio Oriente, y dentro de cada una de ellas.

Traducción: Esteban Flamini