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Francia vuelve a Europa

PARÍS – Llevará algún tiempo terminar de entender las implicancias del resultado de la elección presidencial francesa. Sin embargo, ya está claro que la victoria de Emmanuel Macron es simbólicamente importante no sólo para Francia, sino para Europa en general.

Para empezar, la victoria de Macron corta la oleada populista que venía barriendo Europa. Desde el referendo británico por el Brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos el año pasado, el populismo ha sido una amenaza existencial contra la Unión Europea. Y si bien la victoria de Macron no implica la eliminación de esa amenaza, sí demuestra que es posible contener las fuerzas populistas. Que así haya sucedido en Francia es un buen augurio para otros países europeos.

La elección de Macron también importa porque es probable que cambie la imagen actual de Francia en el mundo. Con el antecesor de Macron, François Hollande, Francia siguió una política de activismo diplomático que la llevó a hacer aportes sustanciales a la lucha contra el expansionismo islamista en África (particularmente en Mali) y contra Estado Islámico.

Pero a Hollande le faltó carisma, y su activa política exterior llamó la atención sobre el mal estado de la economía francesa, lo que debilitó la posición del país en la escena internacional. Esto fue particularmente evidente en el nivel europeo, donde el creciente desequilibrio entre Francia y Alemania impidió a la primera contrarrestar las políticas de austeridad de la segunda. Fui testigo privilegiado de ello siendo asesor de Manuel Valls, primer ministro en el gobierno de Hollande.

Una de las ventajas de Macron es que comprende un punto crucial: cualquier reorientación de la política francesa en relación con Europa demanda fortalecer la economía de Francia. A diferencia de muchos líderes de izquierda que prefieren atacar a Europa y culpar a la UE por todos los males internos, Macron cree que lo que debilitó a Francia fue su propia incapacidad de implementar reformas estructurales. De hecho, dentro de la eurozona, Francia tiene crecimiento económico inferior a la media y algunas de las políticas de combate al desempleo más ineficaces.

La novedad con Macron es que pudo articular claramente este argumento durante la campaña, mientras la mayoría de los otros dirigentes políticos se cuidaron muy bien de defender a Europa. Macron cree que sin reformas económicas profundas, será imposible cambiar la situación en Europa o reequilibrar las relaciones francoalemanas.

Pero no hay que pensar que la elección de Macron es una panacea que resolverá mágicamente todos los desacuerdos entre Francia y Alemania. Las ideas de ambos países en relación con el futuro de la gobernanza económica de la eurozona difieren ampliamente. Y contra lo que suele creerse, es posible que hoy Francia sea más federalista incluso que Alemania.

Francia pidió la creación de un auténtico presupuesto de la eurozona, mientras que Alemania sigue prefiriendo un simple fondo monetario europeo reservado para casos de emergencia. Los alemanes no quieren comprometerse con un presupuesto europeo, porque en realidad no quieren una mayor integración económica con Europa.

Macron, en cambio, apoya una integración europea más profunda, porque sabe que es el único modo de aflojar el asfixiante control alemán sobre la política de la UE. Pero a diferencia de sus antecesores (especialmente el ex presidente Nicolas Sarkozy), Macron no quiere crear una mera apariencia de paridad entre Francia y Alemania, sino una igualdad auténtica, porque la considera necesaria para fortalecer el poder económico de Francia. Por eso, no hay que descartar la posibilidad de un empeoramiento de las relaciones francoalemanas si Francia se recupera con Macron.

En opinión de Macron, Francia debe hacer cambios si quiere que Alemania haga lo mismo. Con la implementación de reformas internas urgentes, el gobierno de Macron podrá insistir en que Alemania se decida a afrontar el malestar económico de la UE. Como prueba de su determinación, es probable que Macron proponga una reforma del código laboral francés inmediatamente después de la elección de junio para la nueva Asamblea Nacional. Si la reforma se aprueba, mejorará la confianza de los inversores y hará pedazos la imagen de una Francia enferma.

Pero si bien Europa es la prioridad estratégica de Macron, también tendrá que encarar otras cuestiones, por ejemplo la relación de Francia con Rusia. En esto también Macron se diferenció de los otros candidatos presidenciales, al prometer hacerle frente al presidente ruso Vladimir Putin. Esto es digno de destacar, dada la tradicional rusofilia de Francia, su fascinación histórica con los líderes fuertes y su hostilidad hacia la idea de una comunidad transatlántica.

Es obvio que Macron tratará de tener una relación constructiva con el gobierno de Putin. Pero no olvidará la interferencia rusa en los asuntos internos de Francia. Es casi seguro que el Kremlin estuvo detrás del ciberataque contra la campaña de Macron en las últimas horas de la elección, y apoyó abiertamente a su adversaria, la líder del ultraderechista Frente Nacional, Marine Le Pen.

Es verdad que la política exterior de los países depende de factores a largo plazo que trascienden las elecciones y las presidencias. Los principios centrales de la política exterior francesa no cambiarán en los próximos años. Pero Macron aprovechará su posición: es el líder muy joven de un país muy viejo.

Con su visión para Francia y una agenda declaradamente europeísta, Macron puede convertirse en el dirigente que reviva la economía europea y reequilibre la relación francoalemana. Para ello, necesitará revitalizar el papel histórico de Francia como líder diplomático y militar en Europa. Si lo logra, nacerá una Europa más fuerte, algo que promete beneficiar al mundo entero.

Traducción: Esteban Flamini