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Salvar a Italia de sí misma

SIENA – Ahora que la credibilidad local del primer ministro italiano Matteo Renzi se debilita, necesitará hacerse de muchos amigos para superar el obstáculo del referendo constitucional de diciembre y evitar así una conmoción política. Renzi necesitará el apoyo no sólo de su propio partido (que está profundamente dividido por el referendo), sino también de un electorado italiano cada vez más desilusionado con la política en general.

El referendo se convirtió en una prueba de fuego para Renzi y su gobierno, en parte por el error que cometió al afirmar hace unos meses que renunciaría si su propuesta de reforma del Senado (la cámara alta del parlamento) no se aprobaba. Pero el mayor problema de Renzi es que es un primer ministro sustituto no electo que en 2014 prometió traer cambios a un país que ya oyó muchas promesas.

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Dos años después, el cambio real es mucho menor al esperado, y Renzi ahora parece más un garante de estabilidad política que un rottamatore (“desguazador” de lo viejo), el apodo que le pusieron. Renzi se desdijo vigorosamente de su juramento de dimisión condicional; pero si los votantes rechazan la reforma del Senado, se convertirá en un pato rengo y es casi seguro que si no cumple su promesa la estabilidad política se verá afectada.

Renzi es un político astuto que comprende e interpela los sentimientos viscerales de muchos votantes respecto de dos cuestiones fundamentales que les preocupan: el estado de la economía y la inmigración. Sabe que la supervivencia de su gobierno (y su propio futuro político) dependen de la confianza de los votantes en su capacidad de resolver ambas cuestiones. No hay garantías de que lo logre.

La economía de Italia comenzó el año con fuertes exportaciones y crecimiento positivo, pero luego perdió empuje: por primera vez desde 2014, hubo crecimiento nulo en el segundo trimestre, y se prevé que en todo el año no pasará de un modesto 0,8%, cifra muy inferior a la que necesita Italia para compensar el 5% de contracción entre 2005 y 2015.

Básicamente, el malestar económico de Italia se debe a la incapacidad del país para vivir con el euro. La economía necesitaba reformas radicales de la producción y la administración pública para poder cumplir las normas fiscales y monetarias de pertenencia a la eurozona. Pero ningún gobierno (ni siquiera los de Silvio Berlusconi, poseedor de cómodas mayorías parlamentarias) pudo lograr más que algunas reformas parciales en áreas específicas, como las pensiones.

La falta de un marco que permitiera al país ajustarse a las nuevas realidades económicas perjudicó el crecimiento real (ajustado por inflación) del PIB italiano, que promedió apenas un 0,3% anual entre 1999 y 2015. En ese período, hubo un fuerte retroceso del salario real y el empleo: casi el 37% de los jóvenes y el 19% de los habitantes del sur de Italia están desempleados, y hasta un millón y medio de italianos jóvenes se fueron del país (sólo en 2014 se fueron 90 000). En tanto, llegaron del extranjero cinco millones de inmigrantes, que hoy son el 8,3% de todos los residentes (sin incluir a los inmigrantes indocumentados).

Muchos italianos culpan a la austeridad fiscal a la alemana por el malestar económico de su país; y partidos de oposición como la derechista Liga del Norte y el contestatario Movimiento Cinco Estrellas quieren que Italia abandone el euro, redenomine y devalúe para recuperar competitividad. Hace apenas veinte años, los italianos aceptaron de buen grado pagar un impuesto por única vez para poner el déficit fiscal a tono con las normas de la eurozona. Hoy, se calcula que entre el 35% y el 40% de los italianos quieren irse.

Pero los italianos están divididos entre la antipatía hacia la Unión Europea, que pone límites al gobierno de su país, y el descontento y la frustración con ese mismo gobierno por su incapacidad de presentar un plan de reformas creíble. Al no haber un chivo expiatorio claro, una versión italiana del referendo del Brexit británico es improbable. En una encuesta de opinión de agosto, sólo el 28% de los encuestados apoyó abandonar la UE; en un sondeo de mayo, las alternativas “más Europa” y “menos Europa” dividían a los italianos a partes iguales.

El próximo referendo constitucional en Italia no es comparable con la votación por el Brexit de junio, porque es una exigencia constitucional (no resultado de maquinaciones políticas) y no se refiere a la pertenencia a la UE (aun cuando la UE y la eurozona estarán en las mentes de los votantes).

Sin embargo, el referendo puede tener efectos amplios, con repercusiones en toda Europa. La incertidumbre política que probablemente se producirá si los votantes rechazan la reforma del Senado sería perjudicial para la agobiada economía italiana.

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Los inversores internacionales apuestan por Renzi, convencidos de que es el equilibrio justo entre dinamismo y estabilidad que se necesita para sacar a Italia de su sopor. Toleraron sus excesos de entusiasmo e incluso sus errores (por ejemplo, en su manejo de la crisis bancaria italiana), y suscriben la idea de que Renzi es la única persona capaz de salvar a Italia de sí misma. Puede ser que acierten, al menos por ahora.

Traducción: Esteban Flamini