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Lo que el viento se llevó

COPEMHAGUE – Las medidas encaminadas a frenar el calentamiento planetario han despertado un profundo deseo a escala mundial de desplegar energía renovable. A consecuencia de ello, la utilización de turbinas eólicas ha aumentando diez veces en el pasado decenio y se ha promocionado la energía eólica como la más rentable oportunidad ecológica. Según Connie Hedegaard, la comisaria de la Unión Europea encargada de los asuntos relativos al clima, “los ciudadanos deben creer que [la energía eólica] es muy, muy barata”.

En realidad, esa afirmación es muy problemática. Si bien la energía eólica es más barata que otras renovables más ineficaces, como, por ejemplo, la solar, la de las mareas y el etanol, en modo alguno es competitiva. Si lo fuera, no tendríamos que seguir gastando sumas importantes para subvencionarla.

En el Reino Unido, por ejemplo, la eólica sigue siendo en gran medida más costosa que otras fuentes de energía. Utilizando la actualización de los costos de la generación de electricidad en el Reino Unido correspondientes a 2010 y calculándola mediante el costo por kilovatios-hora producidos, la eólica sigue siendo entre 20 y 200 por ciento más cara que las opciones más baratas con combustibles fósiles e incluso ése es un cálculo muy por lo bajo.

Como el Reino Unido y otros países desarrollados se han apresurado a construir más turbinas eólicas, han comenzado, naturalmente, por los lugares más ventosos y han dejado para más adelante los emplazamientos que lo son menos. Al mismo tiempo, los ciudadanos cada vez protestan más contra los parques eólicos en sus patios traseros. La oposición local se ha triplicado en los tres últimos años y las tasas de aprobación local de nuevos parques eólicos han llegado a ser las más bajas de todos los tiempos.