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El problema de los refugiados de Europa, antes y ahora

NUEVA YORK – Al inicio de esta primavera, fui en auto hasta un lugar hermoso en la margen sur del Lago de Ginebra. Mi destino era el Hotel Royale en Évian-les-Bains. Fue allí donde, en julio de 1938, 32 países se reunieron para una discusión bochornosa que prácticamente ha quedado borrada de nuestra memoria.

Convocada por el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt en respuesta a la inmensa crisis de refugiados desatada por el antisemitismo virulento de Hitler, la conferencia de Évian fue una catástrofe. Y debe recordarse su resultado desastroso a la luz de la actual crisis de migración de Europa.

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Supuestamente, la conferencia de Évian iba a ocuparse de la situación de cientos de miles de judíos alemanes y austríacos que buscaban desesperadamente un refugio. Roosevelt creía que sólo una solución colectiva podría hacer frente al desafío. Hitler también esperaba que otros países los aceptaran.

En un discurso en Königsberg ese mes de marzo, se burló diciendo: “Sólo puedo esperar y anhelar que el otro mundo que ha manifestado una compasión tan profunda por estos criminales sea lo suficientemente generoso como para transformar esta piedad en una ayuda práctica. En lo que a mí concierne, estamos dispuestos a poner nuestros barcos lujosos a disposición de estos países para el transporte de estos criminales". Ya había comenzado a expulsar a los judíos, subiéndolos a barcos por la fuerza y enviándolos a varios destinos en el Mediterráneo y del otro lado del Atlántico.

Sin embargo, en toda Europa, los refugiados enfrentaban el rechazo. El 6 de junio de 1938, mientras se llevaban a cabo los preparativos para la conferencia, el Departamento de Estado norteamericano recibió una carta referida a 51 refugiados judíos de Austria varados en un pequeño bote en las aguas internacionales del Danubio. El remitente recordaba haber visto "el destino desgarrador de 51 seres humanos llevados de una frontera a la otra. Hemos cobrado conocimiento personal de la miseria atroz que ha afectado inocentemente a 100.000 habitantes de Austria".

Y, sin embargo, en Évian, al mes siguiente, aunque muchas delegaciones europeas manifestaron una consternación elocuente ante el tormento experimentado por los judíos en Alemania y Austria, no estaban preparadas para emprender una acción concreta. El resultado de la reunión fue claro: Europa, Norteamérica y Australia no aceptarían cantidades significativas de estos refugiados.

En el registro textual, dos palabras se repetían constantemente: "densidad" y "saturación". Los países europeos ya estaban acosados por una "densidad" demográfica y habían alcanzado un punto de "saturación" -en otras palabras, lisa y llanamente no había más espacio en la posada europea.

Por supuesto, decir esto en 1938 era algo absurdo, teniendo en cuenta el tamaño de las poblaciones de Europa hoy. Y decirlo hoy también sería algo igualmente ridículo.

Sin duda, los participantes de la conferencia de Évian no podían haber imaginado el Holocausto, o que se estuviera arrastrando a Europa a otra guerra devastadora. Como sea, su falta de conciencia moral era asombrosa. Muchos de los países que se negaron a aceptar a los refugiados víctimas de la situación fueron, a su debido tiempo, ocupados y brutalizados por los nazis -y estaban desesperados por la compasión que ellos les negaron a los judíos en julio de 1938.

Los nazis deben de haberse sentido regocijados al saber que su antisemitismo virulento encontraba eco -a veces no tan tenue- en el resto de Europa. Ellos también llegaron a pensar que si la expulsión no era posible, el exterminio terminaría siéndolo.

Hoy, el antisemitismo, la islamofobia, el racismo, la xenofobia y el sentimiento anti-inmigrante están creciendo otra vez en toda Europa, y debemos poner el freno hoy y replantearnos precisamente dónde estamos. Un importante tabloide británico recientemente creyó aceptable permitir que uno de sus columnistas llamara "cucarachas" a los inmigrantes. La Radio Télévision Libre des Mille Collines de Ruanda utilizaba la misma palabra para describir a los tutsis antes del genocidio de 1994, como lo hizo el periódico nazi Der Stürmer de Julius Streicher para describir a los judíos. Los líderes políticos en toda Europa regularmente -y vergonzosamente- culpan a los inmigrantes por sus males nacionales.

Atacar a los inmigrantes o a las minorías -ya sea burdamente, a través del lenguaje, o más sutilmente, a través de políticas- es inaceptable en todos lados, punto y aparte. Cuando se formulan palabras con la clara intención de causar daño y violencia con fundamentos nacionales, raciales o religiosos, la libertad de expresión se convierte en incitación al odio, lo que está prohibido por ley. Los países que han ratificado el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que incluye a todos los miembros de la Unión Europea, están obligados a defenderlo.

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Y, sin embargo, las actuales propuestas de Europa en materia de inmigración dejan mucho que desear. El continente necesita recordar su pasado de manera más sensible, y ser más generoso con la gente desesperada que cruza el Mediterráneo. François Crépeau, el reportero especial de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos de los inmigrantes, observó en una entrevista reciente que Europa, Australia y Canadá fácilmente podrían reubicar a un millón de refugiados sirios en los próximos cinco años, y podrían sumar a los eritreos a la lista y extender esta política a siete años. ¿Por qué entonces Europa está proponiendo aceptar reubicar a una cantidad irrisoria de 20.000-40.000 personas anualmente?

Al político europeo que se opone férreamente a la inmigración le sugiero que, la próxima vez que necesite un tratamiento hospitalario, eche un vistazo a su alrededor: muchas de las personas que se ocupan de cuidarlo tienen detrás una historia de inmigración. Y si quisiera calmar su sed con la famosa agua extraída de Évian-les-Bains, tal vez quiera reflexionar sobre el fracaso cobarde de una conferencia que podría haber salvado tantas vidas -y sobre lo que todavía nos puede enseñar hoy.