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Tres amenazas para la salud mundial

SAN FRANCISCO – El dramático brote de ébola en África occidental ha puesto de manifiesto la necesidad de fortalecer los sistemas de salud a nivel nacional y mundial. Sin embargo, aunque el brote atrajo la atención de la comunidad internacional hacia las deficiencias del sistema, el objetivo debe ser la erradicación de las epidemias perdurables que de manera silenciosa causan sufrimiento y muertes en todo el mundo.

Sin duda alguna, el virus del ébola ha provocado una tremenda desolación, pero no es la primera ni la más devastadora pandemia a que el mundo se ha enfrentado. De hecho, la viruela es la enfermedad más mortífera conocida por la humanidad: hasta que Edward Jenner desarrolló la vacuna en 1796, fue la principal causa de muerte en Europa, y hasta su erradicación en 1980, se calcula que había acabado con la vida de entre 300 y 500 millones de personas.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

En el siglo XIV, la peste bubónica causó la muerte de entre 75 y 100 millones de personas, más de la mitad de la población europea. Durante la pandemia de gripe en 1918, murieron casi 75 millones de personas (entre el tres y el cinco por ciento de la población mundial), es decir, más de dos veces el número de personas fallecidas en la Primera Guerra Mundial.

En el siglo XXI, el mundo continúa su lucha contra la epidemia del VIH/SIDA, que ya ha causado más de 40 millones de muertes y que hoy en día afecta a un número equivalente de personas, el 95% de las cuales vive en los países en desarrollo. Solo cuando el VIH/SIDA comenzó a propagarse en los países desarrollados se conocieron las terapias antirretrovirales de alta eficacia, un tratamiento al que la mayoría de los enfermos sin recursos no tiene acceso o no puede pagar.

Del mismo modo, los estragos causados por el brote del ébola en los países pobres, demuestran la incapacidad de los gobiernos, las organizaciones multilaterales y las organizaciones no gubernamentales para responder con la prontitud necesaria. Sin embargo, en tiempos de una interconexión mundial sin precedentes, todo el mundo tiene interés en asegurar el establecimiento de infraestructuras y sistemas de salud adecuados para hacer frente a esta pandemia. El logro de este objetivo requiere que se realicen las inversiones necesarias; después de todo, un sistema nacional de salud y un mecanismo de vigilancia ágil son la primera línea de defensa contra los brotes de la enfermedad.

En este momento, el virus del ébola no representa solamente una crisis sanitaria, sino también una crisis humanitaria, económica y política. Sin lugar a dudas, pueden constatarse algunos progresos. La Misión de las Naciones Unidas para la Respuesta de Emergencia al Ébola ha logrado en gran medida su objetivo 70/70/60, esto es, que en un plazo de 60 días se logre aislar al 70% de los pacientes e inhumar en condiciones seguras al 70% de los fallecidos, lo que ha reducido considerablemente el número de nuevos casos. Pero el sufrimiento y la muerte continúan, a menudo a causa de la falta de acceso a una información fiable o a un tratamiento adecuado.

Por supuesto, cuando se trata de proteger la salud, hay una línea muy fina entre proteger a la población y atentar contra los derechos individuales. Esta es la razón por la que todas las intervenciones en materia de salud pública deben centrarse principalmente en hechos científicos, y evitar respuestas emocionales o reacciones de pánico.

En este sentido, la imposición de cuarentenas a los viajeros provenientes de los países afectados por el virus del ébola fue un claro error estratégico, como lo fueron las políticas aplicadas por las autoridades al intentar frenar la peste que asoló Europa en 1350, o durante la Gran Peste de Londres en 1665. En lugar de perder el tiempo con estrategias basadas en el miedo, la comunidad internacional debe potenciar los recursos humanos y financieros para garantizar una acción colectiva consensuada y basada en los hechos. Este enfoque unitario es posible; de hecho, ya existen precedentes.

En los umbrales del siglo, la creación de instituciones como el El Fondo Mundial de lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria, la Fundación Bill y Melinda Gates y la Alianza mundial para vacunas e inmunización GAVI (por sus siglas en inglés), coincidió con un renovado esfuerzo para mejorar la salud a escala mundial. El compromiso de la ONU con el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio , que incluyen cuatro metas relacionadas con la salud, a saber, la nutrición, la salud materna e infantil y las enfermedades infecciosas, refleja un consenso político para mejorar la salud en todo el mundo. Esta arquitectura institucional ha facilitado un progreso considerable en muchas de estas áreas; por ejemplo, la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años disminuyó un 49% desde 1990.

Pero queda mucho más por hacer. En regiones como Asia sudoriental y África subsahariana, la salud materno-infantil y las enfermedades infecciosas siguen siendo prioridades. De hecho, los diez países con las tasas más altas de mortalidad infantil se encuentran en el África subsahariana; un bebé nacido en África occidental tiene 30 veces más probabilidades de morir antes de los cinco años que un niño nacido en Europa occidental.

Incluso dentro de los países, las desigualdades siguen siendo enormes. Por ejemplo, entre municipios de los estados mexicanos de Guerrero y Nuevo León puede comprobarse una diferencia de diez veces en la mortalidad infantil.

Además, las epidemias silenciosas se han afianzado, particularmente en los países de más bajos ingresos, pues la combinación de las grandes tendencias como la urbanización, el envejecimiento de la población, la obesidad, el sedentarismo, el tabaquismo y el consumo de alcohol ha estimulado el aumento de las enfermedades crónicas no transmisibles. Para los adultos de la mayoría de los países, el cáncer, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares se han convertido en las principales causas de discapacidad y muerte.

Las enfermedades infecciosas emergentes como el ébola pueden parecer más apremiantes, pero el impacto sanitario de las enfermedades crónicas no transmisibles, por no mencionar sus altos y crecientes costos sociales y económicos, es notablemente superior. No hay tiempo que perder. Los encargados del diseño de políticas deben tomar medidas enérgicas para frenar la propagación de factores de riesgo, como el consumo de tabaco, alcohol y alimentos obesogénicos.

El mundo debe afrontar tres restos sanitarios: en primer lugar, establecer sistemas de salud sostenibles a nivel nacional e internacional para reaccionar de manera rápida y eficaz frente a las crisis, como la desencadenada por el virus del ébola; en segundo lugar, erradicar o controlar las enfermedades infecciosas; y en tercer lugar, contener la creciente y silenciosa epidemia de las enfermedades no transmisibles. Para tener éxito en los tres frentes, es necesario contar con una inversión permanente en infraestructura, gestión y personal sanitarios.

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La igualdad es la clave. Esto significa mejorar el acceso a los servicios de salud y a la educación, pero a la vez corregir las un más profundas desigualdades sociales que superan el ámbito de la salud pública. En la elaboración de los objetivos de desarrollo más allá de 2015, los líderes mundiales deben tener presente que la salud es un derecho humano fundamental.

Traducción de Kena Nequiz