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Mitos y errores sobre Chernóbil

El vigésimo aniversario del accidente nuclear de Chernóbil, ocurrido el 26 de abril de 1986, está provocando una nueva ola de afirmaciones alarmistas sobre sus repercusiones en la salud humana y el medio ambiente. Como ha llegado a ser ritual en semejantes ocasiones conmemorativas, se le atribuyen centenares de miles de víctimas mortales y se preparan nuevos informes sobre elevadas tasas de cáncer, defectos al nacer y mortalidad total.

Se trata de un panorama muy deformado... y al tiempo perjudicial para las víctimas del accidente de Chernóbil. Todos los estudios científicos acreditados que se han llevado a cabo hasta ahora han concluido que las repercusiones de la radiación han sido menos dañinas de lo que se temía. Unas docenas de los trabajadores que afrontaron la urgencia y lucharon contra el fuego en el reactor sucumbieron por la enfermedad aguda provocada por la radiación. Siguen en marcha estudios sobre las elevadas tasas de cáncer y enfermedades cardiovasculares entre los "liquidadores", que trabajaron en el local del reactor en los meses posteriores al accidente, y, entre quienes eran niños en aquel momento, se han detectado unos 5.000 casos de cáncer de tiroides, atribuido al yodo radioactivo absorbido con el consumo de leche en las semanas inmediatamente posteriores al accidente.

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Ha habido un sufrimiento innegable entre las 330.000 personas que fueron trasladadas y reasentadas después del accidente. Sobre eso no hay duda, pero, para los cinco millones de personas que viven en regiones afectadas y son designadas como "víctimas" de Chernóbil, la radiación no ha tenido repercusiones discernibles en su salud física.

Se debe a que esas personas estuvieron expuestas a dosis bajas de radiación, que en la mayoría de los casos fueron equiparables a los niveles ambientales naturales. Después de dos decenios de deterioro natural y adopción de medidas encaminadas a remediarlo, la mayoría de los territorios originalmente considerados "contaminados" ya no merecen esa etiqueta. Aparte del cáncer de tiroides, que ha recibido tratamiento con éxito en el 98,5 por ciento de los casos, los científicos no han podido documentar relación alguna entre la radiación y el estado físico de los afectados.

En lo que sí que se han encontrado repercusiones ha sido en la salud mental. Parece que el miedo a la radiación plantea una amenaza mucho más intensa que la propia radiación. Los síntomas de tensión nerviosa están generalizados y muchos residentes de las zonas afectadas creen firmemente que están condenados por la radiación a padecer una mala salud y una muerte prematura.

En parte, se debe a que la reacción soviética inicial fue hermética: Mijail Gorbachev, el dirigente soviético de aquella época, no abordó esa cuestión en la televisión hasta varias semanas después, el 14 de mayo de 1986. Los mitos y los errores han arraigado y han durado más que las medidas adoptadas posteriormente para facilitar información fiable. Dichos mitos, combinados con las políticas generalizadas de subsidios estatales con los que se clasificó como inválidos a los millones de personas que viven en las zonas de Chernóbil afectadas, fomentan comportamientos fatalistas y pasivos y crean un acostumbramiento a la dependencia entre las comunidades afectadas.

El Foro de las Naciones Unidas sobre Chernóbil, consorcio de ocho organismos de las NN.UU. y representantes de Belarús, Rusia y Ucrania, reforzó esas conclusiones. Se creó el Foro sobre Chernóbil para abordar la confusión dominante sobre las repercusiones del accidente, tanto entre el público como entre los funcionarios estatales, formulando un dictamen claro sobre cuestiones respecto de las cuales se pudo constituir un consenso científico. El Foro tuvo éxito en ese empeño y en septiembre se hizo público un mensaje tranquilizador sobre las repercusiones de la radiación. [En http://www.iaea.org/Publications/Booklets/Chernobyl/chernobyl.pdf se puede consultar un resumen fácil de asimilar.]

Las conclusiones del Foro sobre Chernóbil deberían haber propiciado un alivio, pues muestran que el espectro que ronda por esa región no es una radiación invencible, sino una pobreza que se puede erradicar. Lo que necesita esa región es políticas encaminadas a crear nuevos medios de vida, en lugar de reforzar la dependencia, campañas de salud pública que aborden las cuestiones relativas a los estilos de vida (el tabaco y la bebida) que socavan la salud en toda la antigua Unión Soviética e iniciativas comunitarias que fomenten la autoconfianza y el regreso a la normalidad.

Pero la recepción dada al mensaje del Foro sobre Chernóbil ha sido sorprendentemente poco entusiasta. Algunos funcionarios han vuelto a recurrir a un lenguaje alarmista sobre el número de víctimas mortales atribuidas a Chernóbil. Algunas ONG y organizaciones de beneficencia de Chernóbil han reaccionado con incredulidad y han citado como prueba la mala salud –que hay que reconocer– de la población en general. Los adversarios de la energía nuclear han dado a entender que los intereses personales han comprometido la integridad del Foro sobre Chernóbil.

Esas reacciones, comparadas con el impresionante corpus de datos científicos en que se basa el Foro sobre Chernóbil, reflejan la tenacidad no sólo de los mitos y los errores, sino también de los intereses creados. La nueva opinión sobre Chernóbil amenaza la existencia de organizaciones de beneficencia –como, por ejemplo, las que ofrecen "períodos de recuperación" de la salud en el extranjero para niños– que dependen para recaudar fondos de filmaciones gráficas de niños deformes.

La nueva comprensión priva también a los funcionarios de esa región de una forma rutinaria de inspirar la solidaridad internacional, pese a que la repetición de esos llamamientos al cabo de dos decenios rinde poca ayuda financiera. Al formular los problemas erróneamente, esos planteamientos amenazan con desviar recursos escasos para remedios inapropiados.

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El vigésimo aniversario del accidente de Chernóbil es una ocasión ideal para que todos los interesados hagan una introspección sincera. Los gobiernos tienen razón en preocuparse por los territorios de Chernóbil afectados, pero para avanzar harán falta nuevas concepciones y decisiones audaces, en particular un cambio de las prioridades: de pagar unos subsidios míseros a millones de personas a fijar objetivos para el gasto que contribuyan a la creación de puestos de trabajo y al crecimiento económico. Asimismo, las organizaciones de beneficencia tienen razón en preocuparse por la salud de la población, pero deben centrarse en el fomento de estilos de vida saludables en las comunidades afectadas en lugar de enviar a niños al extranjero, como si sus hogares estuvieran contaminados.

Todas las partes tienen razón en preocuparse por las poblaciones afectadas, pero, más que un equipo complejo de diagnóstico, lo que se necesita es información creíble, presentada de forma fácil de asimilar, para contrarrestar el legado de miedo de Chernóbil. Todos los niños de Chernóbil son adultos; la mejor forma de servir a sus intereses y a las de sus hijos no es la de evocar continuamente la pesadilla de la radiación, sino la de brindarles los instrumentos y la autoridad que necesitan para reconstruir sus comunidades.