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Esferas públicas para la era Trump

BERKELEY – En muchas sociedades, las universidades son los principales bastiones de independencia ideológica e intelectual. Contamos con ellas para transmitir nuestros valores a la juventud y para respaldar investigaciones de corto y largo plazo sobre la condición humana. En los Estados Unidos de Donald Trump, son más importantes que nunca.

A diferencia de las universidades, los medios, en tanto empresas lucrativas, nunca han asumido la tarea de alimentar una "esfera pública" robusta. Inevitablemente, su cobertura refleja una enorme presión para complacer a la base -sus anunciantes o inversores- o al menos para no ofenderlos. Es por eso que el escritor y analista político norteamericano Walter Lippmann -que no era ajeno al periodismo- en definitiva depositó su confianza en los intelectuales públicos que trabajaban en universidades, grupos de expertos u otros campos especializados.

Durante gran parte de la era de posguerra, las deformidades estructurales de los medios lucrativos eran relativamente inofensivas. La extrema derecha, después de desatar el nazismo y el fascismo en el mundo, estaba en exilio político. Y la extrema izquierda tenía su propia cruz: "el socialismo realmente existente" en el bloque soviético era asesino e improductivo.

Con esto sólo quedaba el tríptico del Atlántico Norte de democracia política, mercados libres y seguridad social. Los debates tecnócratas sobre cómo alcanzar el mayor bien para la mayoría de la gente podían continuar sin el bagaje de ideologías trastornadas. Occidente vivía el "fin de la ideología"; o, más optimista aún, el "fin de la historia".

En cambio ahora nos enfrentamos a lo que Lawrence Summers llama "los desafíos de la era Trump", y los riesgos no podrían ser más altos. En un comentario reciente para el Financial Times, Summers lamenta que las universidades, en particular, no hayan sabido estar a la altura de los retos de hoy.

Por empezar, Summers con razón insta a las universidades a hacer más para "reclutar, admitir y educar a alumnos económicamente desventajados". Cuando las universidades sólo aceptan a quienes están bien preparados, no están siendo solamente indiferentes. También les están fallando a sus alumnos, a sus profesores y a las comunidades para las que trabajan. No se debería culpar a los estudiantes desfavorecidos que están menos preparados que sus pares por las circunstancias en las que nacieron.

En términos económicos, la tarea de una universidad es maximizar su "valor agregado" educativo, lo que significa que debería salir a la búsqueda de los estudiantes que puedan aprovechar más sus servicios. Y, una vez adentro, a estos estudiantes se les debería suministrar lo que necesitan para completar sus estudios.

Summers también está en lo cierto al encontrar "aterrador que Estados Unidos ahora tenga su primer presidente post-racional que niega la ciencia, propone presupuestos aritméticamente endebles y abraza hechos alternativos". Las universidades, señala Summers, deberían "ser baluartes para un debate honesto y abierto como un camino hacia una verdad mayor". Por cierto, las universidades son sitios no sólo para expresar sino también para evaluar ideas. Deberíamos cultivar la diversidad intelectual; pero también debemos rechazar las ideas fallidas, poco sólidas o fraudulentas.

Por esta razón, el cuerpo docente y los alumnos de las universidades pueden proponer cualquier argumento o idea que consideren merecedora de una mayor investigación. Y deberían ser libres de invitar a oradores que compartan su perspectiva. Summers tiene razón en que una universidad no es un lugar donde "ofrecer el veto de un objetante a aquellos que quieren triunfar con la fortaleza de su sentimiento en lugar de con la fuerza de su argumento".

Y, sin embargo, existe cierto conflicto entre rechazar ideas fallidas y mantener la diversidad intelectual. Una regla general, ofrecida hace 70 años por el historiador Ernst Kantorowicz, es que quienes presentan una idea tienen la obligación "ante su conciencia y ante su Dios" de ser sinceros al respecto.

Consideremos el ejemplo que cita Summers: la visita de Charles Murray a Middlebury College, que resultó en grandes manifestaciones estudiantiles. Yo vi a Murray discutir su célebre libro La curva de la campana: inteligencia y estructura de clases en la vida norteamericana, a mediados de los años 1990, y no me sentí impresionado. Y, desde entonces, las ideas de Murray -especialmente sus argumentos sobre el CI y la raza- no han sido bien recibidas.

De modo que, en mi opinión, si Murray fuera invitado, habría que dejarlo hablar. Pero los alumnos de Middlebury que lo invitaron también le deben a su conciencia, a su Dios y al resto de nosotros el explicar de buena fe por qué piensan que sus ideas todavía merecen consideración.

Un área en la que no estoy de acuerdo con Summers tiene que ver con su defensa de la meritocracia. Sugerir que la meritocracia es un bien genuino ignora el origen del término, que el sociólogo Michael Young acuñó en su sátira distópica El ascenso de la meritocracia, de 1958.

Summers lamenta que a los docentes universitarios ahora se les "enseñe" que hoy está mal y hasta es racista decir que "Estados Unidos es una tierra de oportunidades" o que "la meritocracia es algo bueno". Pero que estas declaraciones sean objetables o no depende del contexto en el cual se pronuncian. Está bien estimular a los jóvenes prometedores a trabajar mucho. Pero la meritocracia que tenemos es un árbitro no confiable del valor individual, considerando lo mucho que discrimina contra aquellos que, aunque no sea por su culpa, no están preparados para cumplir con sus criterios de éxito.

A esta altura en las discusiones sobre las universidades de hoy, suele aparecer el término "espacio seguro". Sin duda, las universidades deberían ser espacios seguros para intercambiar y juzgar ideas, y para cambiar de opinión frente a nuevos argumentos y evidencia. Summers, por su parte, está en lo cierto en que "una educación liberal que no causa momentos de inconformismo agudo es un fracaso". Pero se equivoca al no reconocer que algunos estudiantes experimentan un malestar agudo cuando se les hace sentir que no pertenecen.

Como comunidades de expresión y debate, las universidades son vulnerables a la agitación, razón por la cual, como bien destaca Summers, debe defenderse la urbanidad. Es más, suele percibirse la agitación en el campus como una señal de desorden social. Summers cita al historiador Rick Perlstein para recordarnos que el ascenso político de Ronald Reagan en los años 1960 reflejó en parte su "postura en contra" de las protestas estudiantiles en la Universidad de California, en Berkeley, en aquel momento. Summers sospecha que el radicalismo del campus universitario vuelve a estar en auge, y que "los efectos políticos girarán ahora en torno a lo mismo que entonces". Donald Trump, uno sospecha, cuenta con ello.