11

No lloren por las empresas de Estados Unidos

NEW HAVEN – Los recortes al impuesto corporativo están llegando a Estados Unidos. Si bien esta iniciativa es anterior a la elección presidencial del pasado mes de noviembre, el mantra "Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande" del presidente Donald Trump ha sellado el acuerdo. Las empresas norteamericanas atribuladas, sostiene el argumento, se las ven de figurillas por culpa de impuestos confiscatorios y regulaciones onerosas -lo que ahoga las ganancias corporativas y ejerce una presión implacable sobre el gasto de capital, la creación de empleos y la productividad, a la vez que debilita la vitalidad competitiva de Estados Unidos-. Aparentemente, llegó la hora de darles un respiro a las empresas.

Pero este argumento plantea un interrogante obvio: si el problema es tan simple, ¿por qué esta reparación no se puso en práctica antes? La respuesta sorprende.

Por empezar, es realmente exagerado lamentarse por el estado de las ganancias corporativas en Estados Unidos. Las estadísticas del Departamento de Comercio demuestran que las utilidades después de impuestos (técnicamente, las utilidades después de impuestos a partir de la producción actual, ajustada por inventario y distorsiones que tienen en cuenta la depreciación) se mantuvieron en un 9,7% sólido del ingreso nacional en el tercer trimestre de 2016.

Si bien esa cifra implica una reducción respecto del pico del 11% alcanzado en 2012 -debido a un crecimiento económico tibio, que normalmente pone presión en los márgenes de las utilidades-, no se puede decir que refleje un problema de ingresos crónico. Lejos de ser anémico, el porcentaje actual del PIB que corresponde a las ganancias después de impuestos está muy por encima del promedio del 7,6% posterior a 1980.

Las tendencias en los impuestos corporativos, que se mantuvieron en apenas el 3,5% del ingreso nacional en el tercer trimestre de 2016, sustentan un veredicto similar. Es cierto, la cifra es más elevada que el nivel del 3% posterior al año 2000 (que representa la carga impositiva promedio más baja en 15 años para el sector corporativo de Estados Unidos desde la medición del 2,9% de mediados de los años 1990); pero está muy por debajo del porcentaje promedio del 5,2% registrado durante los años de auge de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, desde 1950 a 1969. En otras palabras, si bien puede haber motivos para criticar la estructura y complejidades de la carga tributaria corporativa de Estados Unidos, no hay mucho que sugiera que los impuestos corporativos generales son excesivos.   

A la inversa, el porcentaje del ingreso nacional que va a la mano de obra ha venido declinando. En el tercer trimestre de 2016, la compensación de los trabajadores -jornales, salarios, beneficios adicionales y otros complementos como la seguridad social, los aportes de pensiones y los beneficios médicos- se mantuvo en el 62,6% del ingreso nacional. Si bien esto representa un pequeño rebote comparado con el mínimo de 61,2% registrado en el período 2012-2014, está dos puntos porcentuales por debajo del promedio de 64,6% del período posterior a 1980. En otras palabras, el péndulo de los retornos económicos se ha apartado definitivamente de la mano de obra hacia los dueños del capital -un argumento no muy convincente a favor del alivio para las empresas norteamericanas supuestamente sometidas a una fuerte presión.

Ahora bien, ¿qué pasa con la debilidad aparentemente crónica del gasto de capital y la creación de empleo, que en general se consideran manifestaciones adicionales de las empresas estadounidenses que padecen una carga excesiva? Es verdad, tanto la inversión empresarial como el crecimiento del empleo han sido claros puntos débiles en la recuperación actual. Sin embargo, existe una posibilidad evidente de que esto no se deba tanto a impuestos onerosos y a una asfixia regulatoria sino a un déficit sin precedentes de demanda agregada.

Los economistas hace mucho tiempo han zanjado el debate sobre qué impulsa el gasto de capital de las empresas: los factores que afectan el costo del capital (tasas de interés, impuestos y regulaciones) o aquellos que influyen en la demanda futura. Los modelos impulsados por la demanda (que operan a través de los llamados efectos "aceleradores") resultaron los francos ganadores.

Esto es lógico. Uno puede esperar que las empresas expandan su capacidad y contraten trabajadores sólo si prevén que sus mercados crecerán en el futuro. Para Estados Unidos, eso también puede ser exagerado. Desde el primer trimestre de 2008, los gastos en consumo personal ajustados por inflación en Estados Unidos han aumentado apenas el 1,6% anual, en promedio -exactamente dos puntos porcentuales por debajo de la norma de 3,6% en los 12 años anteriores-. En verdad, el período actual es el más débil en 35 trimestres de crecimiento del consumo real en la historia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Si el pasado sirve de prólogo -como sucede en el caso de muchas empresas cuando forjan sus expectativas-, el foco en el alivio tributario y la desregulación podría sonar a hueco si no se ocupa de la demanda débil de los consumidores.

Lo mismo sucede con la competitividad. Trump en repetidas ocasiones ha lamentado la pérdida de la posición competitiva alguna vez dominante de Estados Unidos. Para restablecerla, la campaña "Estados Unidos primero" de Trump está formulada en torno a un respaldo explícito del proteccionismo, subrayado por las palabras inquietantes de su discurso de asunción: "La protección llevará a una gran prosperidad y fortaleza".

Pero el discurso de Trump de un Estados Unidos alguna vez grande que supuestamente ha perdido su ventaja competitiva se contradice con la mejor evidencia disponible: un compendio anual publicado por el Foro Económico Mundial (WEF por su sigla en inglés), que ofrece una evaluación detallada de 114 métricas competitivas individuales para unos 138 países.

En el Informe de Competitividad Global 2016-17 del WEF, Estados Unidos ocupó el tercer puesto en términos de competitividad internacional general (detrás de Suiza y Singapur) -manteniendo esencialmente la misma posición que ocupó en los últimos diez años-. Es verdad, Estados Unidos tiene un desempeño pobre en cuanto a tasas del impuesto corporativo, regulación y burocracia gubernamental; pero cuando menos compensa esas deficiencias con rankings muy elevados en cuanto a capacidad innovadora (2/138), gasto empresarial en investigación y desarrollo (2/138) y disponibilidad de científicos e ingenieros (2/138).

Los impresionantes resultados en materia de desarrollo del mercado financiero, eficiencia del mercado laboral y varios aspectos de sofisticación empresarial también son importantes puntos adicionales para los rankings consistentemente elevados de Estados Unidos en el cómputo global del WEF. En resumen, no puede decirse que Estados Unidos haya perdido su ventaja competitiva.

En un mundo ideal, estaría bien racionalizar, simplificar y hasta reducir las cargas impositivas y regulatorias que se aplican a las empresas estadounidenses. Pero las empresas no son el eslabón débil en la cadena económica estadounidense; los trabajadores son mucho más vulnerables. Los retornos económicos han virado drásticamente de los proveedores de mano de obra a los dueños del capital en los últimos 25 años. Eso, más que ninguna otra cosa, habla de la necesidad de un reordenamiento urgente de las prioridades en el debate de política económica nacional de Estados Unidos.