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Una guerra comercial contra los más pobres del mundo

PRAGA – Los aranceles al acero del presidente estadounidense Donald Trump han aumentado la posibilidad de que una guerra comercial ocurra en los hechos. La Unión Europea advierte que tiene “todo un arsenal a nuestra disposición para responder”, mientras que China amenaza con “una respuesta justificada y necesaria”.

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Economistas, políticos y figuras públicas han expresado su preocupación con respecto a la amenaza de barreras comerciales que siguen la política de ojo por ojo. Pero, es difícil exagerar el daño potencial. Los nuevos obstáculos al libre comercio no solamente nos llevan en la dirección equivocada; sino que también socavan la mejor oportunidad que se tiene para transformar las vidas de miles de millones de las personas más pobres del mundo y obtener beneficios que valen millones de millones de dólares cada año.

Es razonable señalar que un comercio más libre tiene costos. Gran parte de las opiniones expresadas hoy por los líderes políticos – que tienen mucho en común con lo que subyace a las intensas protestas antimonopolio de la década de 1990 – refleja la realidad de que todos los acuerdos comerciales les cuestan el puesto de trabajo a algunas personas y que algunos de los desplazados no encontrarán otro puesto de trabajo.

Los efectos negativos a menudo se han concentrado en industrias y regiones geográficas en particular (como la histórica región industrial denominada el Cinturón de Óxido en Estados Unidos), donde la fabricación puede ser más costosa y menos eficiente que en otros países. Un estudio sugiere que si los costos de estos efectos se suman, compensan efectivamente más de una quinta parte de los beneficios generales del comercio.

Pero, si bien esto debe tener en cuenta, es únicamente una parte de una imagen más grande. En ninguna parte son más evidentes los beneficios de un comercio más libre que en los mercados y tiendas del mundo. Ya sea en Nairobi, Shanghái, Pittsburgh, Lisboa o Melbourne, los consumidores encuentran una variedad mucho más amplia de productos, a precios más baratos, que cualquier país podría producir por sí solo.

Estas importaciones más baratas alivian la presión inflacionaria. En EE. UU., se ha estimado que por cada cuota de mercado del 1% obtenida por las importaciones de productores de bajo costo como China, los precios caen un 2%.

Y, la disponibilidad de productos más baratos significa que nuestro dinero puede comprar más. Según un informe del año 2015 preparado para la Casa Blanca, los estadounidenses de clase media pueden comprar un 30% más por su dinero de lo pudieran si no hubiera libre comercio. Este impulso al poder adquisitivo es aún más pronunciado para la décima parte más pobre de los consumidores estadounidenses, que pueden comprar un 60% más de lo que de otro modo podrían pagar. La clase trabajadora de Estados Unidos, a la que se le prometen beneficios provenientes de las barreras comerciales, en realidad sería la más afectada por una guerra comercial.

Pero los beneficios del libre comercio son mucho más amplios que nuestra capacidad de comprar electrodomésticos y alimentos más baratos. A nivel mundial, el libre comercio es, de lejos, la herramienta de desarrollo más poderosa jamás concebida. Un comercio más libre a través de las fronteras reduce las disparidades de ingresos. El informe del año 2015 de la Casa Blanca, por ejemplo, halló que una disminución de 10 puntos porcentuales conduce a una caída de un punto porcentual en la brecha salarial entre hombres y mujeres, y que la reducción de aranceles también reduce las brechas salariales basadas en la raza y el status migratorio.

Además, la mayor apertura al comercio se asocia con menores tasas de mortalidad infantil y una mayor esperanza de vida, especialmente en los países en desarrollo. Con el tiempo, el libre comercio permite a los trabajadores cambiar a industrias más eficientes, lo que resulta en salarios más altos, mayor inversión en infraestructura y una economía más dinámica. El más poderoso entre todos los argumentos, el libre comercio sustenta el crecimiento económico, lo que significa que millones más de personas son sacadas de la pobreza.

Algunos temen que los beneficios del crecimiento económico lleguen únicamente a unos pocos oligarcas. Pero, a pesar de todo lo expresado sobre la desigualdad y temor de que los beneficios del crecimiento no sean “compartidos”, la investigación del Banco Mundial ha mostrado que cuando las economías crecen, los ingresos de los hogares pobres aumentan en proporción directa al crecimiento general del ingreso.

La historia reciente demuestra los beneficios de abrir las economías a un comercio más libre. Sorprendentemente, en los últimos 20 años, la proporción de la población mundial que vive en la pobreza extrema se ha reducido casi a la mitad. Como señala el economista de la Universidad de Oxford, Max Roser, los periódicos podrían haber publicado el titular: “Las personas en extrema pobreza disminuyeron en 137,000 desde ayer”, todos los días durante los últimos 25 años.

En pocas palabras, el libre comercio logra más beneficio para el planeta de lo que logra por sí solo cualquier medida programa o proyecto en cualquier lugar. La verdadera tragedia en los acontecimientos actuales, por lo tanto, es que el mundo se está alejando de un futuro más libre y más próspero.

La investigación encargada por mi grupo de reflexión, el Copenhagen Consensus, llega a la conclusión de que completar la Ronda de Doha de negociaciones mundiales de libre comercio – un evento que aún parecía posible hace solo unos años, pero ahora es casi inimaginable – reduciría el número de personas que viven en pobreza en la cifra de 145 millones en 15 años y haría que el mundo sea $11 millones de millones más rico. Tres quintas partes de esta riqueza se destinarían a países en desarrollo, lo que equivale a $1,000 adicionales por persona cada año hasta el año 2030. Incluso si un quinto de estos beneficios se erosionara por los costos de la redistribución, esto representaría $9 millones de millones en beneficios para humanidad.

Entonces, de todos modos, los gobiernos deberían gastar más ayudando a los perdedores de los acuerdos de libre comercio con capacitación laboral y asistencia social de transición. Pero, ignorar $9 millones de millones de beneficios debido a daños valorados en $2 millones de millones no tiene ningún sentido.

En 1824, el historiador británico Thomas B. Macaulay observó que “el libre comercio – una de las mayores bendiciones que el gobierno puede conferir a su pueblo – es impopular en casi todos los países”. Desde el año 1820, la pobreza mundial ha disminuido del 94% de la humanidad a menos del 10% – en gran parte gracias al libre comercio. Sin embargo, incluso hoy en día, despotricar sobre el libre comercio es lo suficientemente popular como para que la administración de Trump pueda comenzar a erosionar una de las mejores políticas de desarrollo posibles. Esto necesita detenerse. No se debe permitir que pérdidas relativamente pequeñas y corregibles provenientes del comercio superen a los enormes beneficios que aporta.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

http://prosyn.org/DVLEFFM/es;