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¿Madres tigres o madres elefantes?

MELBOURNE –  Hace muchos años, mi esposa y yo nos dirigíamos hacia algún lugar con nuestras tres hijitas, cuando una de ellas preguntó: “¿Que prefieren, qué seamos inteligentes o que seamos felices?”

Me acordé de este momento el mes pasado cuando leí el artículo “Por qué las madres chinas son superiores” de Amy Chua en el Wall Street Journal, que generó más de 4.000 comentarios en www.wsj.com y más de 100.000 comentarios en Facebook.  El artículo promocionaba el libro de  Chua, Battle Hymn of the Tiger Mother (Himno de batalla de la madre tigre), que se convirtió en un éxito editorial al instante.

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La tesis de Chua es que, cuando se los compara con sus pares norteamericanos, los chicos chinos tienden a ser más exitosos porque tienen “madres tigres”, mientras que las madres occidentales son gatitos, o peor. A Sophie y Louise, las hijas de Chua, nunca se les permitió mirar televisión, jugar juegos en la computadora, quedarse a dormir en la casa de alguna amiga o participar en una obra de teatro de la escuela. Tenían que pasar horas todos los días tocando el piano o el violín. Se esperaba que fueran las mejores alumnas en todas las materias excepto en gimnasia y en teatro.    

Las madres chinas, según Chua, creen que los hijos, una vez que pasan los primeros años de vida, necesitan que les digan, en términos precisos, si no cumplieron con los niveles altos que sus padres esperan de ellos. (Chua dice conocer a madres coreanas, indias, jamaiquinas, irlandesas y ghanesas que son “chinas” en su enfoque, al igual que a algunas madres chinas étnicas que no lo son). Sus egos deben ser lo suficientemente fuertes como para soportarlo. 

Pero Chua, profesora en la Facultad de Derecho de Yale (al igual que su marido), vive en una cultura en la que se considera que la autoestima de un chico es tan frágil que los equipos deportivos infantiles les dan el premio al “jugador más valioso” a todos los integrantes del equipo. Por eso no sorprende que muchos norteamericanos reaccionen con horror ante su estilo de crianza.

Un problema que se presenta al analizar la estrategia de criar a un hijo como una madre tigrees que no podemos separar su impacto del de los genes que los padres les transmiten a sus hijos. Si quiere que sus hijos sean los mejores de su clase, ayudaría si usted y su pareja tuvieran la inteligencia para convertirse en profesores de universidades de elite. No importa el esfuerzo que haga una madre tigre, no todos los alumnos pueden terminar primeros (excepto, claro, que dijéramos que todos son “los mejores de la clase”).   

La crianza de madre tigre apunta a que los chicos maximicen las habilidades que poseen, y por ende pareciera inclinarse por la parte “inteligente” de la opción “inteligente o feliz”. También es esa la visión de Betty Ming Liu, que escribió en un blog en respuesta al artículo de Chua: “Los padres como Amy Chua son la razón por la cual los norteamericanos de origen asiático como yo hacemos terapia”. 

Stanley Sue, profesor de Psicología de la Universidad de California, Davis, ha estudiado el suicidio, que es particularmente común entre mujeres norteamericanas de origen asiático (en otros grupos étnicos, se suicidan más hombres que mujeres). El cree que la presión familiar es un factor importante.   

Chua respondería que alcanzar un alto nivel de logros aporta una gran satisfacción y que la única manera de lograrlo es mediante el esfuerzo. Quizás, ¿pero no se puede alentar a los chicos a que hagan cosas porque intrínsecamente valen la pena, y no por temor a la desaprobación de los padres?

Coincido con Chua hasta este punto: negarse a decirle a un chico qué hacer puede llegar demasiado lejos. Una de mis hijas, que ahora tiene sus propios hijos, me cuenta historias asombrosas sobre los estilos de crianza de sus amigos. Uno de ellos le permitió a su hija dejar tres jardines de infantes distintos porque no quería ir. Otra pareja cree en el “aprendizaje auto-dirigido” hasta tal punto que una noche se fueron a acostar a las 11 de la noche y dejaron a su hija de cinco años mirando su novena hora consecutiva de videos de Barbie.

La crianza de madre tigre puede parecer un contrapeso útil para semejante permisividad, pero ambos extremos dejan algo afuera. El enfoque de Chua es implacable en cuanto a las actividades solitarias en el hogar, sin ningún aliento de las actividades grupales, ni ninguna preocupación por los demás, ni en el colegio ni en la comunidad en general. Por lo tanto, parece pensar que las obras de teatro escolares son una pérdida de tiempo que se podría aprovechar mejor estudiando o tocando música.

Sin embargo, participar en una obra escolar implica contribuir al bien de la comunidad. Si los chicos talentosos se quedan afuera, la calidad de la producción se verá afectada, en detrimento de de los otros que forman parte (y de la audiencia que la verá). Y todos los chicos cuyos padres les prohíben participar en estas actividades pierden la oportunidad de desarrollar habilidades sociales que son igualmente importantes y gratificantes- y cuyo dominio resulta igualmente demandante- que aquellas que monopolizan la atención de Chua. 

Deberíamos apuntar a que nuestros hijos sean buenas personas, y que vivan vidas éticas que manifiesten preocupación por los demás así como por sí mismos. Este enfoque de crianza de los hijos está relacionado con la felicidad: existe abundante evidencia de que aquellos que son generosos y amables están más contentos con sus vidas que aquellos que no lo son. Pero también es un objetivo importante en sí mismo.

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Los tigres viven vidas solitarias, excepto por las madres con sus cachorros. Nosotros, por el contrario, somos animales sociales. Como los elefantes, y las madres elefantes no se focalizan solamente en el bienestar de sus propias crías. Juntas, protegen y cuidan a todos los jóvenes de su manada, creando una especie de guardería infantil.   

Si todos pensamos solamente en nuestros propios intereses, vamos camino al desastre colectivo -sólo basta mirar lo que le estamos haciendo al clima de nuestro planeta-. Cuando se trata de criar a nuestros hijos, necesitamos menos tigres y más elefantes.