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Las políticas de la psiquiatría

En todo el mundo, las inversiones anuales en investigación científica para curar patologías mentales devastadoras como el trastorno bipolar, la esquizofrenia y la depresión clínica son gigantescas -comparables con el gasto destinado a encontrar una cura para cualquier otra enfermedad-. Pero si bien los trastornos mentales son efectivamente enfermedades médicas, con sus propias moléculas culpables y anatomías aberrantes, también son significativamente diferentes de las enfermedades "físicas". Ya que no importa cuán absolutamente "médicas" sean las enfermedades mentales, también son absolutamente sociales. Las razones para esto surgen de la naturaleza de los propios trastornos mentales.

No hay duda de que patologías como las enfermedades cardíacas, la neumonía o la diabetes tienen un fuerte impacto en la personalidad de quien las sufre y su lugar en la comunidad. Pero sólo en enfermedades como la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el desorden obsesivo-compulsivo y la depresión encontramos procesos de enfermedad que transforman directa y profundamente la personalidad y la identidad de una persona así como su lugar en la comunidad.

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Una persona con esquizofrenia puede experimentar su personalidad como otra, experimentar su identidad como si estuviera controlada por otros y considerar que toda la comunidad es sospechosa y amenazadora. Una persona en la fase maníaca del trastorno bipolar, además de fallas de criterio graves y hasta riesgosas para la vida, tiene una sensación extraordinaria de bienestar que quienes están mentalmente sanos rara vez experimentan, si es que alguna vez llegan a experimentarla. El individuo con desorden obsesivo-compulsivo teme y a la vez se siente avergonzado por las obsesiones y compulsiones irracionales y, al mismo tiempo, incurrir en estos pensamientos y acciones le resulta irresistible. La persona con depresión clínica considera que todo su ser es oscuro e insípido, desprovisto de sentimientos humanos comunes como la expectativa, el placer y la significancia.

Los pacientes con patologías mentales normalmente les preguntan a sus médicos: "¿Soy yo o mi enfermedad?" Las manifestaciones de enfermedad y la expresión de la personalidad no se distinguen tan fácilmente y el tratamiento psiquiátrico suele centrarse en desenmarañar ambas.

Pero este entrecruzamiento de la personalidad con las manifestaciones de la enfermedad mental a menudo lleva a los pacientes a tener sentimientos encontrados sobre el tratamiento. Por ejemplo, el tratamiento de un paciente maníaco pone en peligro ese sentimiento extraordinario de bienestar y amenaza con sumir a la persona en la temida fase depresiva de la enfermedad. Las creencias idiosincrásicas del esquizofrénico son el blanco de la farmacoterapia, pero al mismo tiempo pueden ser una fuente de orgullo personal y generar una sensación distinta de personalidad que el paciente quiere preservar.

Debido a esta ambigüedad de "enfermedad de la personalidad", los trastornos mentales están asociados con valores personales, sistemas de creencias e intereses de maneras que se distinguen de las enfermedades físicas. Los síntomas físicos casi nunca se valoran de manera positiva, pero algunos síntomas de trastornos mentales por lo general sí. Por ejemplo, casi todos coinciden en que no es bueno tener una pierna quebrada o neumonía. Pero muchas manifestaciones de los trastornos mentales -como la mayor energía de la manía, la euforia de la intoxicación para el adicto o la satisfacción presumida del individuo con un trastorno de personalidad- tal vez no siempre sean vistas de esa manera.

En consecuencia, mientras que muchos posibles pacientes pueden reconocer los beneficios que el tratamiento psiquiátrico tiene para ofrecer, también pueden verse disuadidos por la amenaza a las pocas fuentes de autoafirmación que tienen. Cuando uno le suma a esto el estigma y las prácticas explícitamente discriminatorias contra los enfermos mentales, sorprende que el no asistir a las citas y tomar los medicamentos no sea más común de lo que es.

Si bien la "ambigüedad de la enfermedad de la personalidad" en los trastornos mentales tal vez no se aprecie de manera explícita, muchas sociedades hicieron adaptaciones, como considerar el estado mental de un delincuente criminal al evaluar la culpabilidad legal. Las sociedades muchas veces ofrecen maneras de alentar, incluso coaccionar, a una persona mentalmente enferma a someterse a un tratamiento, reconociendo a la vez que, como la psiquiatría potencialmente puede invadir y agobiar las creencias y valores personales, deben regularse las prácticas de salud mental para preservar las libertades civiles.

A medida que la ciencia vaya desentrañando muchos de los enigmas relacionados con el trastorno mental, puede volverse tentador decir que estos problemas con la política y los diversos valores se evaporarán. Según este punto de vista, un amplio acuerdo sobre las causas y las curas de la enfermedad mental tornará irrelevante la política, de la misma manera que una pierna quebrada o un ataque cardíaco hoy por hoy no son realmente políticos.

Tengo mis dudas de que esto pueda pasar. Hagamos un poco de ciencia ficción. Digamos que, en algún momento en el futuro, la neurobiología explicará no sólo los principales trastornos mentales, sino también la criminalidad. De hecho, habremos perfeccionado una biología de la moralidad que nos permita explicar la moralidad típica así como la moralidad anormal.

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Sin embargo, incluso en un escenario de ciencia ficción de este tipo, nos enfrentamos a un problema político serio: ¿en qué términos morales podemos basar las creencias y los comportamientos deseables e indeseables? ¿Quién definirá las normas de criminalidad y enfermedad mental, condiciones para las que la ciencia ofrece una explicación? ¿Estas normas se basarán en mis valores, en los valores del otro, en opiniones científicas prevalecientes o tal vez en los valores de un cerebro político?

Las políticas de la psiquiatría son ineludibles, razón por la cual todas las sociedades deben considerarlas con la mayor de las seriedades.